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Moda

John Galliano, de la gloria al ostracismo

Por Eva Luna

En febrero de 2011, John Galliano, en una borrachera verborrágica y racista, pronunció en un bar de París las palabras que le costaron su carrera y su puesto en Dior: “Amo a Hitler. Las personas como ustedes deberían estar muertas. Sus padres, los que fueron antes de sus padres. Todos deberían ser gaseados. Y ustedes son feos».

Más de dos años después, en los cuales ha permanecido sobrio, en su primera aparición en televisión desde el nefasto incidente, el diseñador expuso sus culpas en el programa del periodista norteamericano Charlie Rose. Temblando y vestido de manera formal, se sometió a duras preguntas que lo obligaron a revolver los errores del pasado, a sacrificarse en público, pero sobre todo, a pedir perdón y redimirse. Lo mismo hizo para la edición de julio de Vanity Fair, entrevista que se realizó antes de ir al estudio televisivo.

Personalmente, su discurso de la noche en que lo perdió todo me provocó bastante rabia. Sus respuestas en esta oportunidad, mucha pena. ¿Cómo una de las mentes creativas más brillantes de la industria de la moda, con toda su extravagancia y aparente seguridad en sí mismo, se convirtió en este hombre vulnerable que necesita limpiar su imagen? Él mismo lo dice: “Mi vida se volvió inmanejable”.

Alcohol, drogas, pérdidas afectivas y una profunda tristeza, sumado a la gran exigencia que conlleva mantener el éxito, fueron el cóctel explosivo que en un proceso de autodestrucción de larga data lo llevaron a ese bar a expresar todo el odio que tenía dentro.

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En la entrevista, Rose le pregunta si la muerte de su mano derecha en 2007, Steven Robinson, fue el comienzo de la debacle. Galliano le responde que fue en parte, aunque en realidad en ese tiempo ya no estaba entendiendo sus emociones. “Además, con todos los éxitos venían más colecciones. Hasta ese momento producía 32 colecciones al año entre la firma John Galliano y la casa Dior. Y cada una implicaba alrededor de mil piezas”, explica el diseñador.

«En aquel entonces yo había desembocado en una situación que no podía afrontar. No entendía lo que me pasaba», dice Galliano. Sin embargo, hubo gente que se lo hizo saber, entre los que se encuentra Sidney Toledano, presidente y CEO de Christian Dior. «Me dijeron que debía hacer algo al respecto de lo que pasaba en mi vida. Había habido quejas sobre mi comportamiento, diciendo que no estaba bien. Entonces, alguien me llevó a casa. Y todo se fue poniendo peor y peor”, admite.

“Era un esclavo del alcohol. Tomaba valium para detener los temblores que provocaba, pastillas para poder dormir, viajaba mucho y tenía jet-lag. Mi vida se convirtió en algo que no podía manejar». Al parecer, estas son las razones por las cuales Galliano dice no recordar nada de sus declaraciones antisemitas.

“Estaba anulado por la bebida. Más tarde he sabido que cuando uno llega a ese punto con el alcohol, es como apretar un gatillo que dispara la paranoia y que actúa como catalizador de sentimientos que han estado profundamente reprimidos», se justifica. Pero el entrevistador le argumenta que no puede realizar excusas sobre lo sucedido, a lo que, con mirada vergonzosa, asiente.

Es increíble cómo opera la psiquis humana. Un niño que fue acosado por sus compañeros por ser homosexual e inmigrante (de su Gibraltar natal su familia se mudó al sur de Londres cuando tenía seis años), se convirtió en un hombre que alguna vez se creyó Dios, con un resentimiento escondido detrás de una imagen estrafalaria.

«Aunque no recuerdo insultos antisemitas, sí estuve rodeado constantemente de insultos racistas. Fui ‘entrenado’ en ese mundo», comenta sobre su infancia. Una persona que le hizo a otros eso que más le dolía que hicieran con él, un discriminado que se convirtió en discriminador. En el plano legal, fue encontrado culpable y condenado a una multa de seis mil euros y a rehabilitación.

Y así fue cómo su prestigiosa carrera se vino a pique y la mala reputación lo envolvió en la condena mediática y social de su comportamiento. Pasó de ser un talento indiscutible que provocaba ovaciones y condescendencia, a un malogrado modisto que cuando más necesitaba ayuda, no encontró las manos de todos aquellos que lo alababan e idolatraban.

Lo que hizo Galliano fue horrible, inexcusable. Pronunció frases fascistas que volverán por siempre para atormentarlo y recordarle que defraudó a mucha gente, la cual tal vez le costará perdonarlo. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que éste fue el precio que tuvo que pagar por los logros conseguidos, como si se tratase de una deuda para con quienes confiaron en él cuando lo escogieron para dirigir una emblemática casa de lujo.

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Me resulta imposible no relacionar este asunto, dejando de lado los problemas personales y temas no resueltos de cada uno, con las presiones que sufren algunos diseñadores para alcanzar su máximo potencial en la industria, lo que a veces puede llevar a niveles extremos. En el caso de Galliano, por ejemplo, quienes le advirtieron que se hiciera cargo de lo que le sucedía, paradójicamente, fueron los mismos que, según él, le pedían crear más y más producciones.

A principios de 2013, el diseñador demandó a Christian Dior por “despido improcedente”, una batalla legal que se juega una cifra importante de dinero en calidad de indemnización. El tribunal parisino falló a su favor en primera instancia, concluyendo en la legitimidad de sus reclamos.

Entonces, y esto es especulación pura, se puede inferir que Bernard Arnault, presidente del grupo LVMH (propietario de Dior) y Sidney Toledano, sabían de la enfermedad de Galliano mucho antes del episodio racista, pero intervinieron sólo cuando se percataron que la marca de lujo podía correr riesgos. Mientras tanto, lo dejaron beber cuanto quiso.

En la entrevista, Rose le pregunta cuál fue su reacción cuando se enteró del suicidio de Lee Alexander McQueen en febrero de 2010, y la respuesta es abrumadoramente triste: “Lo entendí. Conozco esa soledad, ese dolor…como adictos, buscamos la perfección, ponemos el listón demasiado alto, no entendemos por qué lo hacemos. La gente se pregunta cómo vamos a superarlo y nosotros decimos, ‘lo haremos, no se preocupen’. Eso es lo que nos hace levantarnos cada mañana”.

“La presión de la moda rápida en la era de Internet para crear novedades constantemente ha desgastado varios nombres famosos. Marc Jacobs, director creativo de Louis Vuitton, también terminó en rehabilitación. Calvin Klein admitió el abuso de sustancias. E Yves Saint Laurent pasó la vida luchando contra sus demonios”, escribió por aquel entonces Suzy Menkes, editora de moda del Herald Tribune, en relación a la muerte de McQueen.

Lee, como lo llamaban sus amigos, tenía 40 años y estaba en la cúspide de su carrera. Su nombre ya formaba parte de la historia de la moda y los más entendidos le auguraban un futuro prometedor. Pero su adicción y la depresión por la muerte de su madre, tan sólo 10 días antes de decidir quitarse la vida, fueron inaguantables. Tres años atrás, su mentora y mejor amiga, la estilista e ícono de estilo Isabella Blow, también se había suicidado.

Lamentablemente, uno de los antecedentes más recientes de las consecuencias de la exigencia en la moda es el fallecimiento de Manuel Mota, director creativo durante 23 años de la marca española Pronovias. Antes de quitarse la vida en enero de 2013, el diseñador dejó tres cartas, una de las cuales estaba dirigida a los Mossos d’Esquadra, la policía autónoma de Catalunya, en la que explicaba que padecía depresión debido, en parte, a problemas laborales.

La controversia se disparó cuando la hermana de Mota declaró en su cuenta de Facebook que el diseñador “tenía ansiedad producida por una persona, a la que se refería como un monstruo”. Claramente, las miradas apuntaron al dueño de la casa de trajes de novias, Alberto Palatchi, quien se ha defendido de las acusaciones calificándolas de «gravísimas calumnias y falsedades».

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Cabe aclarar que no sólo los grandes grupos económicos que manejan las casas de lujo solicitan más creatividad a sus diseñadores, sino también el propio sistema de la moda exige innovación constante, algo inherente a su condición efímera, especialmente marcada por una sociedad que es seducida por las novedades, como dice el sociólogo Gilles Lipovetsky.

Volviendo a Galliano, en la entrevista con Charlie Rose reconoce que, pese a haber vivido uno de los peores momentos de su vida, “solo puedo decir que estoy vivo y doy las gracias por ello. Si no hubiera pasado esto no habría sobrevivido mucho más tiempo”. Concluye que esta listo para crear de nuevo. De hecho, ya lo hizo, invitado por Oscar de la Renta e impulsado por Anna Wintour, para su colección otoño-invierno 2013. “Me gustaría tener una segunda oportunidad», finaliza con voz calma, temblorosa, pero con ojos que la piden a gritos.

Eva Luna

Editora de la sección Moda. Se mete de lleno en el universo de las marcas más prestigiosas del mundo y con estilo personal -único- viste de gala las páginas de N&W.