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Sociedad Visuales

El periodismo que queremos, historias de relatos honestos

Por Majo Arrieta

Desde hace tiempo, en universidades, fundaciones, y entre los grupos de periodistas comprometidos, se plantea una constante ¿Qué hace el periodismo hoy? ¿Cuáles son las historias que decide contar?

Se habla de una crisis, en donde los medios quedan a merced de los intereses económicos, y en donde la pasión por la profesión es absorbida por otras cuestiones como la velocidad y la realidad del mercado. Sin embargo, en este contexto somos varios los que creemos que, todavía tienen lugar aquellas historias que pueden ser contadas, que suelen ser ignoradas, pero que cuando salen a la luz, hacen la diferencia.

La fuerza del alma, es una fotografía tomada en el patio 5 del Penal del barrio San Martín de la Ciudad de Córdoba, en el marco del primer bautismo de los Guerreros de Jesucristo, luego de un motín padecido en el año 2005, y tras el cual se recortaron beneficios ganados a través del trabajo a los reos. La imagen forma parte de un ensayo fotográfico sobre Los Guerreros de Jesucristo, un movimiento religioso tumbero creado por presos y ex-presos de esa prisión, y fue tomada por Consuelo Cabral, periodista y fotógrafa que gracias a este trabajo, ganó un premio en el Concurso Provincial de Periodismo Rodolfo Walsh que otorga el Cispren (sindicato de prensa).

El compromiso con la comunicación; la posibilidad de transmitir mensajes a la sociedad, a través de los relatos honestos; y  la convicción hacia los valores periodísticos, son algunas de las cualidades y virtudes de Consuelo, una reportera joven, sensible a las otras caras de la comunidad.

Desde sus inicios en la carrera de Comunicación en la Universidad Nacional de Córdoba, estuvo convencida del triángulo que conforma comunicación, periodismo y fotografía, para ella, una especie de «triángulo amoroso» o «santísima trinidad». A través de esta carrera, encontró la manera de canalizar esas historias que encierran verdades e imágenes que necesitan ser dadas a conocer porque, según su experiencia:

“No hay nada peor y más triste que una historia indispensable olvidada, sin memoria, sin trascendencia”.

Involucrada con esta clase temas, Consuelo sostiene que “en la agenda diaria del periodismo, a veces la noticia del día es tan urgente, que no queda tiempo para bucear en busca de esos datos que conducen a mundos subterráneos, mundos que a mí, en particular, me fascinan y me hacen vibrar”. Y luego agrega que: “La fotografía documental y la palabra, son las únicas formas que hasta el momento encontré para relacionarme con el mundo. Para entrar en contacto con historias que de otra manera sería imposible entrar y para cumplir, si se quiere, con el sueño ‘bourdieano’ de dejar de reproducir habitus para convertirnos en ‘agentes de transformación’. Creo que la universidad pública y la suerte de haber tenido un profesor como Tomás Barceló Cuesta, que era una bestia del fotoperiodismo, influyeron bastante en este camino que recién estoy empezando a recorrer”.

 ¿Cuál es tu visión del fotoperiodismo hoy? ¿Qué significa el fotoperiodismo para vos?

Los primeros fotoperiodistas tenían una cámara analógica, con película, y un lente normal que los obligaba a acercarse al hecho quisieran o no. Hoy podés tomar 20 tomas y elegir la que más te guste en un minuto, usar un teleobjetivo con el que la gente ni se entere que la estás fotografiando, usar un teléfono, subir tu foto a la web y que la vean miles de personas. Hay muchas posturas y discusiones acerca de eso. Pero entre tanto cambio hay algo que no cambió, y es la existencia de historias que necesitan ser contadas. Entonces queda en cada ojo elegir la manera de acercarse al hecho. En mi caso para entender lo que está pasando necesito acercarme, por eso no uso teleobjetivo sino un lente normal. Además, por respeto a la persona y su decisión de ser o no fotografiada. Después, para quienes no trabajamos en relación de dependencia, viene todo el camino de la publicación, el contacto con editores, el cobro de las notas, étc. Esa parte se parece bastante a ser vendedor ambulante, por eso después del bondi, la calle y los bares, vuelvo sin un centavo pero llena de alfajores, estampitas y dvd’s. Y después están las coberturas que nunca van a ser publicadas pero que son las más urgentes, como las marchas, los reclamos, las luchas sociales, etc. Tener una cámara, ser comunicadora y no ser solidaria sería una contradicción.

¿Cómo llegaste a realizar el fotorreportaje de Los Guerreros de Jesucristo? ¿Cuál es la historia que cuenta?

Desde hace varios años me vengo preguntando por las realidades de aquellas personas que por diferentes motivos y causas han perdido la libertad de una forma concreta. Es decir, en instituciones tales como la cárcel, neuropsiquiátricos, sectas religiosas, etc. Hay tantas formas de perder la libertad. Pero, concretamente, empecé dando un taller de fotografía y periodismo en la cárcel de Bouwer, a través de una beca de la Secretaría de Extensión de la UNC, y por eso una amiga que colabora con la Fundación Una Luz de Esperanza, creada por los Guerreros de Jesucristo como puente para reinsertarse socialmente a través del trabajo, me llamó para dar una mano en comunicación. Ellos tienen una historia larga y muy interesante que comenzó en 1997 y sigue más vigente que nunca, con una Cooperativa de Trabajo (Calex) afuera, y fuerte apoyo a los presos dentro de las distintas cárceles de Córdoba. Hacen un trabajo de pacificación, que dentro de las cárceles permite una convivencia saludable entre los presos. El fotorreportaje se dio en el marco de los bautismos que llevan a cabo dentro del Penal de San Martín, donde ponen una pelopincho y hacen una ceremonia para bautizar a los nuevos ‘Guerreros’. Y si bien yo no comparto sus creencias, las respeto y registro esos momentos.

 ¿Cómo te involucraste con los protagonistas de tus imágenes? ¿Cómo se vieron afectados? ¿De qué manera te afectaron a vos?

Con Ariel Calisaya, que es el presidente de la Fundación, y su familia, hay un cariño y un respeto muy grandes que han ido creciendo como fruto del compromiso compartido y la causa común. Ahora, también a través de la Fundación, comenzamos un espacio de taller de periodismo en el Penal de San Martín donde el objetivo será reconstruir las historias personales de quienes participen y plasmar la realidad carcelaria con vistas a un formato radial o gráfico. A diferencia de lo que cualquiera pudiera pensar, me siento muy cómoda en la cárcel y con las personas que allí están. No los juzgo, no soy quién para hacerlo. Al contrario, creo que todos podemos equivocarnos y volver a empezar. Cambiar. Y ese creer en el otro hace que pasen cosas buenas, que broten cosas buenas. El único obstáculo, aunque propio de esta realidad, es el tiempo y la falta de recursos, ya que todo lo hago ad honorem.

¿Qué significó ganar el premio Rodolfo Walsh del Cispren?

Para mí fue un premiazo, como si el mismísimo Rodolfo me diera una palmada en la espalda. Una alegría terrible y el triunfo del verdadero periodismo versus el periodismo chatarra que defiende la libertad de empresa. Sobre todo por la historia de este fotorreportaje, que iba a ser publicado en el Suplemento Temas de La Voz y que, finalmente no salió, como seguramente nunca saldrá allí ningún material mío. Además, la alegría fue doble porque recibí una mención especial en la edición gráfica por una crónica sobre Pascual Gómez, más conocido como el Conde Pascual que después también publicó la Revista Deodoro de la UNC.

 

Majo Arrieta

Periodista y Lic. en Comunicación Social. Apasionada de las artes en todas sus formas, de la vida al aire libre. Por momentos fotógrafa, por momentos escritora. Un híbrido con muchísimas aristas para conocer y leer.