Viajes

Bolivia y Perú, un reencuentro con los sentidos

Por Victoria Agulla Tagle

09 am del 6 de Enero de 2014, 30 grados de temperatura en la ciudad de Córdoba. Caminando por la Poeta Lugones, mi cabeza comenzó a conspirar “Esto es demasiado, insoportable. Yo en Córdoba no me quedo. No con este calor.” No podía esperar más, tenía que huir de este ardiente infierno. De repente, se me vinieron 10 países diferentes a la mente, pero uno sólo perduró: Bolivia. Con ese sentimiento de enojo mezclado con vigor me dirigí a la terminal de ómnibus, la cual estaba copada de pasajeros con las mismas ganas de escapar de este exagerado calor. Bajé las escaleras con el destino “Jujuy” y más precisamente “La Quiaca” en mi cabeza, con la idea de cruzar desde ahí al país vecino. La búsqueda exprés (en menos de 30 minutos ya había averiguado todo) satisfizo de inmediato mis expectativas. Todos los días salían colectivos mañana y tarde hacia el norte argentino.

Llegué a mi casa, muy entusiasmada. –Mamá me voy a Bolivia. -¿Con quién? –Sola -¿Te parece irte sola? ¿Por qué no le decís a tu hermano?” Toc toc (puerta del cuarto) –Octavio, ¿te querés venir a Bolivia conmigo? -¿Cuándo? –La semana que viene. –Em, bueno.. si. Puede ser.

09 pm del Jueves 9 de Enero ya estábamos en el colectivo con destino final La Quiaca. Música, películas y libros hacían que el tiempo corriera ligeramnete. Ya llegando, las ventanas se tiñeron de colores, verde, rosa, amarillo perfectamente distribuidos hacían del paisaje una composición perfecta. Si, estabamos pasando por la Quebrada de Humahuaca.

Llegamos a La Quiaca al mediodía. El sol rajaba la tierra. El día estaba brillante y limpio, lástima que teníamos que esperar unas dos horas en migraciones para pasar a Villazón. Apenas pasamos ya aparecía un boliviano para venderte algo, un par de medias, un chocolate, unos caramelos, una crema, lo-que-sea con tal de ganarse un par de bolivianos para pagarse su menú del día. A pesar de que esta localidad es lo más boliviana del país, el turismo es pasajero, ya que la localidad se basa en construcciones simples sin mucho encanto, puestos en la calle y una plaza muy frecuentada por sus habitantes.

Nos dirigimos a la terminal de trenes con el objetivo de ir hacia Uyuni pero no pudimos concretarlo, el Dakar había copado todo. No nos quedaba otra que un colectivo, a donde sea, mientras sea de noche. Llegando a la terminal ya te aturdían “LA PAZ” “SUCRE” “SANTA CRUZ” (es importante acostumbrarse a estos llamados, ya que en todas las terminales se repiten hasta vender todos los asientos).

A La Paz de noche, ahí fuimos. El colectivo en Bolivia es movimiento constante, suben personas a vender comida a cualquier hora, niños a ofrecer sus cánticos, en sus regulares paradas (las flotas no cuentan con baño, causa por la cual hay que parar tantas veces durante los viajes). Temprano arribamos a La Paz, buscamos un hotel y salimos a recorrer. La Paz cuenta con una gran metrópolis, una población muy trabajadora, y unos alrededores de ensueño. La ciudad es para subirla y bajarla una y otra vez, cada calle es una novedad, uno puede encontrarse desde el típico pollo Copacabana, un puesto de empanadas, un BurgerKing, también un arbolito tratando de vender dólares de origen dudoso, o un niño ofreciendo su servicio lustra zapatos. Cuanto más arriba, más lindas son las construcciones coloniales y coloridas acompañadas siempre de algún característico de la cultura boliviana.

Dos días bastan para cansarse de subir esas bellas y empinadas calles. Así que finalizada nuestra estadía, caminamos hacia la terminal para decidir nuestro próximo destino. Sin muchas vueltas, la ciudad de Cuzco fue la elegida. A Perú nos vamos. Una noche de viaje vía terrestre hacia el ombligo del mundo.

Cuzco es un centro mágico. A pesar de estar lleno de turistas, el lugar preserva su vida cultural de levantarse temprano, desayunar en el mercado, atender sus negocios, ofrecer sus servicios y disfrutar de la altura. Cuzco ofrece una gran variedad de excursiones y programas para hacer, restaurantes de primera calidad, bares animados, hoteles de lujo, hostels para todos los gustos, edades, generos, presupuestos y ganas. Por unos 25 soles, uno puede dormir bien en un hostal genuino con baño privado, ducha de agua caliente, wifi y confortables habitaciones con lindas vistas a esta bella ciudad.

Los cusqueños aconsejan quedarse por lo menos una semana para dar vueltas por esas callejuelas, subir a los valles, conocer las ruinas y vacilar entre tomar una cuzqueña o un pisco sour. Luego de pasar dos hermosos días en el valle de Cuzco, contratamos una excursión por 100 dólares hacia la famosa montaña Machu Picchu. En el viaje éramos todos estudiantes latinos de entre 20 y 30 años, con muchas ganas de llegar a mágica elevación natural del Perú. El tour comprendía hospedaje, comida, transporte, y paradas en Ollantaytambo, Santa Teresa y Aguas Calientes. Resultó que el chofer no hizo ni siquiera pasar en el recomendado pueblo de Ollantaytambo, continuando así directo hacia Santa Teresa para comer un super menú (sopa+fideos).

Pese a que el viaje era largo, las rutas eran estrechas y el camino tenia muchas curvas, las vistas eran magníficas. La neblina cubria todo el terreno, creando una sensación mágica de flotar por las nubes. Cruzando el Río Urubamba, llegamos a Hidroeléctrica donde nos dejó la combi. Llovía, y todavía nos quedaban un par de horas de caminata para llegar a Aguas Calientes. El detalle era el medio de transporte: “a-pata” 11 km por las vías del tren. Finalmente llegamos de noche al simpático y cálido pueblo de Aguas Calientes con deseos infinitos de una ducha de agua caliente y una sopa de quinua para ir directamente a dormir.

04 am alarma sonado. Hoy: Machu Picchu. ¡Por fin! No lo podía creer. El esperado día había llegado. Una hora de húmeda y cansadora caminata ascendente entre las nubes y las montañas peruanas fue necesario para llegar a la “Montaña Vieja”, o más conocido como Machu Picchu, un lugar fascinantemente único. El sonido es nulo, la naturaleza es pura, la montaña, inmensa. Sensación indescriptible. En cuanto a las construcciones, éstas son muy prolijas y bonitas. La civilización inca, metódica y ordenada, dejaron sus legados en esas fortalezas admirables sin terminar por la llegada de los españoles.

Luego de esa experiencia inigualable, regresamos a Cuzco, donde disfrutamos de dos días para así ya regresar a Bolivia. Copacabana seguía en nuestro recorrido, precisamente la encantadora Isla del Sol, donde pasamos una helada noche, pese a las tres frazadas que el hostel te ofrecía, las habitaciones estaban extremadamente frías.

Al otro día ya estábamos en la metrópolis de La Paz haciendo un tour gastronómico antes de partir para Cochabamba. Terminamos en el Hotel Torino comiendo un plato típico boliviano: ½ piqué. Excelentemente exquisito. En colectivo nos fuimos a Cochabamba llegando el domingo a las 5 am. Creo que ninguna ciudad merece ser descubierta un domingo a la madrugada, y Cochabamba no era la excepción, sobretodo porque llovía y hacia demasiado frio. Gracias a dios, la lluvia de verano en Bolivia es fuerte pero pasajera.

A las 9 am ya estábamos comprando libros en la peatonal. La mejor compra del viaje: unos cuantos clásicos bolivianos por unas pocas monedas. De Paz Soldán, el escritor más importante del altiplano, compré una novela apasionante: Norte. Su manera de narrar tan directa, cruda y concisa hace de sus relatos una novela verdaderamente intrigante. Cochabamba, como todas las ciudades de Bolivia, tiene unos alrededores fascinantes y enormes, contrastantes con las precarias construcciones del lugar.

La próxima parada fue Sucre, patrimonio cultural de la humanidad, ciudad blanca, la vieja, la culta. Destacada por su limpieza intachable, sus construcciones eternamente blancas, sus calles infinitamente largas y sus montes alrededor. La gente, especialmente amable, y los servicios notablemente mejores que en el resto del país. Una ciudad imperdible, de larga historia y cultura persistente.

Llegaba el final del viaje, y en el último tramo nos quedaba Potosí. Capital del virreinato, ciudad “estruendo”, centro de minas. Riqueza máxima para los españoles en el siglo XVI. Ciudad de los museos, capital de la famosa Casa Nacional de la Moneda. Pese a ser conocida como la “Villa Imperial de Potosí”, la sociedad parece una población pueblerina, conformes con sus iglesias y conventos en una localidad cálida, alta y pequeña.

Dos semanas pasaron recorriendo estas tierras, “hora de volver a casa”. Pero primero -y último-, Villazon. Así, una vez más tomamos el medio más popular, frecuente, “práctico” de Bolivia: el coletivo. Pero esta vez el viaje de Potosí a Villazon fue especialmente fatídico (historia para contar en otra ocasión). Ya pasando la frontera, cruzamos hacia el lado argentino para tomar el colectivo hacia Jujuy. En Jujuy disfrutamos de la entrañable carne argentina. El tiempo nos fue suficientes para comer un lomito y comprar los últimos souvenirs en la Plaza Belgrano. A la noche salía nuestro transporte hacia el corazón del país: Córdoba.

08 am en punto ya estamos transpirando los 40 grados de sensación térmica en la ciudad de Córdoba. Por suerte, hoy ya bajó la temperatura, y no hizo falta irme del país nuevamente para huirle al calor cordobés.

Victoria Agulla Tagle

De sangre creativa e inquieta. Con una sensibilidad especial para la fotografía, descubre al mirar y narra al capturar. Lectora social con gran futuro periodístico.