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Gay Talese, el dandy invisible

Por Jose Heinz

I

Tom Wolfe hizo su ingreso oficial al periodismo en el año 1962. Estuvo lejos de ser la entrada triunfal que había imaginado, más bien se trató de un arranque tibio como redactor en el Herald Tribune de Nueva York. Allí adentro, en una redacción viciada por el humo del cigarrillo y la luz titilante de los tubos fluorescentes, Wolfe se estrelló frente a un ambiente gris, lleno de periodistas adictos a la grasa cuya única preocupación era apretar a tiempo el punto final de sus máquinas de escribir.

La máxima aspiración de Wolfe era convertirse en escritor. Planeaba publicar una novela ambiciosa, y para ese propósito el periodismo debía funcionar como envión, como plataforma de inicio, pero el clima estático de su trabajo complicaba un poco las cosas.

Algunos meses más tarde –aún seguimos en el ‘62–, nuestro aspirante a escritor tuvo una epifanía mientras sostenía entre sus manos un ejemplar de la revista Esquire. Sucedió después de haber leído el comienzo de un perfil sobre el boxeador Joe Louis, titulado “El rey en su madurez”. Era un extenso artículo periodístico, sí, pero estaba escrito a la manera de un relato de ficción, con sus mismas técnicas narrativas, con diálogos vívidos, suspenso, escenas muy bien descriptas. Lo que  sorprendió a Wolfe no sólo fue el estilo, sino la misteriosa y endemoniada forma en que el periodista había conseguido tanta y tan buena información.

Aquel texto había sido escrito por uno de los periodistas del New York Times, Gay Talese, y más tarde se habría de convertir en una de las primeras manifestaciones de que lo que Wolfe bautizaría como el Nuevo Periodismo, un género con porciones equivalentes de periodismo y literatura.

II

Talese nació en 1932 en la isla de Ocean City, Nueva Jersey, luego de que sus padres (ambos italianos) emigraran hacia los Estados Unidos para instalar una sastrería, local que sería fundamental en el futuro cronista. Allí, el joven Talese no sólo aprendió el arte del buen vestir, sino que pasó horas y horas oyendo las conversaciones que su madre entablaba con sus clientes, lo que le brindaría, tiempo después y según cuenta él mismo, el don de escuchar con atención y hacer las preguntas indicadas.

 

Ya adolescente, Talese redactó algunos artículos para periódicos estudiantiles, en su mayoría sobre deportes, y comenzó a percibir muy tempranamente que la escritura le proveía mayor satisfacción que la confección de trajes. No le llevó mucho tiempo notar que hasta la historia más pequeña guardaba su fascinante cuota épica o paradójica. Lo sospechaba desde su infancia en Ocean City, una remota localidad conservadora donde reinaba la ley seca y las iglesias eran lo más cercano a una reunión social. “En mi juventud –escribe Talese–, una joven voluptuosa que se paseara por la playa en un bikini delgado podía producir miradas de moderada reprobación por parte de las dignas señoras del lugar, aunque no de los hombres maduros que ocultaban su interés detrás de unas gafas de sol.”

Su juventud fue intensa: estudió en la Universidad de Alabama, escribió historias para algunos diarios locales y hasta prestó servicio para el ejército en Kentucky durante algunos meses. Una vez que le llegó la baja, su nombre ya resonaba en algunas redacciones a raíz de la calidad de sus trabajos. Ingresó en el New York Times, donde en los años siguientes redactaría algunas de las crónicas definitivas del periodismo norteamericano del siglo XX.

III

Por esas felices maniobras que a veces realiza el mercado editorial, Alfaguara publicó en Argentina Retratos y encuentros, antología de los artículos más emblemáticos de Gay Talese, lo que convierte al libro en una excelente puerta de ingreso para su obra. Incluye sus textos más célebres: el perfil de un Frank Sinatra resfriado y de mal humor; el del boxeador Floyd Patterson haciendo un intento desesperado por volver a engendrar miedo en sus oponentes (tanto dentro como fuera del ring); el del beisbolista Joe DiMaggio, que aún no puede olvidarse de su amada Marylin Monroe; y también aquel de Joe Louis que tanto impactó a Wolfe.

 

La maestría de Talese pasa por llevar al límite la experiencia periodística: no se conforma con una entrevista, sino que persigue al protagonista durante meses, alerta como un león hambriento pero invisible como un fantasma, siempre al acecho de una imagen reveladora que funcione como motor narrativo: lo que Talese busca decir, la idea entre líneas, esa alegoría perfecta que vuelve literatura a la realidad y viceversa, lo dice a través de una escena, como si sus dedos, antes que presionar teclas, sostuvieran una cámara melancólica que registra todo lo que pudiera resultar significativo para la historia.

Su obra no se reduce a realizar perfiles de celebridades, ni siquiera en Retratos y encuentros. De hecho, que se trate de famosos es apenas una circunstancia en la vida de gente que Talese encontró interesante. Puede ser una estrella de cine o un veterano de guerra, su vecino o un vendedor callejero. O una ciudad, como es el caso de Nueva York, a la que le dedica el texto que abre el libro. Una ciudad que continúa respirando aun cuando la mayoría duerme, sin percibir esos latidos nocturnos y anónimos que también hacen único a un lugar.

 

Señoras y señores. Con ustedes, Gay Talese: “Nueva York es una ciudad de cosas inadvertidas. Es una ciudad de gatos que dormitan debajo de los coches aparcados, de dos armadillos de piedra que trepan la catedral de San Patricio y de millares de hormigas que reptan por la azotea del Empire State. Las hormigas probablemente fueron llevadas hasta allí por el viento o las aves, pero nadie está seguro; nadie en Nueva York sabe más sobre esas hormigas que sobre el mendigo que toma taxis para ir hasta el barrio del Bowery, o el atildado caballero que hurga en los cubos de la basura de la Sexta Avenida.”

Jose Heinz

Música y arte con tanta simpleza como sabiduría. Todos pensábamos que su user de Twitter era por su fanatismo por Radiohead, pero no. Periodista en La Voz.