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Lagos y otras formas de entender la poesía romántica inglesa

Por Jesús Díaz

¿Qué une a William Wordsworth y a Samuel Taylor Coleridge? Los dos, junto con otros destacados poetas, vivieron durante sus vidas rodeados de paisajes con lagos; allá donde ellos fueran había uno. Un insignificante espacio para el ojo humano, un mundo lleno de amor, oscuridad y vida para ellos.

Wordsworth y Coleridge no fueron los únicos que a principios del siglo XIX crearon una corriente literaria que perduraría por años. Estuvieron acompañados por grandes poetas como Byron, Shelley y Keats. Entre todos levantaron un imperio llamado poesía romántica inglesa, que destacaba por un lenguaje más cercano a la casta común, exenta por condiciones socioeconómicas del privilegio de leer poesía, una literatura que se apartaba, criticando, a la clase burguesa, que retrataba con pasiones paisajes exóticos. Una poesía que tenía como máxima la subjetividad, la fuerza del yo ante todo y la libertad del individuo.

Esta época que duraría el tiempo de vida de sus creadores (hasta 1850 con la muerte de un Wordsworth) subió al escena no solo a unos poetas enamorados por los lagos, de donde emana las fuerzas para su creación literaria, también subió al escenario las fuertes personalidades de sus artistas perseguidos por el drama social de la época.

En el caso de Wordsworth y Coleridge, que dentro del romanticismo inglés fueron categorizados como Lakistas (por su pasión por los lagos y la naturaleza, junto con Robert Southey), fueron de los artistas que más vivieron, en comparación con el resto.

Wordsworth empezó a escribir en la juventud tras su paso por Francia, donde vivió muy de cerca la Revolución Francesa con la que simpatizó, años después tendría que volver a Inglaterra. Conoció a su íntimo amigo Coleridge con el que escribió Baladas líricas (1798) un poemario que es considerado como un manifiesto del romanticismo inglés. Fiel revolucionario, su vida daría un giro con el paso de los años, se casaría con su amor de la niñez, a la que encontraría años después. Su poder poético iría perdiendo fuelle hasta que en los últimos años se centraría en el moralismo más que en la naturaleza. Y su carácter revolucionario sería sustituido por el conservadurismo. Una de sus grandes obras El Preludio no sería

publicada hasta su muerte en 1950.

El preludio

Hay en la suave brisa una ventura
O visita que roza mi mejilla
Y es casi sabedora de ese gozo
Que trae desde los campos y del cielo.
Sea cual sea su misión, a nadie
Hallará más agradecido, hastiado
De la urbe donde he sobrellevado
Perpetuo descontento y libre ahora
Cual ave que se posa donde quiera.
¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
Tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
Construiré mi morada? ¿Qué hondo río
Me dará la canción de su murmullo?
La tierra está ante mí. Con corazón
Alegre y sin temer la libertad,
Contemplo. Y aunque sea sólo alguna
Nubecilla quien guíe mi camino,
Extraviarme no puedo. ¡Al fin respiro!
Pensamientos e impulsos de la mente
Me asaltan, se desprende esa onerosa
Máscara que traiciona mi alma auténtica,
El peso de los días que me fueron
Ajenos, como hechos para otros.
Largos meses de paz (si acaso esta palabra
Concuerda con promesas de lo humano),
Largos meses de gozo sin molestia
Esperan ante mí. ¿Adónde iré,
Por los caminos o cruzando el campo,
Cuesta arriba o abajo? ¿O tal vez
Me guiará alguna rama por el río?

¡Amada libertad! ¿Y de qué sirve
Si no es don que consagra la alegría?
Pues mientras el dulce aliento del cielo
Soplaba en mi cuerpo, creí sentir
Otra brisa en respuesta que corría
Con suave rapidez, pero se ha vuelto
Tempestad, energía ya excesiva
Que su creación destruye. Gracias doy
A ambas y a sus fuerzas, que al unirse
Ponen fin a una pertinaz helada
Y traen tiernas promesas, la esperanza
De los días y horas de alegría,
¡Días de dulce ocio y pensamiento
Profundo, sí, con el divino oficio
De maitines y vísperas en verso!

Hasta ahora, mi amigo, no he solido
Escoger como asunto la alegría
Pero hoy quiero verter mi alma en versos
A salvo del olvido, que aquí quedan
Guardados. A los campos he lanzado
Mi profecía: sílabas llegaban
Espontáneas, vistiendo con sagrados
Hábitos al espíritu escogido
-Ésa era mi fe- para el sacramento.
Mi propia voz me henchía y en mi mente
Reverberaba ese imperfecto son.
A ambos yo escuchaba y obtenía
De ellos la confianza en el futuro (…)

Aún hoy, yo, apasionado de cualquier texto que se pueda leer, me pregunto como señores de la talla de Wordsworth o Coleridge pudieron centrar sus poemas en pequeñas extremidades de la naturaleza como los lagos para dar de si un mundo imaginario como el que ellos pintan en sus poemas. Quizás, la única forma de intentar conocer mejor a todos estos poetas, es leyendo sus textos. Porque en ellos se encuentran partes de su vida, en ellos están las dedicatorias al amor de la infancia, escondidas entre árboles, dedicatorias a sus padres, escondidas entre la maleza, dedicatorias a la vida, escondidas entre lagos.

Para aquellos que estén interesados en saber más de estos grandes autores le recomiendo la obra Poetas románticos ingleses de la editorial Planeta recientemente publicado. En ella podemos encontrar una breve antología de estos autores mencionados en el texto. Es una edición bilingüe que presenta los versos de los más laureados poetas del romanticismo inglés enfrentados a las traducciones de dos de los mejores poetas españoles, José María Valverde y Leopoldo Panero.

Jesús Díaz

Español, periodista y doctorando en Publicidad y RRPP. Defensor a ultranza de la cultura mainstream. Amante de las series, los libros y el cine. "Con un buen enfoque, de cualquier cosa se puede escribir".