Sociedad

Emprendedores, inversores y dinosaurios

Por Andres Pallaro

La economía digital es un hervidero. Es imposible seguir el paisaje de nuevas startups, certámenes, aceleradoras, programas, inversores, índices y hackatoons que diariamente aparecen en escena por todos lados. Celebramos que todo ello suceda. Se trata de la expresión más acabada del avance de la tecnología y la digitalización creciente de nuestras actividades.

Democratización de emprendedores (no sólo los que provienen de familias con recursos pueden lanzar sus compañías), inversores que se tientan menos con los juegos financieros y más con capitalizar nuevas empresas, miles de empleos que se generan en estas nuevas y más ágiles organizaciones, aprendizaje colectivo vía jornadas que se depuran al sacarle gran parte del “tedio” al trabajo, expansión de los propósitos que nos permiten dejar de ser sólo “empleados” de estructuras que no apreciamos ni admiramos. Son, todos estas y muchas más, manifestaciones positivas de esta economía digital vía startups que tanto celebramos.

Pero la excitación no debiera privarnos de miradas mas profundas. El clímax generado en torno a la belleza y universalidad de la revolución digital no debiera impedirnos el espíritu crítico sobre algunas cosas que están sucediendo y que pueden generar problemas a atender. En un post anterior sobre el tema había intentado dar nota a algunos aspectos que me parecía estaban contribuyendo a crear cierta farandulización en el mundo emprendedor. En este, pretendo concentrarme en tres temas que veo en zona de alerta y los expreso a modo de preguntas:

¿Habrá lugar para muchas compañías en Internet o la competencia y la batalla por la escala global dejará pocos ganadores y muchos perdedores en cada segmento?

¿Hasta donde la industria del capital de riesgo está ayudando o arruinando emprendimientos digitales con “buena madera”?

¿Pueden los dinosaurios de esta nueva economía digital ser sanos y positivos a pesar de ser tan grandes?

Es indudable la creciente proliferación de productos digitales que nacen (y que aparentemente será mucho más agresivo aún en los próximos años) y que deberán demostrar que pueden vivir de lo que facturan. En todos los segmentos nacen nuevos prototipos de compañías. Y es muy difícil encontrar algo en lo que podamos decir “esto es nuevo!”, no tiene competencia. La multiplicación de incubadoras, certámenes y aceleradoras potencian esto, dado que para ello existen y deben completar sus cupos. Obvio que hay maneras de diferenciarse (muchas) y la usabilidad en esta industria está adquiriendo una relevancia tan fuerte que hasta puede llevar al estrellato o arruinar a un producto digital. Pero la superpoblación crece.

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¿Cuántos de ellos pueden tener éxito? ¿Prevalecerá un juego de abundancia y suma positiva? ¿O habrá pocos ganadores y muchos perdedores como en toda economía? ¿Será mas intensa aún esta competencia entre colosos del mundo digital? ¿Será esto aun más grave dada la tendencia a que todo emprendedor quiera lanzar su aplicación digital exitosa en cualquier lugar del mundo? La aspiración de que la economía digital trajera “algo distinto” al duro dictamen de la competencia viene dado por:

– El hecho de que la geografía y localización, ya no son el Rey. Podemos jugar con las fronteras que se desvanecen.

– Crecen los espacios de consumo por la digitalización de las actividades humanas.

– Hay más nichos de mercado y las voces individuales y locales se expresan y exigen con facilidad.

A priori estos elementos favorecen mercados con mayor cantidad de negocios en distintas categorías. Pero hay una tensión que llega para complicarlo. Y esa tensión esta dada por el hecho de que, por un lado, hay más chances de generar nuevos negocios digitales para satisfacer demandas locales / regionales (nichos, mas consumo). Pero por otro lado, la facilidad para salirse de las fronteras y la necesidad de adquirir masa crítica de clientes (sobre todo en los negocios “de volumen”), es muy fuerte.

En la economía offline suele haber métricas y puede ser más claro advertir mercados saturados. Por ejemplo, seguramente que la industria financiera tendrá parámetros para considerar cuantos bancos puede haber con chances de rentabilidad en un mercado determinado (y obviamente en cada ciudad según su tamaño y condiciones). ¿En la economía digital como lo haremos? Por ejemplo, ¿cuántos jugadores podrá haber en el creciente mercado de préstamos online entre particulares, como Wayne, Cumplo, Afluenta, Comunitae, Bankimia, y tantos otros, si todos ellos quieren competir en varios países al mismo tiempo? Es muy difícil saberlo. ¿Podrán ser rentables si no crecen aceleradamente? ¿Se morirán necesariamente aquellos que no logren masas críticas muy significativas? O, en el mejor de los casos, ¿podrán coexistir docenas de ellos con pequeñas cuotas de mercado y todos ganando algo de plata?

Seguramente que en los llamados “negocios de volumen” (baja contribución marginal por ticket de venta) y en aquellos que por alguna razón específica consideran que pueden ser world class desde etapas tempranas, la motivación para expandir el ámbito de negocios sea más fuerte y necesario. Pero la gran mayoría de los negocios digitales tendrá que pasar por la validación de sus realidades inmediatas, con ventas reales y encontrará allí su camino natural de supervivencia y crecimiento posterior.

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Apuesto a que una diagonal para superar esta tensión venga por el lado de las estrategias orgánicas, que son aquellas que no dejan de sentirse atraídas por el mundo, pero que entienden que comenzando por segmentos locales y regionales es decisivo para poner foco en el imperativo de vender y que en función de ello pueden delinearse capas de expansión viables de ejecutarse. Creo en definitiva, que en esta economía digital habrá ganadores y perdedores, como siempre. Pero que habrá menos perdedores si hay más estrategias de crecimiento orgánico, priorizando la capacidad de producir ventas reales y de encontrar públicos locales y regionales a los que servir con dedicación. Especialmente, animándose a cuestionar la religión de que todo lo debe hacer el software porque los niveles de servicio encarecen y dañan la escala.

Mientras menos foco en mercados locales exista (para arrancar), mayor será la carnicería de mortalidad de startups digitales que sueñan sobresalir en las grandes ligas mundiales. Y menos preparadas estarán para competir con los líderes mundiales que lleguen a sus mercados de origen (perdiendo incluso la posibilidad de ser adquiridas por alguno de ellos).

Mucho de esto vienen diciendo varias voces del ecosistema emprendedor, como por ejemplo Juan Pablo Capello en TEDx Córdoba.

En la segunda cuestión, hay muchísimo para decir. Mi gran preocupación es que el venture capital esté desarrollando una serie de contraindicaciones que alteren sus mejores efectos. Conseguir dinero para crear una startup tecnológica es una brillante manifestación del mejor capitalismo. Pero si el centro de la escena pasa a ser las rondas de inversión y los criterios que los inversores necesitan imponer para que el trayecto de una nueva compañía “sea negocio” para ellos, la cuestión puede correr el riesgo de desnaturalizarse.

Ser pequeño y orgánico suele ser una de las grandes riquezas de una compañía de reciente creación, frente a grandes compañías que se transforman en dinosaurios demasiado lentos para innovar y con burocracias gerenciales que les quitan mucha humanidad. Pero suele suceder que el ingreso de inversores en aquellas nuevas empresas se origina con escenarios de acelerado crecimiento de sus negocios, plasmados en flujos de fondos siempre distantes de las realidades que vendrán. Y son esas mismas expectativas, decisivas para conseguir los fondos de inversión, las que pueden conspirar contra la consecución de una camino mas natural y orgánico aunque menos interesante en números sobre el Excel.

¿Hay pues que liberarse de los inversores para ser mas puros? No necesariamente. Suelen ser una palanca de extremo valor para financiar aquello que el mercado no financia en tiempos cortos. Pero también suelen ser el certificado a una defunción inevitable. Pensemos que la industria del capital de riesgo asume de entrada que habrá una gran mayoría de compañías financiadas que morirá en el intento. Y que algunas pocas tendrán los crecimientos explosivos como para justificar el negocio global de los inversores. Es, desde este punto de vista, recurrir a una agente voraz que tiene los billetes, te hará correr una carrera mortal y sabe que hay un 90% de posibilidades que no sobrevivas.

Cuando todas las startups quieren fondearse con capital de riesgo algo anda mal. Lo natural es que no sea para todo el mundo. Debiera haber condiciones de innovación en un producto, de mercados “en desarrollo” (aun no compran lo suficiente) u otra cuestión, las que justifiquen que la necesidad de inversión prevalezca frente a la financiación del negocio con lo que el mismo puede generar, aún en etapas tempranas. Expresiones menos “profesionales” de capital de riesgo son muy saludables para superar este peligro, como los ángeles y el crowdfunding, dado que sus expectativas pueden ser menos agresivas y sus intereses menos viciados por la industria de la intermediación.

Formar a los emprendedores para no correr desesperados detrás del venture capital, ser capaces de vender primeras versiones de productos en etapas tempranas y diseñar sus próximos pasos de crecimiento, me parece vital para equilibrar la cuestión. El centro de la industria no son los fondos de inversión, sino los emprendedores con negocios capaces de facturar. Sino, pensemos en los “Pinterest”, por ejemplo, valuada en U$S 3.800 millones, recibiendo alocadas rondas de inversion cada vez mas grandes a través de los grupos más conocidos de la industria y sin haber probado todavía que puede facturar con lo mas elemental (y más molesto para los usuarios) que es meter publicidad paga dentro de sus espacios o boards.

Pareciera ser que tener usuarios es un camino obligado a tener clientes. Y los inversores corren y fomentan este frenesí por los usuarios. Cuando en realidad hay cada vez mas ejemplos de que no necesariamente es así. Si Comscore dice que tus usuarios crecen, tienes financiación asegurada. ¿Pero cual es el negocio? Muchas veces no lo sabemos.

La tercera cuestión es la que más me preocupa. Tiene que ver con los grandes jugadores que dominan la industria global de los negocios digitales. Estamos hablando de los Google, Facebook, Apple, Ebay, Amazon, Twitter, Salesfoce, Mercado Libre, Yahoo, Linkedin, Zynga, Groupon, etc. Todos ellos brillantes en muchas cuestiones. Pero el poder de dictamen sobre que usar y que no, las estrategias de crecimiento voraces, las adquisiciones frenéticas de otras empresas y el abusivo uso de productos accesorios gratuitos que suelen lanzar, configuran un escenario por lo menos digno de reserva y atención.

¿Acaso los negocios en Internet no llegaron con la magia de desafiar a las grandes corporaciones y sus perniciosas prácticas de mercado? ¿Acaso no es contradictorio que defendamos fanáticamente, con el sombrero del usuario, que Google nos llene de productos gratis, sin advertir que, con el sombrero del trabajador, puede estar matando miles de pequeñas compañías? ¿O acaso no le caben a estas simpáticas expresiones de la creación digital aquellas leyes de la física que definen que cuando un sistema es demasiado grande se atrofian y emiten partículas negativas para el entorno?

Ahí tenemos a Facebook, adquiriendo por ejemplo una gran aplicación como Instagram en miles de millones y hoy estando desesperados para meterle publicidad que permita comenzar a recuperar la inversión que hicieron. Instagram nunca debería haber valido lo que vale si no fuera por el frenesí de usuarios. Y nunca la deberían haber pagado lo que la pagaron si no existieran esos dinosaurios digitales que nos dan muchas satisfacciones diarias pero que cada día están más pendientes de sus batallas globales por paternidad y cautividad de usuarios.

O a Salesforce, reconocida y admirada por la calidad de su producto y la historia emprendedora de su fundador, comprando una aplicación de trabajo colaborativo como do.com y cerrándola menos de 3 años después sin ninguna explicación a sus miles de usuarios. Aún las compañías mas respetadas caen en este tipo de prácticas cuando son demasiado grandes.

Pensar, construir y lanzar un negocio en Internet hoy en cualquier rincón del mundo requiere, entre muchas otras cosas, que puedas responder como harás para amigarte y no ser atacado por esos grandes dinosaurios digitales que pueden verse en el top 50 mundial de Alexa o Woorank. O para usar sus APIs, o para contratarles publicidad, o para figurar en sus rankings. Podrá decírseme que así son los negocios y la competencia. Siempre habrá grandes jugadores que dominen la escena. Responderé que si, pero no renunciaré a pensar que es posible que no sea tanto. Más cuando el sentido libertario de Internet nos ha hecho ilusionarnos con menos corporaciones y más equilibrios.

De algo estoy seguro: alguna regulación sobre la adquisición de empresas y sobre el lanzamiento de productos gratuitos debiera comenzar a existir. De lo contrario, el juego será muy favorable a los grandes dinosaurios que, nacieron de un evento emprendedor, pero que pueden terminan siendo nocivos para una economía digital menos concentrada, con más compañías pequeñas y medianas rentables y usuarios con mayor poder de decisión.

Emprendedores compitiendo con foco en crear, agregar valor y vender en mercados locales o regionales; inversores financiando con más responsabilidad, menos voracidad y acompañamiento más inteligente al emprendedor; y dinosaurios con contextos más trabados para desplegar estrategias corporativas, pueden configurar una buena síntesis de la economía digital por venir. Algo tan simple como Chipolo, son de esas cosas que anuncian buenos tiempos.

Andres Pallaro

Emprendedor. Amante de la reunión con amigos, el asado y el vino. Titular de Modelos Digitales, "padre" de ElInmobiliario.com y bloggero. Presidente de la Fundación Mundos Emprendedores y eterno aprendiz.