Moda

Manto, un abrigo para el alma

Por Maria Florencia Ferrero

buy instagram followers cheap PH: María Florencia Ferrero

Mientras el sol se asoma en el pueblito de San Isidro -cerca de Iruya en Salta-, e ilumina los ranchos y rostros de sus 400 habitantes que viven entre los senderos de las montañas, otros rayos entran por la ventana de un loft en una antigua fábrica textil restaurada en Buenos Aires. El sol no es lo único que tienen en común. En la clenbuterol dosage calle Darwim al 1154, en el barrio de best creatine supplement Palermo, se encuentra el showroom de app store buy instagram followers Manto, un proyecto basado en el moobs respeto, el cuidado y la adoración por la naturaleza y sus enseñanzas. Con telas que provienen del trabajo manual de la buy instagram likes on a photo comunidad norteña, la marca liderada por Clara De La Torre y Diana Dai, crean abrigos, mantas y accesorios que se asimilan más a una obra de arte -por su historia, su mensaje y trabajo creativo- que a un producto fashion.

Desde el centro de la capital a la estación Aguirre, hay dos subtes en el medio. Gente con maletines, libros, auriculares, no se miran a la cara. Un niño pasa vendiendo caramelos y un chico le grita que no los quiere y que se los llevará de inmediato de su lado. Las personas a su alrededor lo miramos de reojo como sancionando su actitud. Saliendo de la estación hay negocios mayoristas y minoristas con ofertas que decoran las vidrieras junto a prendas que no dicen de donde provienen. Pasamos una avenida. Adentrarnos en la calle Darwin cambió la atmosfera urbana.

 

Al 1154, en la esquina con calle Loyola, se impone una construcción de estilo inglesa, ladrillo visto naranja y barrotes negros en las ventanas. Adentro hay pasillos al aire libre con plantas y puertas negras de acero, ascensores viejos en cada ala y un loft “A”, al cual nos dirigimos, en el primer piso del cuerpo D.

Lejos quedaron los aires urbanos cargados de stress, individualismo y (des) conectividad con aparatos con los que nos habíamos topado. Entrar al showroom de Manto fue como abrigarse con una manta después de haber pasado horas fuera de casa en pleno invierno. La luz abunda desde los ventanales que tienen vista a una arboleda y a las vías del tren. La música suena a un volumen justo con una voz femenina suave. Hay clientas que hablan francés. Se prueban, frente a un espejo, abrigos largos de color lima, otro celeste con detalles en colorado, y van intercalando con la prueba de vestuario, sorbos de té que ofrecen las dueñas, en una conversación –la cual no entiendo- pero por sus risas parece entretenida.

Con sus prendas en las manos, la clientela extranjera se despide de sus anfitrionas con un beso y un gesto de abrazo. Como no era de esperarse de otra manera, así es el clima de compra en Manto. El contacto humano, las relaciones personales cercanas, involucrarse en el proceso de cada paso de producción, una mixtura de diferentes ritmos de trabajos, una creatividad aliada con la atemporalidad y mensajes sociales, es lo que esconde cada producto de la marca que ya tiene 20 años. Aquí no hay temporadas impuestas, sino abrigos que perduran en el tiempo. No hay presiones de tiempo, de colecciones ni talleres masivos.

El showroom es también espacio creativo. Retazos de telas de colores, tijeras, papeles, botones artesanales, son algunos de los elementos que se pueden encontrar en el tablón del taller. Una biblioteca con libros de arte, fotografía, arquitectura y de museos vislumbran el espíritu inquieto de las creativas del lugar. No hay reglas para la creatividad. En un pizarrón que ocupa toda una pared del estudio se leen palabras al azar: Levedad, recorrido, Quechua, viaje, espacio y diferentes dibujos de rostros y caminos.

Como un guiño del destino, detrás del showroom palermitense, pasa el tren, mientras Clara De La Torre, creadora junto a Diana Dai del proyecto, dice “Soy más bien nómade, necesito moverme de vez en cuando.” Y riéndose agrega, “Por lo menos tengo el tren cerca, por si acaso”.

¿En qué te inspiras a la hora de crear?

En todo. Miro cine, arquitectura, arte, viajes. Ahora estoy haciendo como recorridos, mirando mapas. Estoy viendo las estrellas, el movimiento del bambú flexible que se mueve, un recorrido. Hace poco descubrí que quechua significa un recorrido por el valle. De esos conceptos voy conectando. Siempre están presentes el espacio y la luz.

¿Qué es la atemporalidad en Manto?

La cuestión de atemporalidad la aprendí con la meditación. Después de la naturaleza, no hay nada mejor que la meditación. Y tiene que ver con ESTAR. El tiempo es una idea mental, con una construcción cultural. Si vos salís de acá, tenes otro estado. En San Isidro, estoy más presente, sin tanta proyección de que voy a hacer en una hora o a los dos días. Y cuando estas en ese estado de atemporalidad, de estar ahí en el momento, vaciarse, es ahí cuando entra la creatividad.

Cuando estoy ahí, me conecto con todo, no solo con mi pequeño ego. En ese estado atemporal, siento que empiezan a entrar nuevos pensamientos.

¿Por eso sus colecciones no representan una temporada impuesta?

Sí. Es que concibo la elegancia como algo que cuando lo mires no te canses. Yo puedo convivir con las cosas que pueden perdurar en el tiempo. Algo muy de moda, me atrajo un minuto, después lo quiero sacar porque no lo quiero ver más (risas). Manto no es minimalista, tiene mucha información, pero es como un cuadro, es único. Vos sabes que te vas a poner esto y es algo único, es un sentir minimalista.

¿Cómo fue el viaje fundacional de Manto al norte? ¿Qué te movilizó a hacerlo?

Fue en el año 96, recién nacía mi segundo hijo. Yo venía de dejar un mundo muy formal, de trabajar en un banco muchos años y hubo un quiebre. Quería descubrir un mundo más artístico, a través de la pintura, la fotografía, de la investigación. A partir del embarazo, quería un cambio, quería relacionarme a ciclos más naturales, una cultura que siga conservando más aun una relación con la naturaleza. Pensaba en la India pero era complicado con un bebe, asi que seguí el consejo de un amigo de irme al norte.

Cuando llegué, sentí que era un extraterrestre, veía la tierra por primera vez. En el norte no hay nada y a la vez hay todo. Millones de colores, no hay agua pero salen plantitas de por ahí, hay una energía especial. Fue un momento muy fuerte espiritualmente. Ver esas personas perdidas en las montañas y tan presentes a la vez. Una de las cosas que más me sorprendió es que no tienen esa mirada tan para afuera como nosotros. Están metidos para adentros, con ellos mismos, con la naturaleza. Una diferencia cultural increíble.

¿Y por qué un proyecto textil?

Lo textil fue una excusa. Mi mayor interés era interiorizarme con esa cultura. Yo sabía que no iba a ser fácil que me dejaran entrar a sus ranchos. El pretexto era preguntarles por sus tejidos. Así empecé a ir a distintos pueblos buscando gente, con aciertos y desaciertos. Algunos te mandaban unos tejidos y después nunca más. Hasta que di con esta comunidad de San Isidro. Se incorporó y hacemos un primer viaje para vivir unos días con ellos.

¿Cómo fue esa convivencia? ¿Cómo viviste sus rituales y costumbres?

Se fue dando todo de manera natural. Sin embargo, entrar al pueblito, ya es todo un desafío. Hay que cruzar un rio, hacer partes caminando, caballo o 4×4. Después el rancho no tiene luz ni electricidad. Había que acostumbrarse a vivir a su tiempo, con su silencio y a sus ritmos. Me fui haciendo amiga de sus costumbres y maneras, escuchándolos y observando sin interferir.  Adaptándome a su ritmo, no imponiendo el mío. Viendo en que podíamos colaborar, que les convenía a ellos con lo que nosotras queríamos hacer.

 

¿Y cómo determinaron el proyecto en conjunto?

Principalmente escuchándolos y ver que querían hacer. Si tenían ganas de tejer, tener una continuidad. Ellos hacían ponchos, pero el problema era que podían pasar años hasta que alguien venga y lo comprará. –Hace 20 años atrás no existía el furor por los ponchos-. Entonces les propuse hacer con esa misma tela de los ponchos, abrigos que en la ciudad los miraran y quisieran comprarlos. También los ayudamos a que salgan un poco del pueblo y se conecten con otras comunidades.

Los incentivábamos a que vayan a ferias de productores para que vean que precios había y fueran construyendo una idea de cuánto valía su mano de obra. El pueblo de San Isidro es básicamente agricultor. Tienen sustentabilidad porque cosechan sus alimentos. El tejido es un anexo, y siempre lo hicieron como protección propia, o como forma de canje. Ahora están haciendo que sea un plus económico, para mejorar la educación de sus hijos y sus viviendas. Ahí tienen solamente primaria, cuando los chicos terminan tiene que irse a vivir a Salta o más cerca de Iruya.

¿Y cómo es el contacto entre ustedes y ellos?

Son casi 20 años, es inevitable que se forme una relación personal. Hay ya una cosa más familiar, que trasciende el trabajo. Hace 20 años nos mandábamos cartitas. Hace 4 años recién que tienen luz y menos tiempo que tiene señal en algunos sectores. Antes tenía que mandar una carta, cortar papelitos de colores para diseñar la tela que querían que tejieran. Y cuando llegaban los pedidos con las telas, recién ahí veías si le habían pegado o no a los colores. Teníamos un coordinador, Herminio, quien decidió ocupar ese puesto para tener una mejor organización.

No queríamos alterar su ritmo de vida, entonces el recibía nuestras cartas, veían que tenían que hacer y cada familia elegía que quería hacer y se lo llevaban. Hoy cada uno hace lo que puede y quiere (risas). Nos arreglamos con lo que hay, con lo que pueden, y a partir de ahí sacas creatividad, originalidad.

En un ambiente vertiginoso como la moda, en donde los tiempos corren sin parar, ¿Cómo manejan la producción en Manto, con su concepto que nada tiene que ver a la presión del tiempo?

Tenemos claro que no queremos ese vértigo de producción que se vive hoy por hoy en la moda. Es difícil a veces no marearse, evitar pensar que te vas a quedar afuera porque no seguís un patrón externo. Pero seguir eso no nos haría feliz. Tenemos un proyecto claro que pretende seguir como las olas: a veces arriba, a veces abajo. Nos gusta seguir jugando, creando. Lo que más sostiene Manto son las buenas relaciones. Va más allá del textil. Dimos con una cultura que tiene respeto, sencillez, conectividad, que es tan necesaria para trabajar y para la vida. Y con las personas que trabajamos acá en Buenos Aires tenemos el mismo tipo de relación. Nuestro sastre es el mismo hace 16 años. Se llama Demetrio y él disfruta lo que hace. Obviamente que le cuesta más porque por ahí es complicado hacer una sola pieza única en vez de 500 sacos iguales. Sin embargo, tiene un amor especial por lo que hacemos. Cobran más porque son piezas únicas, pero el valor es su mano de obra, su tiempo y hay que respetar cada trabajo.

¿Por qué Manto?

Cuando hay una vulnerabilidad, cuando alguien está sufriendo yo siento la sensación que hace frío. Y es un rasgo humano poder conectarnos, darnos calor, tener empatía con el otro, poder abrigarnos, abrazarnos. Yo siento que Manto era la mejor referencia a todas las connotaciones, desde el catolicismo con el manto sagrado hasta en la vida: cuando naces necesitas ser protegido por una manta que te abrace. Refleja ese cuidado, la protección y el abrigo al alma que todos necesitamos para estar bien. Para mí la vida tiene que ver con la idea de pasión, de calor, de esos fueguitos. Todo eso refleja Manto. Y a nivel cultural, yo sentía que había que abrazar un poco esa cultura y protegerla, porque había cosas que se estaban perdiendo. Yo entiendo que en esta carrera de seguir para adelante, está buenísimo no olvidarnos del origen. Hay que hacer un cruce creativo y tomar esas cosas que son parte de nuestra naturaleza, de nuestro saber, de nuestra historia. Es bueno saber tejer, o hacer las cosas con las manos. Analizando la palabra “ARTESANO” la empecé a dividir, y pensaba ARTE SANO, sanidad. El hacer te pone en equilibrio con la mente y el cuerpo se trata de estar más integrados.

Maria Florencia Ferrero

Periodista en proceso. Curiosa de nacimiento. Fiel admiradora del equilibrio de los colores en el arte y la moda. Sueña con recorrer el mundo y conocer cada expresión artística de él.