Viajes

Mana Island, naufragio fijiano

Por Ayelen Barrale

El vuelo termina, se abren las compuertas y la humedad batalla contra nosotros. De un empujón nos exige aclimatarnos y sentir, después de un año viajando por puro invierno, el calor de la estación más linda: el verano.

Fiji es, pero no es, lo que esperábamos. Su precario aeropuerto nos descoloca, pero inmediatamente pasa a un segundo plano, al escuchar las primeras melodías fijianas al son del bula bula.

Los fijianos, macizos de tez oscura, nos reciben entre carcajadas y alegría. A ese punto, este viaje logra que desde el minuto uno, nos olvidemos de lo material y empecemos a disfrutar de lo más sencillo, la vida misma.

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En esta aventura, decidimos contratar todo por nuestra cuenta para abaratar costos y hacer de este viaje una intriga constante. Y la verdad es que lo logramos. Eran las 9 pm, la noche estaba más que instalada y nosotros nos “tiramos a la pileta” siguiendo a dos desconocidos.

En taxi, viajamos veinte minutos desde el aeropuerto hasta la costa de un lago privado de Nadi. Allí, en medio de la oscuridad (literal), una linterna alumbraba el camino hacia nuestro bote.

Avanzamos y sólo un manto de estrellas nos acompañaba. Era una especie de paz y soledad conjugadas. La lancha avanzaba ciegamente rompiendo las olas y por más de una hora no vimos tierra.

A lo lejos comenzó a divisarse la civilización (o un principio de ella). Nuestro capitán reduzco la velocidad y, linterna en mano, maniobró entre los grandes bloques de piedras y corales que rodeaban la isla de Mana.

El hostel que reservamos daba al mar, era una de las pocas estructuras en pie. Luego, la naturaleza.

Pasó la noche. Despertamos y desayunamos frente al mar. La sensación de plenitud es inevitable en estos paraísos.

El sol flechaba desde las primeras horas de la mañana y el agitado mar turquesa chocaba contra la arena fina. Caminamos toda la costa hasta encontrar el extremo sur de la isla. Entre sus bahías, dejamos que el sol nos dore y el mar, refresque.

Este destino definitivamente es para aquellos que quieren perderse en la naturaleza y sólo ser interrumpidos por el rugir de las olas. Después de vivir y viajar por grandes urbes, llegar a este paraíso naufragante, cambia tu ritmo, te choca, golpea y devuelve a la vida renovado.

Durante nuestra estadía tuvimos la oportunidad de involucrarnos un poco más con la cultura fijiana y sus integrantes. En una de nuestras mañanas visitamos la única escuela de la isla donde todos los niños del lugar acudían diariamente. El cariño fue inmediato, los chicos saltaban de alegría con nuestra presencia y peleaban entre ellos para ver quién era el dichoso que nos enseñaría su escuela.

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Una nena de 7 años aproximadamente se nos acerca y comienza a dar charla. Su inglés es complicado pero suficiente para entendernos. Nos enseña su salón, una estructura precaria de chapa y madera sin ventanas ni paredes. A su alrededor, dibujos, letras y mapas. Le enseño donde era mi hogar y no puede creer lo lejos que queda. La palabra Argentina era un universo nuevo que acababa de conocer.

Luego, nos invitan a jugar con ellos a una especie de “el quemado” pero con pelotas rudimentarias y pesadas. En poco tiempo, éramos unos más, nos habían integrado y nos lo hacían notar.

Llegó la hora de despedimos con un hasta pronto y, abrazos de por medio, seguimos nuestro camino.

Era el turno de conocer el corazón de Mana. En la recepción del hostel nos enseñan cómo atravesarla a través de un mapa hecho a mano y con indicaciones caseras que sólo los lugareños entienden.

Nos adentramos en el monte cuesta arriba. Rodeados de pastizales y árboles, casi perdemos el rumbo, pero logramos llegar al punto más alto de la isla y ver sus alrededores. Esas olas turquesas, que pierden tu claridad con el paso de la profundidad, nos rodean, nos tienen cercados en esta isla tan pequeña pero con tanta vida en su interior.

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Veinte minutos más tarde, llegamos al extremo oeste de Mana Island y una pequeña playa nos espera. Solitaria, silenciosa y toda nuestra. Por un instante, olvidás la vida del otro lado del monte y te sentís como una especie de náufrago.

Volvemos a nuestro hospedaje y nos alistamos para la cena. Es una noche especial. La comunidad fijiana nos regala un show de sus danzas típicas de guerra y nos incluye para su tradicional ceremonia del cava.

Estamos todos sentados en una mesa larga mirándonos unos a otros. En la punta un jarrón de madera con agua y una carcasa de coco partida a la mitad. De repente comienza el ritual. Unas raíces son embebidas dentro del recipiente y debemos beber el producto de esa conjunción. Tras tres aplausos, bebo la cava. Trago un líquido amargo, rústico y arenoso. Poco a poco, mi boca se adormece (efectos colaterales de esta bebida típica de los fijianos, utilizada principalmente para relajarse). Por suerte, la cosa no pasó a mayores, necesitas mucha cava para perder los sentidos.

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Es otro día, otro más cerca de nuestra partida. Decidimos aprovecharlo haciendo snorkel. En esta zona, los arrecifes y corales son muy comunes, y toda clase de peces se cruza en tu andar por estas aguas.

Filmamos y nadamos junto a los cardúmenes. El estar tan cerca de peces tan grandes comienza a no gustarme tanto y decido darme en retirada. Mi novio continúa explorando las aguas. De repente, vuelve a toda velocidad. Me balbucea algo pero no logro entenderlo. Me lo explica otra vez. Tres tiburones decidieron acompañarlo en su zambullida. No les explico cómo temblaba ese chico del susto.

Es así como Fiji nos regaló todo lo que tenía, un clima tropical, su gente, sus costumbre y toda su naturaleza. Podría decirles, que le sacamos jugo a esta hermosa isla que algún día volveré a visitar sin lugar a dudas.

Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.