Viajes

Mi tránsito por el desorden: Nápoles

Por Mauri Llaver

Situación I:

El tren llega a Napoli Centrale y la lluvia es torrencial. Con mi familia agarramos como podemos un taxi y emprendemos el camino hacia nuestro departamento. El taxista nos pregunta de dónde somos y la respuesta dispara una explosión de alegría de la cual distingo dos palabras repetidas varias veces: “Diego” y “dios”. Me animo a acotar que Higuaín en ese momento está de parabienes en el Napoli, obtengo como respuesta un “pfff, no sirve para nada”. Pero como no me conformo, juego el as de espadas, el que nunca falla: Messi. “Es una señorita que no quiere ensuciarse la ropa. Diego Dios”. Cambio de tema al tiempo; por suerte al otro día va a estar soleado.


Si hubiese que describir a Nápoles en una sola palabra, la elección es fácil: CAOS. ¿Caos bueno? ¿Caos malo?, eso queda a gusto del consumidor. Lo seguro es que la ciudad es sin duda un caso de extremos: amor u odio. Nápoles es la capital de la región de Campania y la ciudad más poblada del sur de Italia. Ubicada a 2 horas en tren de Roma, es uno de los destinos turísticos más atractivos por su gran bagaje cultural e histórico.

El centro histórico –Patrimonio UNESCO de la Humanidad– es un perfecto resumen de lo que es la ciudad: ruidoso, popular y desorganizado. Pero en el medio de tal cantidad de entropía hay muchos lugares que vale la pena visitar. La Catedral de la Ciudad, por ejemplo, con su impactante arquitectura, aloja una de las reliquias más extrañas de la cristiandad: la supuesta sangre sólida de San Genaro que se licúa únicamente en fechas determinadas. Otra iglesia que llama profundamente la atención es la del Gesù Nuovo, con su bizarra fachada compuesta de cientos de pirámides de concreto, ubicada en la hermosa plaza del mismo nombre. La galería Umberto I deslumbra con sus techos vidriados y, a apenas una cuadra, la Piazza del Plebiscito flanqueada por el palacio real y la basílica de San Francisco de Paula constituye el centro neurálgico de la ciudad.

Spacca.

Una foto publicada por Mauri Llaver (@maurillaver) el 15 de Jul de 2016 a la(s) 8:26 PDT


Situación II:

Viernes, 7:30 pm. No se alcanza a ver la puerta de la pizzería de la cantidad de gente que hay afuera esperando para entrar o simplemente comprando una porción al paso. El respeto por la mínima división que existe entre la angostísima Via dei Tribunali y su correspondiente vereda es igual al silencio de la calle: nulo. Entre los estereotípicos decibeles de bullicio italiano se escucha a lo lejos una bocina aguda que no para de sonar. Me doy vuelta y veo que la bocina viene de una motoneta en bajada por la calle; sobre ella, dos pibes de no más de 12 años –sin casco, obviamente– van muertos de risa mientras esquivan a la multitud que ni los mira.


 

Tras no más de 5 minutos a pie desde el centro se llega a la costa. Siendo Nápoles un puerto comercial no hay playas en la zona céntrica, pero no por eso deja de valer la pena. Las opciones para degustar algún plato de mar abundan y las vistas de la península sorrentina y de la isla de Capri son espectaculares (en particular desde las terrazas del Castel dell’Ovo). Justamente Capri es muy fácilmente accesible desde el puerto, tras 45 minutos en ferry. La isla no es nada menos que paradisíaca; desde los paseos en lancha hacia las playas del lado opuesto al puerto o a la gruta azul, hasta el ascenso (vertiginosos, cerrar los ojos) hasta Anacapri y las espectaculares vistas de los famosos peñones desde la altura, la visita aunque sea por el día vale completamente la pena.

Natural.

Una foto publicada por Mauri Llaver (@maurillaver) el 16 de Jul de 2016 a la(s) 5:02 PDT

Y si de visitas por el día se trata, es una picardía no tomar el tren circunvesuviano e ir a conocer las ruinas de Pompeya. Sepultada en el 79 (79 literal, no 1979) por la erupción del Vesubio, el sitio arqueológico permite ver, sentir y estar en una ciudad que quedó congelada (valga la paradoja) en el tiempo. Desde tabernas hasta prostíbulos, pasando por carteles de “cuidado con el perro” y hasta un teatro completo, la cantidad de cosas que hay para ver, y el estado en el que se encuentran conservadas, es realmente de no creer.

De vuelta en la ciudad, otra gran idea es recorrer la Via Torino, con su mezcla de negocios típicos y modernos y, a partir de ella, visitar los callejoncitos del Barrio Español, con sus paredes decoradas y sus alegres pasacalles. La Spaccanapoli (“corta Napoli” sería la traducción) es otra de las calles típicas de la ciudad, atravesando de lleno el centro histórico como una cicatriz en el trazado de la ciudad; de ahí su nombre. En cualquier de las dos sobran las oportunidades para probar un babà (bizcochuelo típico MUY bañado en almíbar con licor) o una sfogliatella, una pizza barata pero gloriosa (dicen que la mayoría de los pizzeros de Italia son napolitanos), o cualquier comestible que se te ocurra frito, en una de las tantas friterías de la ciudad.

Ashes to ashes.

Una foto publicada por Mauri Llaver (@maurillaver) el 17 de Jul de 2016 a la(s) 2:07 PDT


Situación III:

Antes de subir al Circunvesuviano en dirección a Sorrento con destino Pompeya, veo los carteles en múltiples idiomas advirtiendo sobre carteristas. Sobrevivo la guerra para subir al tren y no hay chances de siquiera mirar un asiento, por lo que me quedo parado cerca de la puerta. Inmediatamente enfrente mío veo cómo un hombre mira sin ningún tipo de disimulo hacia la cadera de los pasajeros, me llevo la mano al bolsillo delantero donde está mi teléfono y agradezco que el trasero, que lleva la billetera, está cerrado con un botón. Llega la primera parada y veo como el hombre se baja del vagón para subirse al siguiente; en el camino, escupe de afuera hacia adentro por una ventanilla. Presiento que alguien no la pasó tan bien como yo.


 

Como argentino es imposible no darse cuenta que una parte de nuestra idiosincrasia y carácter surge de las callejuelas de Nápoles. Por momentos la ciudad parece ser un destilado de nuestro país, por lo que es difícil no sentirse parcialmente integrado al descontrol. Puede gustar o no, pero nunca está de más probarlo.

Mauri Llaver

Estudiante de Doctorado en Química pero amante de la escritura. Lleva el periodismo en la sangre y los pelos al ritmo de su playlist rockero.