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GlobeTrotters: la globalización pre-globalización

Por GaboRosen

Por @GaboRosen

“Hablan mucho de la belleza de la certidumbre como si ignorasen la belleza sutil de la duda. Creer es muy monótono; la duda es apasionante”. Oscar Wilde

Desde que dije me invitaron y dije que sí, que iba a escribir esta nota sobre los Globetrotters, no paro de preguntarme cosas. ¿Cómo es que el equipo de básquet más famoso del mundo, que pasará por el Orfeo el 12 de julio, no juega estrictamente al básquet, sino que hace una versión mucho más circense que deportiva? ¿Y qué hacés si te cuento que el mismo día se presenta en Xiangtan, China, la provincia en la que nació Mao Tse-Tung?.

Sean los originales o el lado oscuro de la luna del equipo de básquet más famoso del planeta, ¿por qué, a la hora de dimensionar al Barcelona, acaso el mejor equipo de todos los tiempos, hubo quienes plantearon que Messi & Cía eran “los GlobeTrotters del fútbol”, para decir, en otras palabras, los más grandes de la historia? ¿Qué tan icónico puede ser un equipo para que Matt Groenning, el creador de Los Simpson, lo imagine en Futurama con planeta propio en el siglo 31? ¿Cómo me explican que Bill Gates confesó que mira videos de los Trotters como una de sus dos opciones favoritas, junto con las conferencias de física, cada vez que entra a YouTube?

De todos modos, hay otras mamushkas, acaso más grandes. ¿Por qué ese equipo casi no compite ni gana títulos (ni los necesita)? ¿Por qué, si uno googlea no encuentra ni un mísero comentario de sus partidos y sólo aparecen refritos de gacetillas, frases hechas, alusiones a la “mezcla perfecta de show y entretenimiento” en el reino del copy+paste? ¿Cómo es que se convirtieron en mito sin grietas, que se repite a sí mismo hasta el infinito? ¿Quién me explica que los famosísimos Harlem Globetrotters no hayan nacido en Harlem, un barrio negro de Nueva York al que llegaron por primera vez 41 años después de su creación, y que no hayan jugado ahí, en esa zona de Manhattan, más que un puñado de veces?

Tantas preguntas y, lo admito, encuentro una sola respuesta: los Globetrotters fueron la globalización pre-globalización.

La respuesta –tentativa, aunque desprovista de ingenuidad– se desdobla en un ramillete de afirmaciones. Comprobaciones históricas. Porque los Globetrotters son el mito blindado, “desideologizado”, fácil de digerir (y de generar simpatía) que penetró inclusive en Moscú, corazón soviético, y saltó la Cortina de Hierro aun en plena Guerra Fría. La NBA llevada al mundo antes de que la misma NBA descubriera el truco de hacerse global. La primera exportación del deporte negro estadounidense (y, quizás, la única opción cuando no había otro remedio si uno era negro, habilidoso y encima se quería ganar la vida jugando al básquet).

Los GlobeTrotters, creación de Abe Saperstein (inglés, emigrado a Estados Unidos a los 6 años, empresario rapidísimo y marketinero antes del marketing), fueron producto de una época. De un momento histórico sin medios globales, sin Internet, sin YouTube. Sin tantas cosas –entre ellas, sin igualdad para los negros–. Producto de una sociedad que los llevó a convertirse en lo que son. O en lo que fueron (porque parecen ser una caricatura ilimitada, autocomplaciente). Un equipo de básquet que, por ser exageradamente bueno, terminó descubriendo que la fórmula del éxito era lo que seguía a la esencia deportiva: las acrobacias y payasadas inevitables.

Cuando Saperstein tomó las riendas, en 1926, se llamaban Savoy Big Five y jugaban sus partidos en el Savoy Ballroom de Chicago: eran el aperitivo (¿los teloneros?) de una velada musical. Otra época. Los contrataron por primera vez fuera de la ciudad en enero de 1927, en Hinckley, Illinois. La leyenda dice que hubo 300 espectadores y que regresaron con 75 dólares como pago global por ese partido fundacional (poco más que el sándwich y la Coca). Sagaz, Saperstein les cambió el nombre por el de Harlem GlobeTrotters, aunque fuesen de Chicago: lo simbólico valía más, era más significativo, y Harlem remitía al barrio negro, a la cultura negra. Y todos sus jugadores eran negros (que muchas veces ridiculizaban a los blancos).

En sus primeros tres años de básquet “serio”, los GlobeTrotters no encontraban rivales: 101 victorias y seis derrotas en 1927, balance de 145-13 en 1928 y de 151-13 en 1929. Saperstein ya veía por dónde venían las balas (y los negocios): la parte circense. Fueron años de mixtura y transformación: aderezos de show, pero platos centrales competitivos. En 1948 y 1949, cuando los negros aún tenían vedado su ingreso a la NBA, los Trotters se dieron el gusto y vencieron dos veces a Minneápolis Lakers en el Chicago Stadium: 61-59, en febrero del ’48, y 49-45 en febrero del ’49, poco antes de la consagración de los Lakers en la NBA.

Cuando en 1950 la NBA rompió con el racismo y contrató negros por primera vez,  comenzó a llevarse los mejores talentos de los Trotters, traccionados por cheques con muchos ceros y una vida menos agitada que las de aquel carromato de circo mundial. Además de abonarle la rescisión del contrato a Saperstein, New York Knicks le pagó 25 mil dólares anuales a Nathaniel “Sweetwater” Clifton, quien durante tres años con los Trotamundos se había llevado 10 mil verdes por temporada (el sueldo más alto que un basquetbolista negro podía cobrar por dedicarse a esto). Comparaciones.

De 1959 quedaron dos mitos sagrados. Uno, para los cordobeses: porque el 4 de enero, en cancha de Instituto, los Globetrotters aterrizaron por primera vez en la Docta. Otro, para el mundo: porque Wilt Chamberlain, uno de los mejores basquetbolistas de todos los tiempos, se sumó a los Trotamundos, que lo tentaron con un salario anual de 65 mil dólares (mucho más que los 10 mil al año que cobraba en promedio un jugador profesional). La NBA, que caería rendida a sus pies (Chamberlain convirtió 100 puntos en un partido en 1962, un récord imposible de superar), le había dado la espalda y lo había forzado a sumarse a la comparsa, que, en una circunstancia histórica, lo llevó a jugar en el Estadio Central de Moscú en ese mismo ’59 en que la troupe arrancó su voltereta mundial en el caluroso enero cordobés.

En 1961, Saperstein intentó transformar a los GlobeTrotters en una franquicia de la NBA. Se lo negaron. Como respuesta, creó la ABL (American Basketball League), una Liga que duró apenas un año y medio y dejó como legado la línea de triples, adoptada en 1967 en la ABA (Asociación que competía con la NBA) y luego en todas las competencias mundiales.

Aún cuando seguían cautivando espectadores, como lo hicieron en 1970, cuando volvieron a Córdoba para jugar en cancha de Atenas, desde hacía tiempo que eran, en serio, unos Trotamundos: una comparsa divertida, que saltaba de país en país, actuando/jugando en estadios y clubes, pero también en terrazas, portaaviones, playas, canchas de tenis o donde fuere. Y como toda caricatura, comenzaban las exageraciones: con rivales hechos a medida, expertos en la autohumillación. (Pago por encontrar una nota con la vida de esos entrenadores que prepararon a sus equipos para perder sin parar durante años y años: cuya misión era prepararse para no ganar)

Eso sí, sus rivales, fuesen los Washington Generals, los New York Generals o cualquier otro partenaire de los que se sucedieron en el tiempo, tenían algo de orgullo. Y no iban a permitir que los derrotaran 8.850 veces seguidas. Dignos, pararon la cuenta en 8.849: los New Jersey Reds ganaron 100-99 el 13 de septiembre de 1995, en una gira europea en la que los rivales incluyeron a leyendas como Kareem Abdul-Jabbar, y se acabó un invicto de 24 años de los Trotters, que no perdían un partido (si es que llegamos a una “convención” de que son partidos) desde el 15 de enero de 1970.

Después, a decir verdad, hay poco por contar. El mito estaba creado. Y rodaba solito, sin esfuerzo. La historia oficial dice que en 1995, Mannie Jackson, un antiguo directivo de una empresa energética, invirtió 5 millones de dólares en comprar el equipo y modernizar el negocio. Bajo el lema “somos un equipo de básquet; quien quiera payasos que vaya al circo”, reorientó la estrategia marketinera, contrató buenos jugadores, y le dio un viraje al show. Según cuentan, en tres años triplicó los ingresos.

Igual, la desconfianza me gana por robo. ¿Cómo hacer para conmoverse con una volcada acrobática en el Orfeo (sin saber, encima, si estamos viendo a los Globetrotters “auténticos” o la versión “B”) cuando en el último Juego de las Estrellas de la NBA la bestia de Blake Griffin fue capaz de saltar un auto antes de enterrarla? ¿Cómo hacer para creerse los trucos cuando la realidad superó a la ficción, y hoy tenemos argentinos que tienen anillos de NBA, además del oro y el bronce olímpico, y encima pueden hacer cosas como las que los Trotters hacían cuando asombraban a mi viejo? ¿Cómo creerse el circo, la coreografía estudiada, si en el Juego de las Estrellas argentino, en el mismo Orfeo, el flaco DeCorey Young, estadounidense de Instituto, la volcó con la “10” de Messi, después de hacer una bicicleta futbolera de antología, para tomar la anaranjada en el aire antes de enterrarla? ¿Y si le agrego que uno de los pibes del Power Team, locos lindos y más argentinos que el dulce de leche, la volcó haciendo un mortal en el aire, después de haber saltado desde el filo del tablero?

Por más que el año pasado los Globetrotters hayan inventado el tiro de cuatro puntos y parezca insensato querer cambiar un negocio que funciona como una maquinita, iré al Orfeo desconfiado, escéptico. Aunque no será de puro porfiado: más bien por haberme metido en la historia de estos chicos simpáticos y habilidosos. Tan exportables, tan perfectos. Tan míticos como para estar en Córdoba y en Xiangtan al mismo tiempo.

Ojalá me tapen la boca.

GaboRosen

Del mundo deportivo y bajo el sudor del basquet como especialidad. Mirada particular y perfeccionista la de Rosenbaun. Notas completas y sin marketing. El protagonismo y la humildad de los grandes.