Viajes

Auckland, ciudad de opciones

Por Ayelen Barrale

Comenzar mi viaje por kiwilandia implicaba una serie de preconceptos sobre este país que poco a poco se fueron cayendo. El primero, la ciudad de Auckland. En mi mente, Nueva Zelanda estaría poblada de descendientes de ingleses y nativos maorí. Lejos de eso, tras cruzar las puertas corredizas de su aeropuerto, la realidad me dio su bienvenida.

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Se podría decir que este país es un diamante en bruto y el mundo entero viene a encontrar su gema preciada. Siendo más directa, me crucé con toda nacionalidad habida y por haber, menos “kiwis”.

Recorriendo las calles del SkyCity, tuve la sensación de encontrarme por un barrio chino y al mismo tiempo por las calles de bombay. Asiáticos e indios son los reyes del comercio y en Auckland se hacen notar.

Esperando por la luz verde, aguardé en esquinas invadidas por el aroma curry que, de a ratos, anulaba mi sentido olfativo. Entre subidas y bajadas, me fui acostumbrando al choque cultural y, en horas, me sentí como una hormiga más en esa marea de gente.

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La señalética de cada restaurant, bar, mall o local comercial delata su procedencia. Sobrepoblación de caracteres, asiático. Gráficos esbeltos y curvos, hindú. Sans serif, europeo. Rojo y amarillo/dorado, yankee. Maderas talladas con imágenes tribales, maorí. Y en el medio, una mezcla disruptiva donde su protagonista es la cruza cultural. Digamos que mis ojos terminaron un poquito agotados por este conglomerado, y el jetlag no ayudó mucho.

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La inmensidad de esta ciudad es la clave para que todos puedan armar su nido. Para entender un poco más lo que veía, tomé distancia y me alejé. Subí a un ferry rumbo a Devonport, la isla más cercana a la ciudad, y miré hacia mis espaldas. Es allí cuando contemplé a Auckland en su conjunto y empecé a comprenderla.

Economía en estado puro, edificios financieros y comerciales cuyos rascacielos intentan ir más allá y trepan por las nubes. Una geografía intacta donde cada integrante de la ciudad la respeta y se amolda a ella. Corrientes de autos yendo y viniendo por sus decibeles (volviéndome loca por su sentido contrario a los occidentales). Un mundo nuevo que empieza a cobrar sentido. Ahí abro los ojos, Auckland es la ciudad de todos, versátil como ninguna en busca de crecimiento ilimitado.

Volví a esta “jungla de concreto” y decidí sumarme a esta locura, después de todo 13 horas de vuelo no fueron en vano. Primera parada, patios de comidas y sus cafés. Acá me la complicaron, ¿qué comer? ¿Comida asiática, hindú, kiwi o la opción segura de las cadenas de fast food internacionales? Debo admitir que probar un buen sushi llama más que un simple butter chicken pie asique caí en la tentación (lamentablemente la spicy food no gana terreno en mi paladar, cuestión de gustos).

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Luego llega la hora del café. Scones, croissants y muffins son los principales acompañantes de una buena taza de espresso. Escogí la cadena más grande del país, Gloria´s Cafe. De nombre simple pero de gusto sofisticado. Sin decepciones a la vista.

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Cae la tarde y queda mucho por recorrer. Debía elegir una vez más, parques o historia. Me inclino por conocer un poco más sobre estas tierras. Desde mi ventana podía ver el Museo de Arte Contemporáneo de Auckland asique tomé mis cosas y fui a su encuentro. Debo decir que esta ciudad siguió sorprendiéndome.

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Por un momento, este espacio cultural te deja ser niño jugando con legos blancos para construir lo que tenés en tu cabeza (debo admitir que mis creaciones quedaron muy lejos de lo inventado por algunos niños a mi lado), pero por otro lado te teletransporta a la vida de los pueblos originarios donde lo visual lo es todo. Tatuajes por cada parte del cuerpo con trazos cuyo significado se me escapan de la mano. Sumado a ello, un show de luces interno te invita a entender por qué Auckland es una ciudad cosmopolita que no debe envidiarle mucho a la gran manzana. Realmente imperdible, más aún cuando es una de las pocas propuestas culturales gratuitas.

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Pero queda más, y seguía atónita ante la multiplicidad de opciones que la ciudad me ofrecía. Una vez más decidí mirar desde otra óptica. Esta vez, desde las alturas.

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Como toda ciudad magnánima, un observatorio intenta mostrarte lo que podes llegar a perderte si no exprimís la experiencia de estar por estas latitudes. En el corazón de la ciudad, se eleva el SkyCity donde la adrenalina y el romanticismo se dan la mano. Subí a la torre más alta de la ciudad y desde su mirador contemplé a Auckland en sus 360 grados.

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Con otro café en mano, miré sus calles, su gente, sus intrusos, sus edificios y, cada diez minutos, a un loco tirandose desde 328 metros de altura hacia el asfalto. Como dije, del romanticismo a la adrenalina en un paso (por mi parte, colgar de un cable a cientos de metros de altura no está en mi Top List Of Things To Do).

Ahora sí, debía descansar. Después de unas doce horas de sueño profundo y a destiempo de los horarios kiwis, mi cabeza volvió a reordenarse acorde a esta nueva realidad, y la armonía salió a la luz.

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Acá estamos en la “capital turística” de un país al otro lado del mundo, aislado por el mar, pero donde todo mundo se congrega y encuentra su lugar. Espero yo también encontrar el mío.

Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.