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Música

Brushing, chaleco y Silvio Rodríguez

Por Sara Nasi

Por @saranasi

Creo que las reseñas son muy personales. Por eso, les cuento la historia que ésta tiene detrás.

Hacía del ’85 que ella, mi mamá, no veía en vivo a Silvio Rodríguez. Mi papá, como anoche, en ese momento la acompañó a verla a la cancha de Instituto, y según cuenta, estaban tan lejos que apenas observaban una manchita roja a lo lejos. Yo nací justo en ese año y, honestamente, pasé toda mi infancia odiando a este cubano: los sábados a la mañana sonaba a todo volumen mientras mi mamá lo coreaba a gritos. Yo, a los ocho, quería escuchar a Reina Reech, no a una versión desafinada de “Ojalá”. Casi que no lo soportaba. Pero ella era mi mamá y él, su amor platónico, su “muso zurdo inspirador”. Entonces me la bancaba.

Después vino mi período universitario y, claro, en Ciencias de la Información, pocos resisten a Silvio Rodríguez. “Yo vivo de preguntar/saber no puede ser lujo”, dijo Silvio, y me dejó pensando.

Fuimos todos, en familia, a verlo al Orfeo (Córdoba). “El 70 por ciento del público tiene más de 40 años, brushing en el pelo y chaleco”, me susurró mi hermana mientras nos ubicábamos. Adelante, en una de las primeras filas, mamá empezaba a alucinar. Con brushing, chaleco, y 40 largos, claro.

Silvio Rodríguez arrancó  con “En el claro de la luna” y la gente lo ovacionó. Escenografía austera: cinco músicos –entre ellos, muy destacable, una flautista talentosísima-, y él, al medio, con una silla y la guitarra. Estuvo bien: no le hace falta más que eso para encantarnos a todos.

Tocó casi tres horas, dejó cantar a Amaury Pérez, otro talentoso cubano, y dejó todos sus éxitos (“La Maza”, “Ojalá”, “La Silla”, “El Escaramujo”, “Óleo de una Mujer con Sombrero”, por nombrar algunos) para la última parte del concierto. Como en su disco “En vivo en Argentina”, que grabó junto a Pablo Milanés, en cada pausa, mientras afinaban los instrumentos, la gente no paraba de gritar, pidiendo canciones, haciéndole declaraciones de amor, o exclamando por Cuba, Fidel y el Che.

Dos detalles: uno, como todos los artistas, que siempre te dejan sin una canción, nos quitó “El Unicornio Azul”. Dos, se despidió y volvió a empezar cinco veces. Nosotros no queríamos que se fuera.

Pero antes del esto, prendieron las luces del estadio y las siete mil personas que fueron a escuchar al trovador cubano lo aplaudían de pie. Cerró definitivamente con “Te doy una canción”, hermoso momento, no hubo uno que no coreara.

Hacia abajo, la identificamos enseguida: en las primeras filas, con chaleco y brushing, mi mamá, feliz, gritaba desaforada. No era sábado a la mañana, no estábamos en los 80’s, y nosotras ya no éramos chicas. Ella, en cambio, al igual que antes, estaba ahí, cantando fuerte. Pero ahora ya no sonaba tan desafinado.

Sara Nasi

Licenciada. Comunicadora. Mina sagaz, mujer de luces y amiga capaz. Práctica, efectiva, sonriente. La melancolía y los negocios, el chusmerío y la seriedad. En el idioma de todos.