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Cine

A 50 años del estreno de «Desayuno en Tiffany’s»

Por Maria Victoria Altamirano

Holly: ¿Conoce usted esos días en los que se ve todo de color rojo?

Paul: ¿Color rojo? Querrá decir negro.

Holly: No, se puede tener un día negro porque una engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué»

Este es uno de los primeros diálogos entre Holly Golightly (Audrey Hepburn) y Paul Verjak (George Peppard). Dos almas aparentemente disímiles que buscan su lugar en el mundo y que la casualidad o causalidad (nada es porque sí en este mundo) los hace convertirse en vecinos en un edificio en Manhattan. Una trama que va llevando a uno de ellos (él) a enamorarse de esa joven aparentemente alocada y al otro (ella) a buscar las mil formas de escapar al amor que siente que la “enjaula”.

Me pregunto si comentar la breve novela de Truman Capote o centrarme en la película solamente. Como casi siempre nos pasa cuando leemos un libro que luego es llevado al cine encontramos diferencias. En este caso particular las diferencias son muchas, el final es distinto, ni siquiera el protagonista del cuento adquiere el rango de “galán” ni tiene una amante que lo mantiene. Pero voy a dejar de lado al autor porque aunque es imposible soslayar la genialidad de Truman Capote en este caso la “estrella” es la peli dirigida por Black Edwards y estrenada en 1961.

Cómo calificarla: comedia, romance, drama? Es un poco de todo eso. Los personajes nos van sumergiendo en su mundo, lloramos cuando Holly recibe el telegrama de la muerte de su hermano Fred (tal vez hasta ese momento al único ser humano que pudo amar y fundamentalmente sentir que era alguien a quien ella podía proteger), reímos cuando termina presa porque los partes meteorológicos que ella recibía de Sally Tomato (Alan Reed) a quien visitaba una vez a la semana en la cárcel de Sing Sing por 100 dólares que pagaba el abogado de Sally, eran mensajes encubiertos de tráfico de estupefacientes, que, obviamente, ella no sabía pues Holly creía estar visitando a un “viejito solo y adorable”. Nos enternecemos cuando Holly y Paul entran a Tiffany’s a comprar una joya por 10 dólares y solamente logran que les graben sus nombres en un anillo de fantasía encontrado en una caja de golosinas.

Son pequeños flashes que me vienen a la mente, escenas que quedan grabadas en el marco de una Nueva York increíblemente bella, una fotografía única, una semblanza de los años 60 con fiestas alocadas, soledad y necesidad de llenarse de “ruido” para no pensar en uno mismo. Una frivolidad que esconde el temor a ser y el dinero como vehículo (falso) de felicidad.

Podríamos pensar a Holly Golightly como una trepadora, una prostituta de lujo, o como dice uno de los personajes “una farsante”, pero Audrey (y el guión por supuesto) logra darle una candidez y una necesidad de protegerla que no admite otro sentimiento que ternura. Los diálogos entre Paul y Holly son imperdibles y en algún punto se conecta con alguna parte de nosotros.

Lo contrario del amor no es el odio, es el miedo.. Miedo a entregarse, miedo a mostrar la vulnerabilidad del ser humano.. Miedo a sentir, creer que el amor es una jaula, una jaula que tal vez puede ser bella pero que alguna vez puede abrirse y dejarnos solos. El miedo es el que nos lleva a pensar que llenarnos de ruido nos hará olvidar quienes somos, que el dinero todo lo compra, que la vida no tiene pasado ni futuro. “Desayuno en Tiffany’s”nos hace pensar en todo eso. Nos invita a repensarnos a nosotros mismos. Como dice Paul:

«Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje, y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno nena, ya estás en una jaula, tu misma la has construido. Y en ella seguirás vayas donde vayas porque no importa dónde huyas; siempre acabarás tropezando contigo misma

Bueno aquí me quedo, escribiría mucho más de esta historia porque es única pero se haría muy largo. Podría hablar de la disconformidad de Capote con la película, de la belleza del vestido de Givenchy que inmortalizó la figura de Audrey Hepburn, de los protagonistas que pudieron ser y no fueron (gracias al cielo, porque Holly solamente podía ser Audrey, no imagino otra Holly).

Un párrafo mas para destacar la banda sonora de Henry Mancini y la canción Moon River (ambas ganadoras del Oscar). Canción que fue hecha especialmente para que Audrey pudiera cantarla y que les recomiendo escuchar en cuanta versión encuentren (especialmente por Louis Armstrong o por Morrisey y obvio por ELLA).

Y ese final bien hollywoodense.. vamos.. no temamos ser cursis y reconozcamos que todos en algun momento de nuestras vidas, querríamos un The End así.

Maria Victoria Altamirano

Periodista amante del rock y la literatura. Autentica y frontal. Podría pasar el día bailando al ritmo de Elvis o escuchando en paz a El Cigala. En N&W demuestra que las mujeres saben de arte y tienen mucho que decir al escribir.