Viajes

No voy en avión, voy en tren

Por Victoria Agulla Tagle

Después de Praga seguí a Viena. Con pasajes y hoteles reservados con antelación, sabía que el viernes 8 de agosto a las 23:45h viajaba a la capital austriaca. El viaje era en tren. Siempre me gustó viajar en tren pero era la primera vez que lo hacía a la media noche desde una ciudad donde se hablaba checo. El hotel quedaba a unos diez minutos a pie de la estación de tren. El problema era que como en todo el mundo, las estaciones de noche no son lo más seguro. Pero bueno, ya era tarde para arrepentirme. Así que allí fui.

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Llegué a la estación con lo justo – como para variar-. En las pantallas aparecía que desde la plataforma 7 salía mi tren -estuve unos minutos para descifrar que la “H” significaba plataforma-. Ahora era el momento de saber dónde quedaba. La única indicación era la número 1. Estaba totalmente anonadada. Después de tratar comunicarme con un par de checos (la mayoría no habla otro idioma), me encontré con una turista que supo decirme que la plataforma 7 era una de las últimas. Primero tenía que pasar la 1, luego la 2, después la 3 y así sucesivamente hasta llegar a la 7. Finalmente llegué, y en plan “escena de película”: me subí muy rápido al primer vagón que vi, a los segundos, sonó la campana y el tren partió.

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Los vagones se encontraban repletos, no había lugar para pasar. El EuroNight estaba atiborrado. Había gente durmiendo hasta en los pasillos. Y yo todavía tenía que encontrar el vagón 236. Con valijas, bolsos y mochilas llegue a mi asiento. Un hombre muy gentil me ayudó a subir mis cosas. En la cabina éramos seis, apretados, incómodos y acalorados. Por dentro me preguntaba ¿dónde están las camas?. Claro, por error (o por ignorancia) había comprado un billete para una butaca de segunda clase. Las camas estaban en la primera. Bueno, eran 6 horas de viaje. Había caminado diez horas por Praga, estaba realmente extenuada. Pensé que me iba dormir, pero no pude hacerlo. El tren llegó puntual (en Europa la puntualidad sí que es intachable). 6:00 AM estaba en Wien Miedling (nunca voy a olvidar esa estación).

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Mi hotel en Viena quedaba cerca del centro de la ciudad. Apenas llegué a Viena guardé mi equipaje en un locker -al otro día mi tren hacia Budapest salía desde allí- y me dirigí a información.

El idioma en Austria es alemán, difícil (para mí, que no lo hablo por el momento) aunque más entendible que el checo seguro. En la oficina había un vienes grandote, pálido, ojos celestes y mirada demasiada severa. Me hablaba un idioma que se parecía más al alemán que al inglés.

Le dije a dónde quería ir y me indicó. Comprendí algo. Y con eso continúe mi recorrido. Me tenía que tomar el metro y luego el tranvía. Para verificar mi escasa comprensión, le pregunté a una mujer si estaba yendo bien, me dijo que no. Luego le pregunte a unos árabes que estaban abriendo su puesto de comida (si, a las 6:00 AM!). Me respondieron muy amables y simpáticos, lástima que me indicaron muy mal. Se guiaron erróneamente por un parque que aparecía en el mapa, haciéndome llegar a cualquier otro lado.

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Finalmente llegué a las 8 al hotel. Por suerte la valija grande la había dejado, sino, ahora no podría estar escribiendo esto, ya que me hubiera quedado sin manos.

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Victoria Agulla Tagle

De sangre creativa e inquieta. Con una sensibilidad especial para la fotografía, descubre al mirar y narra al capturar. Lectora social con gran futuro periodístico.