Música

Lollapalooza Chile 2012: Felicidad compartida

Por Mily Yorke

En un momento de la noche del domingo 1º de abril en Santiago de Chile, bajo un cielo no del todo estrellado y luego de dos horas de intensidad, Dave Grohl volvió a dirigirse a la audiencia como lo venía haciendo, pero esta vez para hablar del significado de Lollapalooza como festival.

Solo le bastó decir “Recuerdo cuando con Kurt nos sentamos a disfrutar de la primera edición y pensamos que era lo mejor que podía estar sucediendo” para dejaros mudos. No solo por nombrar a Cobain sino porque hizo que todos los que estábamos allí, culminando esa enérgica jornada, esbozáramos la imagen de dos amigos disfrutando de la música. Tan simple (y abrumador) como eso. No sé si había mejor manera de que el festival concluyese que con el líder de Foo Fighters describiendo Lollapalooza desde esos dos ángulos: el poder escuchar y el poder escuchar compartiendo.

Como expresé una vez en este mismo espacio – por entonces aludiendo a Glastonbury -, lo mejor de los festivales (aquí, sin el plus de acampar) es la sensación de estar viviendo algo muy íntimo y algo muy general al mismo tiempo. La sensación de que todo lo que se escucha es de todos, de que en sí se trata de una experiencia incuestionablemente compartida, pero sentida por cada uno de un modo diferente.

La disposición de los escenarios, la revisión constante del line-up para configurar un cronograma, la elección de una banda por sobre otra, no hace más que reforzar esa idea de libertad del oyente. Por eso, si le preguntamos a cada uno de los que fueron a esta segunda edición – que tuvo un aumento notorio de asistentes en relación al año pasado -, las anécdotas van a ir variando.

Si me preguntan a mí, creo que lo mejor del festival no es solo la posibilidad de compartir sino también el escuchar lo que se va gestando a tu alrededor mientras vos vas caminando por el predio.

Así, la primera noche, luego de presenciar el descomunal set de Calvin Harris, me fui a bordear el escenario principal, mientras esa mujer islandesa inquieta e hipnótica llamada Björk casi susurraba las primeras palabras de “Unravel”: “When you are away my heart comes undone”. Se sabe que no hace falta estar en la valla para disfrutar de un recital, se sabe que se puede, a cierta distancia, escuchar esa voz y transportarte directamente a Homogenic, a fines de los 90, a tu adolescencia.

Luego te acordás de que esa misma tarde, a pocos metros, estaban los Gogol Bordello, desaforados, desbordantes, contagiosos, con ese violín que resistía los embates más violentos del arco, mientras Eugene Hütz tocaba la guitarra y se movía con ese andar arrebatado tan desconcertante como admirable. Después, también te acordás de que mientras caía la tarde Alex Turner – sí, ese músico que a los 24 escribió “Cornerstone”, lo que le faltaba para consagrarse como uno de los mejores compositores actuales -, peinado a lo James Dean, iba desde “Don’t Sit Down ‘Cause I Moved Your Chair” hasta “505” siempre seguro, escueto, dejando que sus letras hablen por él.

Pero el domingo fue distinto. La espera por el debut de Foo Fighters en Chile (espera que Grohl supo cómo recompensar) se sentía ya desde que Band of Horses concluyera su show con la hermosa “The Funeral” y desde que Joan Jett de algún modo anticipara lo rabioso que iba a ser el cierre del festival. La ansiedad fue calmada gracias a MGMT, quienes, dejando atrás la psicodelia al vestirse (recordar Glastonbury 2010), más sobrios que lo habitual, no podrían haber elegido mejor canción para arrancar que “Congratulations”, ejecutada con la voz de Andrew VanWyngarden entre tímida y seductora.

Porque aunque nos pidiesen que nos quedemos allí escuchándolos solo si nos gusta “esa rara música psicodélica”, estaba claro que el dúo sobrepasa el hype de ese debut con Oracular Spectacular, a pesar de que no hubo nadie que pudiera resistirse a “Electric Feel”, “Kids” y, claro, “Time to Pretend”.

No sé cuántos habrán escuchado el closer “Of Moons, Birds & Monsters” porque yo me fui. Un hombre que personifica una enorme parte de la historia de la música estaba por salir al escenario principal y ahí sí que Lollapalooza mutó de la tranquilidad de escuchar a TV on the Radio tirados en las hamacas del parque a pleno sol, todos dispersos, atomizados, a una concentración furiosa y expectante.

Y esa expectativa fue tomada por Grohl, fue tomada por Foo Fighters para devolverla con gestos de gratitud que se fueron sucediendo unos tras otros: la trifecta “The Pretender”-“My Hero”-“Learn to Fly”; la invitación a la catarsis con “Walk”; el cover de Pink FloydIn The Flesh?”; el acústico con “Wheels”; el dúo con Joan Jett para “Bad Reputation” y el cierre perfecto con “Everlong”.

Porque después de nombrar a Kurt y de revivir ese episodio semi- adolescente, Dave puso en palabras lo que muchos sentíamos: “Hello, I’ve waited here for you…everlong”. La espera, con el Parque O’Higgings repleto y extático, valió la pena. Tanto como vale la pena que alguien de vez en cuando nos recuerde que la música es sinónimo de felicidad y que, como escribió Christopher McCandless, la felicidad solo es real cuando es compartida.

Fotos Majo Ruiz y Lollapalooza oficial 

Mily Yorke

Escribe sobre Cine en La Nación pero su creatividad a la hora de volar no tiene limites. Por eso amamos tenerla en Negro&White. Diferente, ama el brit pop y en especial a Thom Yorke. Hoy sueña desde Londres.