Viajes

Angkor Wat, ciudad de templos

Por M.Carla Oller

Las ruinas de una vieja e inconmensurable ciudad budista forman hoy uno de los parques arqueológicos más increíbles del mundo, formado por 50 construcciones decoradas con estatuas, relieves en piedra y tallas de elefantes mitológicos, exóticas bailarinas, batallas legendarias y serenos budas.

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Llegué a Camboya sin conocer nada de ese país, salvo algunas imágenes de los famosos templos o “wat” que vi en la película Tomb Rider. Enseguida descubrí que Camboya es un lugar muy diferente al resto de sus vecinos del sudeste asiático. Imágenes surrealistas de cine de humor bizarro se mezclan con una increíble arquitectura budista e hinduista pegadas a enclaves naturales impecables, una verdadera fiesta para los sentidos.

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Pero también Camboya es sinónimo de sangre, y la historia reciente de los Jemeres Rojos, guerrilla que ocupó el poder de 1975 a 1979, ha hecho a este pequeño país, un ejemplo macabro de lo trágico e irreparable que puede ser un genocidio –en ese período murió la tercera parte de la población. Todas esas imágenes se entremezclan y estallan por los aires cuando uno pone un pie en Angkor Wat, el increíble complejo de templos budistas.

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La ciudad de Siem Rep es la base logística para llegar a Angkor Wat. Es un pequeño cónclave preparado para recibir a todo tipo de turistas. Posee grandes y exóticos hoteles, pequeñas pensiones y un centro que desborda de puestos callejeros, locales de artesanías y bares.

Tomar una cerveza Angkor o algún jugo recién exprimido de dragonfruit junto a un fried rice con ananá en un puestito de la calle, es una verdadera delicia y lo pondrá a uno en sintonía con la ciudad, los olores y los sabores del pueblo. También es recomendable probar la sopa de curri o de jengibre rayado con bambú, con porciones de arroz extras y mucho picante.

La ciudad eterna

Angkor Wat es un predio gigante, y sin dudas un sólo día no alcanza para conocerlo: son 200 km2 con más de 50 construcciones entre templos, terrazas o miradores. Todos y cada uno de ellos decorados con estatuas, relieves en piedra y tallas de elefantes mitológicos, exóticas bailarinas, batallas legendarias y serenos Budas.

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Como para arrancar por algún lado, decidimos recorrer un sector de la Ciudad de los Templos en bicicleta. Compramos un pase para 3 días por un valor de 40 dólares y nos dirigimos hacia Roulos, un grupo de templos un poco más alejados del Angkor Wat central, al este de Siam Rep.

Roulos está siempre un poco más vacío de turistas que el resto de los templos. Eso permite inmiscuirse entre sus muros y encontrar pequeños laberintos para detenerse a contemplar esas tamañas rocas tan llenas de historia. El más destacado del complejo es sin dudas Bakong, donde pequeños monjes de túnicas naranjas pasean y contemplan la serenidad de un lugar que se quedó en el tiempo.

Después de respirar la magia de cada uno de esos muros y recobrar el aire, decidimos ir hacia otro de los templos. El sol, la ruta mal señalizada y el desconocimiento del lugar hicieron que pasáramos un par de horas pedaleando sin rumbo fijo. En lo profundo de Angkor vimos cómo se extienden interminables campos de arroz que proyectan un paisaje único bajo un cielo extremadamente celeste. Los niños al costado de la ruta corrían nuestras bicicletas con un cálido saludo en inglés. El tiempo pasaba tan lento que casi era imperceptible. Perderse en esos caminos fue un regalo de los dioses.

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Minutos antes del atardecer logramos encontrar el templo de Pre Rup, un hormiguero gigante de turistas predispuestos a darse el último baño de sol del día, allá arriba en las alturas. Apenas llegados y en un festín fotográfico nunca visto, dejé olvidada la mochila en algún lugar del templo, por lo que el sunset se convirtió en una corrida frenética por cada rincón de esa roca antigua, ante la mirada confundida de turistas de todas parte del mundo que no comprendían lo que pasaba. Con suerte la mochila fue encontrada, el sol se fue tranquilo y sus últimos rayos sirvieron para que esta viajera no cayera en desgracia.

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A la vuelta, ya de noche, sobre las costas del lago Srah Srang, paramos a contemplar la luna cuando una veintena de niños salidos de la oscuridad circundante nos rodearon al grito de “one dolar, one dolar” mientras nos ponían en nuestras caras postales y pequeñas artesanías del lugar. La situación se volvió caótica por un momento, pero luego se transformó en juego y todos corrimos y reímos en el medio de la noche camboyana.

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Al otro día, decidimos alquilar un tuk tuk, típico triciclo a motor con chofer. Partimos bien temprano, casi de noche, hacia Angkor Wat, el templo mayor. Con un termo con café y una paciencia china, apreciamos los colores pasteles de un amanecer de película sobre el templo construido en el año 900 después de Cristo. Los puentes con ejércitos gigantes o túneles con arcos de serpientes inmensas que rodean este lugar hacen creer a uno que no se encuentra en el planeta tierra.

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La antigua ciudad de Angkor Thom fue nuestro destino principal de ese segundo día. El Palacio Real y el templo de Bayon presentan unas caras enormes de Shiva, como ofrenda de un pueblo hacia su Dios creador. En el palacio del Rey, miles de elefantes están en bajorrelieve sobre las paredes a las que uno puede pasarles la mano como si fuera su artesano creador. Luego, una merienda y un atardecer en la colina Bakheng para despedir al sol en otro día en la octava maravilla de la humanidad.

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Los árboles gigantes

Ver la interacción de la naturaleza con estos palacios, más allá de que parezca trillado, es una de las acciones imperdibles de Angkor Wat. La inmensidad del astro, los colores en la piedra y la historia de la humanidad se conjugan en una sensación de grandeza y contemplación profunda. Es imposible perdérselo. Por eso nuestro último día lo inauguramos frente al lago Srah Sragn, pero desde otro sector. Lavanderas en sus márgenes, como si nada o como si todo, lavaban sus ropas ajenas al imperio que se erigía tras sus espaldas.

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Y de ahí fuimos a Preah Khan, el lugar más surrealista de todos. Los árboles comiéndose el palacio, raíces gigantescas por arriba y por abajo de la tierra y el cielo, la comunión perfecta entre la humanidad y la naturaleza, el silencio perpetuo y la melodía de los dioses: eso es Preah Khan.

Toda la tarde caminando sobre las hojas de otoño que decoraban como alfombra dorada este palacio y una siesta bajo una ventana con el marco más antiguo del mundo hacían imposible la partida. Allí se firmó Lara Croft: Tomb Raider, película protagonizada por Angelina Jolie.

La pirámide de Ta Keo prometía un buen ejercicio para las piernas y una excelente mirada al horizonte desde las alturas, y ya se acababa el último de nuestros días: era la hora de partir.

El último atardecer en Angkor Wat sirvió para meditar un poco y guardar el tesoro de lo recorrido en lo más profundo de la conciencia. Camboya queda lejos, pero se la siente muy cerca. Angkor Wat es el alma de Camboya y es sin dudas, el mayor edificio religioso del mundo, el paso entre el mundo sagrado de los dioses y el mundo de los hombres.

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M.Carla Oller

Periodista nómade con ganas de colaborar y contagiar su perspectiva turística y cultural. Viajó mucho y vive en Capital. Trata de estar activa y anda siempre buscando qué hacer.