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Las series y la construcción del antihéroe

Por Victoria Barberis

Hace ya un buen rato que la figura del galán convencional no es bien recibida por el público. Los héroes de novela se extinguieron, asociados principalmente a un género casi tan vulgar y poco realista como mentiroso, aquel que le da matices de superhombres a los bellos rostros de la pantalla chica, pretendiendo arrancar así alguna superficial empatía con su audiencia. Pero las mujeres ya no suspiran por príncipes azules y la platea masculina ya no tiene que aguardar el final de alguna empalagosa soapie mientras revolea los ojos al cielo.

Para bien de la televisión y de sus fieles seguidores, de un tiempo a esta parte se han puesto de moda los mal llamados y bien ponderados antihéroes. Individuos más complejos y fascinantes, que tienen como principal característica la posibilidad de ser recibidos de un modo que el clásico adonis no conseguía: por medio de la identificación. Tanto hombres como mujeres pueden identificarse de igual manera con las vidas de estos personajes, que tienen tanto de defectivos como cualquiera de nosotros.

Es que la fortaleza de esta figura tiene que ver con la posibilidad de confraternizar con el espectador, ofreciendo además un relato verosímil y apasionante que nos convence a menudo de que eso que estamos viendo, puede en efecto suceder en la realidad. Ese antihéroe, que ya no es un galán ni un protagonista de molde, se hace ante nuestros ojos, más humano. Es entonces cuando sus virtudes prevalecen y sus defectos se hacen más perdonables.

Son débiles, ególatras, materialistas, descarrilados, perdidos y hasta de doble discurso, como cualquiera de nosotros. Además, como hemos dicho en otras oportunidades, el motor de una buena serie es seguir la historia de alguien a quien todo le sale mal, que toma malas decisiones, que no encuentra el rumbo. Bien sabemos que el éxito del producto está en la búsqueda de la felicidad, mientras se atraviesa el enlodado camino que conduce hasta ella.

Por supuesto que la palabra antihéroe está lejos de definir esta generación de personajes. En todo caso, son más héroes de lo que eran antes, con problemas más reales (o al menos más apasionantes), con historias un poco más posibles. Incluso aquellos que vemos inmersos en un mundo de crimen, asesinatos y otros menesteres de la vida en la otra vereda, llegan a empatizar con el público a tal nivel que finalmente terminan por humanizar al asesino de Dexter, al narcotraficante de El Patrón del Mal, al mafioso de Los Soprano.

Claro que también, el emerger de los imperfectos tiene una contracara en la moral difusa, en el logro más oculto de la posmodernidad, donde cada uno intenta abarcar lo que pueda y donde sigue corriendo la ley del más débil, pero con reglas un tanto diferentes, con discursos que justifican aquel accionar. Aparece la representación del hombre empapado de la doble moral, en vez del que persigue los valores y las buenas costumbres como pináculo de una sociedad. Los guardianes del orden y del honor se han extinguido, sí, porque el mundo es otra jungla diferente de la que era años atrás, y esos sujetos colmados de vicios que vemos semanalmente en televisión, surgen de las cenizas de la propia sociedad que les sirve de espejo borroso, para verse reflejado en una moral líquida.

El último gran héroe que la ficción supo dar a luz fue quizás Ned Stark en Game of Thrones (interpretado por Sean Bean). Y resulta paradójico que el gran héroe muera, que aquel que tenía lo necesario para luchar por lo bueno y lo justo con armas impolutas, sea abusivamente condenado y cruelmente asesinado, dando paso a una guerra de nobles mentirosos que juguetean con el poder a fuerza de sangre y manipulación. Ned Stark, protagonista y héroe por antonomasia, muere como simbolismo preciso de que ha llegado el fin de los buenos muy buenos en televisión. De ahí en más, especialmente en la gran serie de HBO, nace la máquina de hacer personajes que se balancean entre los dos extremos, haciéndole guiños a lo ilícito.

Rebeldes con causa. Hay algo en personajes como Walter White (Breaking Bad) y Dexter Morgan (Dexter) que los hace sutilmente mejores que los demás de su raza. Pensemos en que en otro momento, estos sujetos hubieran causado un gran revuelo por el juego que plantean sus personalidades. Pasar de un lado al otro de la línea que divide lo que está bien de lo que está mal y hacerlo constantemente, ha convertido a estos dos (¿les llamaremos criminales?) en una inspiración para las demás historias que siguen. Fríos y calculadores, pero también implicados con alguna causa noble y con un planteo psicológico que nos hace verlos de otro modo.

El juego con reglas propias. Probablemente Harvey Specter (Suits) o Don Draper (Mad Men) sean los más similares a los héroes convencionales, empapados de una gracia, una clase y una sutileza propia de los galanes; pero contrarrestada inteligentemente con la idea del sujeto incierto que hace de su vida un mandato propio que puede no funcionar. Verdades que se intentan ocultar, una imagen para mantener, el hermetismo y la arrogancia de quien se cree mejor que los demás. Cuánto de ellos hay en muchos de nosotros.

Al filo de la ley y la justicia. Rust Cohle (True Detective) y Francis Underwood (House of Cards), junto a Nicholas Brody (Homeland), han simbolizado el perfeccionamiento de la figura del antihéroe al que el público no puede resistirse. Colmados de defectos (bien sabemos que sí), evidencian una de las características principales de la estirpe que representan: la de hacer las cosas a su manera. Deberían ser los incorruptibles, quienes ocupan roles fundamentales en el funcionamiento de una sociedad, y sin embargo, con mayor o menor encanto (no podemos comparar la gracia de Underwood con el amargo pasar de Brody), mandan desde el perfecto opuesto. A ellos se les sumarán, si se quiere, Jack Bauer (24) o Philip Jennings (The Americans): dos hombres con una misión y con una carga emocional muy fuerte, que los hace pendular y que a nosotros nos hace verlos encantadores.

We love bad boys. Gregory House (House M.D.) y Hank Moody (Californication) son bastante diferentes en esencia, pero hay algo en ellos que los une y tiene que ver con que en muchas ocasiones son amados y odiados al mismo tiempo. Ambos brillantes en lo que los ocupa, adorablemente incorregibles y estandartes del chico malo al que queremos descubrirle el costado sensible.

El máximo antihéroe. Qué decir entonces de James Gandolfini en el rol de Tony Soprano (The Sopranos), uno de los personajes más icónicos en esta ola de amados criminales. Otro sujeto que puede ser tan fácilmente amado como odiado, que antepone los valores fundamentales de la familia y los hace cumplir muy a su manera.

Pioneros en la animación. Probablemente los primeros que se animaron a coquetear con lo imperfecto son los dibujos animados. No hay sátira más exacta del hombre común (o menos que común) como la que tan exitosamente ha reposado en la amarilla piel de Homero Simpson durante más de dos décadas. Le siguieron de cerca los ácidos habitantes de South Park (ruborizando a los más conservadores) y el brillante ingenio que ostentó Seth McFarlane en Family Guy.

Merece una mención aparte el protagónico loser, evidenciado principalmente en otra gran adaptación de la televisión: el antihéroe que encarna Lester Nygaard (Martin Freeman) para Fargo es sencillamente formidable, como también lo es su par deliciosamente incorrecto, Lorne Malvo (Billy Bob Thornton)

Desde Los Sopranos, pasando por Weeds, The Wire, Dexter y Californication, hasta la obviedad del antihéroe representado por Walter White, la producción de series ha dado un enorme salto en cuanto a la evolución psicológica representada en los personajes principales. Parece comprender que sin el cuestionamiento, sin la duda acerca de inclinarse por los dictámenes éticos o no, sin el balance constante entre ganar y perder, estos personajes no son más que una interpretación vacía de un hombre que no es.

La dimensión psicológica tiene una importancia indiscutible en las series, que han dado en parte gracias a esta evolución, un paso agigantado poniéndose a la par del cine. El coqueteo con los bordes de la ética y de lo políticamente correcto se ha vuelto una materia en la que la mayoría de los guionistas son expertos, acortando audazmente las barreras de lo verosímil para plantear un modelo en el que puede mirarse el espectador común.

Victoria Barberis

Es periodista de profesión y escritora de corazón. Es "seriéfila" y una aficionada a las sagas. Su pluma a veces es sarcástica, pero siempre divertida.