Viajes

Aventura californiana, un breve paso por la Costa Oeste

Por Tefi Cabanne

Hice el check in, despaché las dos valijas, me fui a devolver el auto y entré corriendo al aeropuerto. Mientras corría, se me caía la mochila y leía a toda velocidad cualquier cartel que pasara frente a mis ojos. “Excuse me, excuse me” casi que gritaba en cada pasillo. Los hombros me comenzaban a doler, la espalda a transpirar y la puerta de mi vuelo que no la veía ni a lo lejos. Escaleras y cintas transportadoras no parecían acortar el recorrido. Mi cabeza creo que iba más rápido que mis pies pensando en qué haría si perdía el vuelo. Agitada, colorada y completamente empapada llegué a la puerta. “Disculpame pero no puedo dejarte subir. La puerta del avión se cierra 15 minutos antes del despegue y ya no puedo hacer nada”. Recobré el aliento y me senté un ratito a pensar tranquila.

Había perdido el primer vuelo de mi vida, en ocho años que hacía que viajaba. “Siempre hay una primera vez” y “ya he dormido en aeropuertos” me repetía una y otra vez para no bajonearme. Acto seguido, me di cuenta que iba a tener solamente 1 día y medio para disfrutar de la playa porque no sólo había perdido una tarde/noche si no toda la mitad del día siguiente. Le escribo a mi amigo que iba a buscarme al aeropuerto de Los Angeles para avisarle que recién llegaría al mediodía.

La buena noticia era que al pasaje me lo habían cambiado sin pagar ni un dólar y la mala era que me esperaban 16 horitas en el aeropuerto de Denver. Si bien no me parece feo, no es lo suficientemente grande como para entretenerme tantas horas. Me consuelo con que no hay mejor momento que ese para escuchar música, dormir y leer.

Aterricé en LA a las 12.30 del mediodía y me tomé un taxi hasta el hostel, en Hermosa Beach. Tiré todos mis bultos en el cuarto y desesperada caminé los 40 metros que me separaban de la playa. El aire estaba fresco pero en el cielo no se veía ni una nube así que me calcé un rompevientos y me acosté en la arena mirando al sol. Luego de cuatro meses de nieve y frío, esos 23 grados a la orilla del mar me hacían la mujer más feliz de California.

El ruido de las olas, el partido de volley y el calorcito de la arena parece que me relajó tanto que pasaron dos horas en un abrir y cerrar de ojos. Volví al hostel para bañarme, cambiarme y coordinar con mi amigo para ir a almorzar. Sobre esa misma peatonal donde me alojaba, había más de 10 bares y restaurantes de todo tipo de comidas y precios. Elegimos el preferido de él, quien vivía en el pueblo de al lado, Redondo Beach. Una lindísima decoración oriental, atención de primer nivel y la comida, a pesar de no tener el clásico menú chino, era realmente rica. Nos tomamos un par de cervecitas hasta que llegó la hora de volver al hostel.

Fui derecho a la sala de estar para ver si podía conocer a alguien con quien compartir. Encaré un termo de San Lorenzo que había en el medio de la mesa ratona, justo frente a un lugarcito vacío en el sillón. Presentación, charla de fútbol, de viajes y ya me había hecho un amigo porteño, uno francés y otro canario. Esperé hasta que bajara el sol y decidí ir a correr un rato. Dos kilómetros de ida hacia el Sur y dos kilómetros de regreso para reencontrarme con los chicos que estaban mateando en la playa.

Programamos la aventura del día siguiente solamente el porteño, el canario y yo. Quedamos en encontrarnos a las 9 am en la cocina para desayunar, así que cenamos temprano, vimos una peli y a dormir.

Cada uno eligió una bici y emprendimos viaje. La idea era ir por la costa hasta Santa Mónica. Teníamos que hacer 42 kilómetros en un día y no volver tan tarde porque mi vuelo para Argentina salía a la 2.30 a. m.

La primera parada fue en Manhattan Beach, el pueblito que está pegado a Hermosa Beach. Nos quedamos unos minutos allí e hicimos una breve recorrida por el aquarium que hay en la punta del muelle. Seguimos rumbo a Venice Beach. El objetivo era no seguir parando tanto para poder disfrutar del día en Santa Mónica. Justito antes de llegar a Venice, frenamos en el puerto de Marina del Rey. Había una hermosa vista con espacios verdes para sentarnos a descansar.

Una hora más tarde ya estábamos en Venice. Familias enteras con cochecitos, niños correteando, adolescentes en skate, puestos de comida y vendedores ambulantes. Era casi imposible circular por la bici-senda así que decidimos caminar hasta pasar esa zona de playa. Nos entretuvimos unos minutos con las tiendas de ropa. Remeras para todos los gustos, sombreros, accesorios, y cualquier tipo de prendas. Venice Beach es el típico balneario para adolescentes y no tanto, gente tatuada hasta el cuello, skates, rollers y bicis por todas partes. Autos tuneados con música a todo volumen y la rambla parecía una fiesta.

Eran las 12 del mediodía y solo nos quedaban 6 kilómetros hasta Santa Mónica. Llegamos justo para almorzar. Vimos a lo lejos la tan famosa vuelta al mundo sobre la playa pero después de dos horas de viaje, queríamos comer. Nos metimos un poco más en la ciudad para ver qué encontrábamos. Cada cuadra que nos alejábamos de la playa, había más autos, más tiendas y centros comerciales enormes. Particularmente yo no había leído ni visto nada sobre el lugar y me esperaba un pequeño pueblo costero; pero me sorprendió una ciudad grande –de poco más de 93 000 habitantes-, limpia y muy moderna. Había gente de todas partes del mundo, parecían de paso, igual que nosotros. Decidimos comprar algunos sándwiches en el super y regresar a la playa para poder relajarnos y acomodarnos ahí.

El día estaba caluroso pero sorpresivamente no había mucha gente en la playa. Ni fui a tocar el agua porque tampoco estaba para meterse al mar. Estuvimos casi hasta las cuatro de la tarde tirados al sol y partimos para el muelle. Dejamos las bicis atadas para poder pasear tranquilos. Se veían muchos colores y un mini parque de diversiones. Vuelta al mundo, montaña rusa, juegos para niños y un montón de tiendas y restaurantes. Se nos hacía difícil caminar por la cantidad de gente pero aun así paramos en cada puesto para chusmear souvenirs y precios.

Ya casi habíamos terminado de ver todo hasta que nos topamos con un montón de cruces blancas y rojas clavadas en la arena. Simbolizaban los caídos en la guerra de Iraq. Esta conmemoración se conoce como Arlington West Memorial y se encuentra en un costado del muelle. Realmente emocionante.

A las seis de la tarde decidimos emprender la vuelta para poder llegar de día al hostel. Teníamos dos horas de viaje y el cansancio ya se empezaba a notar. Última foto de los tres y esta vez el objetivo era no frenar. Llegamos sin poder ni caminar a las 7.50 p. m.

Me bañé, ordené mis cosas y me acosté un rato. Estaba agotada y no tenía ni hambre. Me buscó mi amigo, me llevó al aeropuerto y dormí como un bebé hasta mi primera escala. No veía las horas de abrazar a mi sobrino, comer con mi familia y dormir en mi cama. Argentina una vez más me esperaba.

 

Tefi Cabanne

Licenciada en comunicación social, diplomada en marketing digital y diseñadora por oficio. Ama la música, le apasionan los deportes y es fanática de los viajes.