Sociedad

Estados Unidos y la ruptura tienen fecha

Por George Blanco

Mientras en Argentina -algunos- luchamos incansablemente para desterrar la famosa ‘grieta’, Estados Unidos vive, por estos días y después de la (¿no tan?) sorpresiva victoria de Trump, un abismo que parece marcar el rumbo y la agenda mundial.

Mientras Rex Tillerson, el ya confirmado próximo Secretario de Estado de la presidencia de Trump, comparecía y buscaba la aprobación del Congreso ayer, Vladimir Putin, que a voz viva mantiene una excelente relación con el ex CEO de Exxon, seguramente habrá apretado el puño, con una sonrisa combativa pero disimulada, la misma a la que nos tiene acostumbrados. Es que, análisis más, análisis menos, el nombramiento de Tillerson es todo un símbolo de las relaciones de los dos países más potentes del mundo, hasta ahora completamente fracturada desde la Guerra Fría. Una alianza que ni en la fantasía más descabellada tenía forma, ahora, con Trump, parece que será un hecho. ¿Y China? La potencia asiática es, para muchos expertos, la nación más poderosa, en especial después de los vaivenes económicos de Estados Unidos y las buenas relaciones que mantenía con ese país y el resto del planeta. China, hasta no hace mucho una férrea compañía de Rusia, ahora será blanco de Trump, que la pone siempre que puede como potencial culpable de todos los males del mundo mundial.

Mi crónica de las Elecciones desde Nueva York

Si de algo sirvió la victoria de Trump frente a Hillary Clinton, el 8 de noviembre, es para separar por tiempo indefinido a una sociedad cada vez más convulsa. El problema de la población norteamericana, a diferencia de Europa o Latinoamérica, es el profundo cerramiento e intento de auto control, es el engaño que los americanos viven fronteras adentro. No sufren ataques masivos, sí, pero apoyan a un candidato que promete armas para todos, más intromisión en los conflictos mundiales, que no sabe distinguir musulmanes de extremistas y que, de no haber tenido a un yerno judío, también habría arremetido contra ellos. Al lado de eso, los continuos ataques a la prensa, a los homosexuales, a los que piensan distinto y a los que se ven distintos, parecen pequeños. Un populista, con todas las letras, que a su vez es un negociador nato y con talento para manejar empresas pero en duda para controlar un país.

La confusión a la que apeló Trump se vio el 8 de noviembre, donde Trump le robó votos a Hillary entre las mujeres y…los latinos, que desde el 20 de noviembre vivirán aterrados de que la nueva administración los separe de sus seres queridos o no permita que sus familias también vivan el american dream. Y en ese aspecto, esto no es a favor de Obama, que con un tono más progresista, fue el Presidente que más deportó en la historia, especialmente en su segundo mandato. A Obama se lo recordará como el presidente con más intenciones reformistas de la historia, al probablemente mejor orador político de todos los tiempos y a un mandatario que, como correlato del primer punto, se quedó en las intenciones, truncado por un Congreso antes republicano, ahora fortalecido.

Se va con menos presos en Guantánamo, con menos intervención en Medio Oriente (algo que le achaca Trump), con una reforma sanitaria a la que le queda poca vida (Trump prometió que durante su primer día de gestión reovocará el Obamacare), habiendo aprobado el matrimonio igualitario en el país, y con la airosa salida de la recesión, dejándole a Trump un país con los indices de desempleo más bajos de los últimos cincuenta años. Entre lo que quiso y no pudo, está la reforma de la segunda enmienda sobre el uso de las armas y el intento por retomar relaciones con Cuba (solo efectivizadas por el congreso), algo que tristemente quedó en simbolismo puro y que todos recordaremos sólo por esa imagen del Air Force One descendiendo en La Habana. Obama podría haber sido el mejor Presidente de la historia de Estados Unidos, pero se encontró con las trabas y las mezquindades del poder, a veces dentro de su propio bando.

De todos modos, es digno de un análisis más exhaustivo y profesional que un mandato exitoso como el suyo, no supo reinventarse a través de otro candidato que no haya sido Hillary Clinton, que nunca midió lo suficiente como para enfrentarse a un candidato sin partido como Trump, desquiciado, sin experiencia política y con mucho de reality show, pero brutalmente honesto en su mensaje, carismático, pasional y experto en negocios. Quizás lo mejor de Obama pase por el mensaje de esperanza, por haber roto ciertos prejuicios del mundo para con Estados Unidos, por haberle quitado ese manto de superioridad a su país para volverlo más amigable, y por un avance en políticas sociales, tanto en salud como en derechos humanos.

El Congreso, por su parte, mira a Trump con lupa aunque a priori eso le favorezca, en especial después del apoyo ineludible de Paul Ryan, el líder del partido, en noviembre. Eso sí, ellos también están confundidos, atónitos, como la prensa, que no pudo contener su verborragia e intentó remendar su error de anticipar la victoria de Clinton nada menos que tratando de ubicarle un nuevo escándalo a Trump, la supuesta injerencia rusa en las elecciones mediante el hackeo, elocuente -según el mismo Trump- pero no decisivo en el resultado. Trump fue él mismo una vez más, previsible y efectivo, confrontando a la mismísima CNN, ataques que hasta noviembre se pensaba que le desfavorecían. Si Trump ganó es por toda esa confusión, es por esa lucha sin cuarteles de un montón de gente poderosa que sin embargo no entendió qué necesita o quiere el ciudadano estadounidense, que vive con intensidad los días de despedida de uno y con ansiedad la cuenta regresiva del otro.

La realidad indica que son antagónicos, por su formación, su estilo, su personalidad y también por sus políticas económicas, en el caso de Obama progresista y en el caso de Obama nacionalista y proteccionista. También en lo social no se parecen porque, aunque Obama haya dado la orden de deportación de seis millones de personas en sus ocho años de mandato, Estados Unidos nunca fue mejor lugar para vivir siendo latino, musulmán o de otra etnia. “El país de la diversidad”, como el mismo lo repitió durante la campaña y en su último discurso en McCormick Place y una bandera de Hillary que no prosperó. Esa diversidad se ve más amenazada que nunca por Trump, que apeló al interior blanco y al cinturón blanco para ganar votos que en 2008 y en 2012 habían sido de Obama, un voto castigo a un escenario que aunque la mejoró, terminó estancando la economía. Para graficarlo, el recuento popular le dio a Clinton más de tres millones de votos a favor, pero en cantidad de electores, Trump cosechó 327 frente a 213 de Clinton (eran necesarios 270 para ser presidente). De no haber sido por Wisconsin, Michigan y Pensilvania, hoy el panorama sería otro.

El equipo de Trump, que asumirá con él el 20 de enero, tampoco da indicios de un mensaje superador para los estadounidenses y, ergo, para el mundo. Conformado por una mayoría de empresarios y multimillonarios, sobresalen peligrosas características en común, como la que une a Steve Bannon (consejero presidencial) y Jeff Sessions (fiscal general), ambos con prontuarios de acusaciones racistas, Bannon al frente de un influyente sitio web de los republicanos y Sessions cuando trabajaba como fiscal en Alabama. Se le suma el polémico nombramiento de Tillerson, un ex CEO sin experiencia política, al frente de un lugar clave, donde los intereses podrían ser otros.

Además, eligió al general retirado James Mattis al frente de la Secretaría de Defensa, a John Kelly en Seguridad Nacional, DeVos en educación (controvertida en sus métodos y dueña de una fortuna), Ben Carson, ex rival en las primarias, al frente de Vivienda, el defensor del espionaje Dan Coats en Inteligencia, Rence Priebus como Jefe de Gabinete y Kellyane Conway, la última super manager de campaña que mejoró la imagen de Trump, será la Consejera del Presidente, además de manejar de forma tácita la comunicación de la Casa Blanca junto a Jason Miller y Dan Scavino. Ellos son algunos de los principales al frente de la adminsitración Trump, un gabinete que despertó las críticas de la prensa opositora y que fue acusado enteramente de homofóbico.

Pero el futuro equipo no es ajeno a la ola racista más viva que nunca incluso antes de Trump, con los refugiados en Europa. El extremismo nacionalista, protagonista no por secundario menos importante en la campaña de Trump, también se ramifica por el globo, con por ejemplo la posible presidencia de Marina LePenn en Francia. Trump se despegó de esos movimientos que en Estados Unidos aparecieron en forma de KKK y otras asociaciones fascistas. Él le atribuyo ese enojo a los votantes y dijo que de ninguna manera se sentía representado.

Párrafo aparte para la familia Trump, que permaneció hasta la primera conferencia del presidente electo, en una especie de reality show. Los conflictos éticos no le escapan y a su vez generan en Trump un acalorado doble discurso, sobre si mantener o no sus negocios al tiempo que se sienta en el despacho oval. Finalmente, hizo lo segundo, entregarle el dominio de los negocios Trump a sus hijos Eric y Donald Jr., que se deshacen en elogios para con su padre. El caso de Ivanka es distinto, ya que hasta último momento Trump coqueteó con la idea de darle espacio y hasta la sentó con un premier. Ella dijo que finalmente no aceptaría cargo alguno, en especial porque es la esposa del determinante Jared Kushner, “la voz al oído” de Donald Trump. Kushner, frente a las acusaciones de nepotismo impuestas en Estados Unidos después del clan Kennedy, terminó ganando la pulseada y será, casi con seguridad, confirmado por el Congreso en su nueva tarea, ser el asesor estrella del Presidente 45.

De Kushner, que acaba de cumplir 36 años y es dueño de una fortuna proveniente también del real estate, no solo dependen el mensaje y la comunicación, sino también, algunas de las relaciones bilaterales más importantes de la próxima agenda, como las recientes con México e Israel. Al final, Ivanka declaró que deja en manos de su socia la marca de moda y también se abstrae de los negocios de su padre, para cuidar a sus hijos en mientras su marido trabaja en Washington. Se cree que de todas maneras será una de las personas más influyentes en la presidencia de su padre. Toda una radiografía de la política que se viene, más personalista y vertical, menos orgánica de la Administración Trump.

El mundo no depende directamente de Estados Unidos, aunque sí los indicadores económicos, la estabilidad financiera y crediticia, las acciones de bolsa y podemos dar rienda suelta a los etcéteras. También de las relaciones que este pueda tejer con los actores arriba mencionados y, claro, de algún guiño entre presidentes amigos. Por eso el 20 de enero, nos guste o no, se inaugurará una nueva era de la que podemos ser o no ser parte, pero que seguramente trascenderá en el lugar donde habitamos.

George Blanco

Pura pasión y puro ingenio. Creativo, pacífico y amante de la vida. Escribe por naturaleza. Atleta, fondista. Rocker fascinado y fascinante. Además de socio fundador, George Blanco es la impronta de N&W hecha persona. Lecturas épicas.