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Libros

La historia del amor por Nicole Krauss: usted la lee y después me cuenta

Por Aby Todd

Nunca supe explicar muy bien por qué me gusta lo que me gusta. Cuando algo llega a mí y me sorprende, me es virtualmente imposible encontrar las palabras para describirlo. A lo sumo, lo más que puedo son gestos de magnificencia (los brazos abiertos) y grandilocuentes onomatopeyas. La otra persona, que nada de culpa tiene, me escucha en silencio entendiéndome apenas y pensando que exagero.

Yo la veo alejarse, calle abajo, con la película o el libro o el disco en cuestión bajo el brazo. Calculo cuántos meses habrá de dormir en la repisa de un cuarto ajeno

y la culpa me persigue por saberme un incapaz. Siento impulsos de secuestrarla, encadenarla a una silla y obligarla contra su voluntad. Así de desgraciado me siento.

Hace un par de días con sus insomnios me persigue la trama de un libro. Me tomó por asalto: Cuando escriban mi necrológica. Mañana. O pasado. Pondrán: Leo Gursky ha muerto. Deja un apartamento lleno de mierda. Levanté los ojos y entendí que debería posponer irreductiblemente actividades serias e importantes porque una novela así no da tregua.

No quiero exagerar. Estoy lavando los platos, por ejemplo, y se enciende una escena: los pies de Alma cruzados en la cama mientras busca en los bordes de un libro señales que su papá hubiera dejado antes de morir. Pasa las páginas y cada vez es más inalcanzable el misterio que embauca su ausencia.

Termino los platos, cruzo la puerta de la cocina y veo, estirado boca abajo en el suelo del bosque, a Leo Gurzky. Todavía es un niño y ama a una muchacha. El ejército invasor entra en Polonia y las ciudades caen bajo el fuego enemigo. El niño ha jurado ser incapaz de amar a ninguna otra (Ni aun entonces) y descubre con estupor que las balas silban muy parecido a las abejas.

El asunto es serio. A veces me digo: es sólo un libro. Vuelvo entonces al living luego de una larga temporada en pausa. Estoy decidido que hoy va a ser un día productivo. Espero un rato hasta que cesan los efectos especiales, tomo impulso y prendo la computadora. Teclado en mano, tomó asiento. Windows demora en abrirse. Si de Alma dependiera no tendría demasiados escrúpulos.

– Eso no es una silla – escucho a Alma decirle a Bird.
Bird, llamado así desde que trató de volar saltando desde la ventana, señala una mesa:
– Eso no es una mesa.
– Eso no es una pared – dice Alma – Eso no es un techo – Etcétera – No está lloviendo.
– No tengo el zapato desatado – chilla Bird.
Alma se señala el codo.
– Esto no es un rasguño.
Bird levanta la rodilla.
– ¡Esto tampoco es un rasguño!
– ¡Esto no es una pava!
– ¡Esto no es una taza!
– ¡Esto no es una cuchara!
– ¡No son platos sucios!
Los niños niegan en un juego perverso habitaciones enteras, años, fenómenos atmosféricos. Bird aspira y chilla:
– ¡Yo! ¡No he sido! ¡Desgraciado! ¡Toda la vida!
– Si no tenés más que siete años – responde Alma.

Me gustaría decir: «La historia del amor» vale cada minuto invertido por tal o cual motivo; Nicole Krauss logra tal o cual cosa cuando describe tal o cual otra; la novela ofrece una arquitectura admirable, inalcanzable, insobornable. En el peor de los casos, me preguntan por qué y entonces, a falta de argumentos, cito un pasaje del libro de acuerdo a mi interpretación. Si la persona insiste, yo cito otro pasaje todavía más emotivo. Hay personas, las más temerarias, que piden aun así una respuesta científica y yo, con la espada en la garganta, ofrezco mi respuesta de manual: «Usted la lee y después me cuenta». Yo hubiera dicho: «La flor favorita de Litvinoff era la peoina».

Me cuesta precisar en qué punto empieza el nudo de la historia ni cuándo termina por desenredarse. Transcurre un poco en la Nueva York de la Guerra Fría, en la Slonim de Stalin, en el soleado Valparaíso y, fugazmente, en el Paraguay de Stroessner. En la Buenos Aires del primer Perón se alinean los planetas para que David Singer, todavía muchacho, llegue a una librería antigua y pague en efectivo.

Es la postal que me gustaría que provocar en la otra persona. Sería la forma de exorcizar mi mala racha. Lograr que una sola frase fuera suficiente para convencerla. Decirle: he leído un libro que me tuvo en paréntesis durante el fin de semana. La otra persona me miraría con desconfianza, mediría el peligro de hacerme caso y entraría a una librería. La señora librera buscaría la letra K en el catálogo y encontraría «Kraus”, Nicole – La historia del amor.

El visitante la pediría en edición de bolsillo para leer en el colectivo y la señora librera la dejaría caer al fondo de la bolsita. Él diría que la bolsita no hace falta porque la va a empezar camino a casa. No acostumbra a demorar las cosas serias e importantes.

Aby Todd

Joven cinéfila que vive en España. Nos habla de los mejores directores, actores y de todos aquellos films que solemos olvidar. Las películas de terror son su devoción.