Viajes

Un viaje al pasado. Laos, primera parte

Por M.Carla Oller

En Laos la gente pareciera que está cansada. Su andar es lento, su mirada, pausada y las esperas son eternas. Es lo primero que le advierten a uno cuando llega: armarse de paciencia. Y no es para menos: Los laosianos tienen una historia marcada por las guerras: la Colonia francesa, las revueltas revolucionarias y la Guerra de Vietnam, todavía se respiran hondo en uno de los países más humildes del globo. Quizás por eso andan cansados, de tanta lucha.

En Laos, un trayecto por tierra de 100 kilómetros puede llevarte todo el día y que la chica del mostrador te entienda que queres la clave del WI FI, quizás dos. Y es que su población está en otra frecuencia, con otras cosas en la cabeza.

Allá, los avatares de la civilización no han llegado. Ni grandes carreteras, ni grandes anuncios; ni autos, ni supermercados, ni moda, ni opulencia. Laos es sencillo, introspectivo y natural. Pero natural en serio. Laos es comunista pero budista, sonriente pero dolorida, un oxímoron en constante contradicción.

Su selva es maravillosa y su río también: el país, tiene atravesado en su geografía al Mekong, el quinto río más largo de Asia. En laosiano le dicen Ménom Khong y sobre él se apoya el país, literalmente. La economía de subsistencia de cientos de millones de asiáticos depende de este río y es uno de los principales medios de transporte de su gente.

Llegando desde el norte de Tailandia se puede dirigir uno a Luang Nam Tha, a escasos 50 km. de China, donde la influencia del gigante se ve bien marcada. Pagando unos 40 dólares de visado y por caminos rocosos y montañosos Laos te recibe con una sonrisa: el laosiano, no deja de sonreír nunca. El arroz, la constante de Asia, acá está más presente que nunca: los arrozales parecen inagotables. Alquilar una bici o una moto agiliza mucho su descubrimiento y tomando casi cualquier ruta se puede llegar hasta hermosas cascadas alejadas de los poblados para pasar la tarde. La naturaleza domina todo.

Mercaditos modestos con mucha variedad de frutas tropicales y verduras extrañas lo llevan a uno a zambullirse en sabores lejanos combinados con pescado frito, arroz y hasta murciélagos asados. Hay que estarse precavido de las longevas campesinas bajitas que muy sigilosamente -pero insistentemente- intentan verderle opio a los turistas.

En los caminos rurales del Laos profundo, los niños (y sus sonrisas) juegan y corren por las calles, saludando entusiastamente a todo aquel viajero que pase, corriendo detrás de sus bicicletas, como si fuera un ritual de bienvenida. En Laos, por más pobre que sea su gente, es innegable la felicidad de sus niños.

Un poco por tierra y otro poco por agua, se puede llegar a Muan Ngoi. El viaje por el río en las totoras (barcazas típicas) te lleva entre riscos, piedras y paisajes etéreos a un pequeño viaje de un pasado perdido, lejano, hasta casi incomprensible para nuestra cultura. Grandes paredones de piedras dan surco al río y piedras salidas desde el agua convierten este trayecto en un pasaje mágico.

Muan Ngoi no tiene electricidad. Solo un pequeño generador por las noches otorga algo de claridad al hotel. A las 7, ya todos están descansando, y es que el día comienza muy temprano en esta comarca. Saliendo del pueblo, sierra arriba, están las plantaciones de arroz, y entre ellas, las villages, villas de la población rural más humilde. Calles de tierra, casas de bambú, niños jugando junto a gallos, cerdos y perros, caminando libremente por este pasaje retórico de la humanidad. Es otra esencia, otra forma de estar en el mundo, otro paradigma.

Las mujeres, se bañan con grandes paños cubriendo sus partes íntimas, en la única fuente de agua del poblado y por el sendero acaso “principal”, ya al atardecer, comienzan a llegar los trabajadores y trabajadoras del arroz, con los costales sobre sus espaldas y sus pies descalzos. Sólo un dólar le cuesta al dueño del campo, su jornada de sol a sol. Sus ojos parecen de 50 pero tienen apenas 30 años de edad.

Alguno tuvo la idea, e instaló allí un pequeño restaurante, todo de maderas viejas, con dos mesas, un par de sillas y un pequeño techo para tapar el sol. El menú es arroz, con suerte con algunas verduras que han sobrado. La señora esposa del sonriente anfitrión sale corriendo a preparar el pedido cuyo costo es de un dólar. En Laos hay muchos tipos de arroz, y muchísimas más formas de prepararlo, pero el sticky rice, se ha convertido en nuestro favorito. Es más gomoso que el arroz normal, y con cierto gustito dulzón. Algunas viejitas te venden por escasos 1000 Kip (15 centavos de dólar), bolitas de sticky con azúcar y coco, fritadas al momento, en un fueguito improvisado. ¡Una delicia!

Al lugar se accede sólo caminando, y perderse entre sus senderos es más que probable. A la hora del retorno, con el atardecer pisando los talones, no se podrá evitar la nostalgia y la reflexión de semejante shock cultural. En las casas del poblado y como decoración de algunos restaurantes pueden verse grandes carcasas de misiles de la pasada Guerra de Vietnam, ya que por allí pasaba también el camino de Ho Chi Ming. Laos se vio muy afectado por la guerra, y su territorio fue bombardeado tanto como el del vecino Camboya. Y las marcas, están más que a flor de piel.

En las costas del Mekong, mientras las doñitas lavan sus ropas, decenas de niños juegan desnudos en la arena y en el agua. Lo que tiene de primitivo, lo tiene de inocente. Ríen a carcajada limpia, sin importarles nada de nada. Juegan a que son perros y terminamos jugando con ellos, comunicándonos con ruidos y risas y con una guitarra después; ambos, lenguajes universales.

Este artículo continuará…

M.Carla Oller

Periodista nómade con ganas de colaborar y contagiar su perspectiva turística y cultural. Viajó mucho y vive en Capital. Trata de estar activa y anda siempre buscando qué hacer.