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Ozark: el desafío de la blancura

Por María Rosa Beltramo

Bill Dubuque tuvo durante 25 años una cabaña en Los Ozark, un lugar paradisíaco del medio oeste norteamericano, con suaves ondulaciones cubiertas de bosques, un lago inmenso de aguas azules y media docena de ríos donde, entre otros especímenes, se pueden pescar las mejores truchas de Missouri. Mientras trabajaba en un hotel y soñaba con inventar historias que lo condujeran a Hollywood, comenzó a darle forma a un relato en el que el paisaje exuberante, tranquilo y silencioso, sirviera como telón de fondo de una aventura de narcos, mafiosos y financistas de esas que, habitualmente, se desarrollan en escenarios urbanos.

Después de estampar su firma en los guiones de películas exitosas y taquilleras como “El juez”,“El contador” y “Jack Reacher”, el adolescente que imaginaba un destino cinematográfico mientras atendía las mesas del Alhana Resort, se está dando el gusto de mostrarle al mundo la escenografía de su  juventud, pero cargada de electricidad y con la metafórica acechanza de buitres  que con sus graznidos apagan el canto de los pájaros.

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Ozark es la materialización del sueño de Bill, reforzado con el protagonismo de Jason Bateman, aquel niño perfecto que irrumpió en la televisión de los 80 como James Cooper, uno de los hermanos de “La familia Ingalls”. Los capítulos iniciales y los dos últimos de la serie que Netflix subió a su plataforma lo tienen delante y detrás de cámaras.

Jason es Marty Byrde, un asesor financiero que después de años de trabajar al servicio de Camino Del Río (Esai Morales) -cara visible de un cártel que lidera Omar Navarro- está a punto de perder la vida a manos de su quisquilloso empleador. Para sobrevivir, ofrece blanquear una cantidad exagerada de dólares lejos de Chicago, la ciudad donde tiene sus oficinas y en la que han corrido ríos de sangre, desaparecido una parte esencial de los responsables del negocio y hasta ha llovido un cadáver.

Por lo que viene después, cuando la escenografía de rascacielos, metal y autopistas muda en gorjeos, cien tonos de verde y embarcaderos en los que la brisa mece imperceptiblemente decenas de yates; nadie sabrá nunca si Marty viene planeando su nuevo destino o si el mero instinto de supervivencia lo hace elegir Ozark cuando están a punto de volarle los sesos y se le cae del bolsillo un folleto turístico de Missouri.

La acción frenética de los episodios iniciales y la particular justicia que imparte, Del Río -un narco caricaturesco y violento al límite de lo creíble- se transforma junto con el paisaje. Es que la serie tiene varios niveles y la exhibición de las conductas que certifican que los responsables de los cárteles son peligrosos, no es siquiera el más atractivo.

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Sin mafiosos a la vista, el asesor financiero tiene un reloj que no se ve pero que alguien echó a correr cuando pisó el muelle. El sabe, y el espectador también, que faltan un par de meses para la llegada del otoño y para entonces deberá tener blanqueados, sin sombra de su sucio origen, 8 millones de dólares. Esa es la condición necesaria para que le permitan seguir viviendo a él, su esposa Wendy (Laura Linney), y sus dos hijos adolescentes, Charlotte (Sofia Hublitz) y Jonah (Sky Gaertmer). Puede que Marty sea un genio, pero  aún alguien tan experimentado sabe que Ozark no tiene suficientes lugares para lavar. Y el tiempo, inexorable, pasa. De pronto uno se descubre mirando esos fajos de dólares como un auténtico problema.

La serie de Netflix tiene personajes poderosos, entrañables y curiosos. Algunos terminan aportando la clave para resolver aspectos centrales del argumento y otros, son réplicas de esos habitantes con los que Bill Dubuque se cruzaba camino al resort.

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Está Budd Dyker -un imperdible Harris Yulin- el propietario original de la casa de los Byrde que acepta cederla a la familia de Chicago por una suma irrisoria, a cambio de que le permitan continuar habitando el sótano hasta sus últimos días, que él dice están llegando. Siempre fatigado, arrastrando el tubo de oxígeno por los bordes de la zona boscosa o mirando pasar los barcos, con un sombrero y un delantal de lona sobre su cuerpo desnudo, el viejo calla y observa para empezar a convertirse en una pieza  importante  de un rompecabezas que cierra gracias a su  sabiduría.

Los Langmore alcanzarían para tejer la trama de una atractiva historia paralela y para abrir el debate sobre el concepto de familia, una cuestión que está presente en Ozark  con tanta fuerza  como esas paredes cubiertas de anaqueles en las que se apilan miles de billetes. Segura candidata a algún premio, Julia Garner exprime las posibilidades que le da el personaje de Ruth Langmore, cerebro de una de esas familias  de la que todo el  mundo  necesita huir, pero de la que es difícil separarse por una mezcla de lealtad, tradición y sentido de pertenencia. Y junto a ella camina también su primo Wyatt (Charlie Tahan), un flaco malnutrido, que alguien puede confundir con un ladronzuelo pero es la parte sensible e intelectual de un grupo disfuncional.

Ozark  ha realizado  una apuesta a la inclusión, sumando al reparto de estrellas a Evan George Vourazeris, un actor con síndrome de Down que encarna a Tuck, el mejor amigo que hace el hijo adolescente de los Byrde  y  que ofrece una suerte de remanso afectivo cuando los protagonistas fuerzan la dirección de los acontecimientos hacia el árido mundo del blanqueo de dinero o el escenario sangriento de los ajustes de cuentas.

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La historia tiene además, dos veteranos agentes del FBI que son pareja  (Jason Butler Herner y McKinley Belcher III) y un matrimonio de campesinos  que pide a gritos una nueva temporada (Peter Mullan y la insuperable Lisa Emery). Detrás de cámaras, Jason Bateman está en condiciones de justificar, 30 años más tarde, por qué ingresó al libro de los records dirigiendo tres episodios del programa de televisión The Hogan Family, cuando tenía apenas 18 años.

En los zapatos de Marty, economiza gestos y emociones, escondido en esa aburrida apariencia de normalidad que hace que más de uno insista en emparentarlo con el Walter White de Breaking  Bad. Ozark es un producto genuino y no sólo porque en lugar de las desérticas extensiones de Albuquerque el espectador puede regodearse con el verde de Missouri.

María Rosa Beltramo

Periodista, trabajo en Cadena 3 y escribo un blog que se llama "Maravillas de este siglo".