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Juegos Olímpicos de la Juventud: Una experiencia insospechada, mi crónica como espectador

Por John Lake

Una experiencia insospechada, mi crónica de espectador

Suelo tomar el tren del ferrocarril Mitre en su ramal Tigre – Retiro. A partir de la estación Núñez comienzan los pilotes de la futura elevación de las vías para descomprimir el tránsito en la zona de Belgrano. Me llamó la atención la cantidad de gazebos que comenzaron a erigir  por Palermo cerca de la avenida Dorrego.

En un principio pensé que eran propios de la obra, luego los asocié a los juegos aunque me parecían demasiados para acompañar las competencias a realizarse en el Buenos Aires Lawn Tennis. Más tarde los disfrutaría en el inmenso Parque Verde que ocupó varias hectáreas de los bosques de Palermo. Solicité la pulsera que permitía el acceso, con el fin de ver deportes en sedes relativamente cercanas a mi domicilio: rugby, tenis e hipismo.

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Al comenzar la competencia, las multitudes que pregonaban los medios me desalentaron ya que no estaba predispuesto a someterme a largas esperas. Un sobrino que acudió a la cita con sus hijas al Parque Olímpico para ver varias disciplinas, si bien me comentó de las demoras para acceder a los estadios, despertó mi interés por el evento. Un jueves con amenazas de lluvias decidí acercarme al Parque Verde para ver tenis. Al ser día laboral y con condiciones climáticas poco favorables, me encontré con una razonable cantidad de público pero no desbordante.

Al día siguiente mi cita fue en el Club Hípico Argentino para ver los saltos individuales. El sábado, considerando el tamaño del estadio del Lawn Tennis Club, no pensé encontrarme con un recinto colmado al que fui admitido entre el último grupo de espectadores. El virus ya había prendido en mí. Al deporte de las raquetas le siguió el beach vóley, el fútsal en el CENARD, rugby con los ”pumitas” en el CASI, para culminar en el Parque Olímpico con saltos ornamentales, boxeo y las finales de gimnasia rítmica.

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Un vasto panorama que me permitió apreciar la inmensidad, limpieza y gran oferta recreativa de los parques y sedes, la cordialidad no exenta de rigidez para mantener el orden del personal administrativo, y las dificultades de acceso que sigue presentando la zona sur de la ciudad de Buenos Aires. El espíritu olímpico estuvo siempre presente. La participación de equipos mixtos en varias disciplinas dejó bien claro que se privilegiaba la confraternidad por sobre el antagonismo.

La rivalidad siempre estaba presente cada vez que un equipo brasilero pisaba la cancha ya que el público local tomaba la camiseta del contario. Me tocó presenciar el match de fútsal entre Brasil e Islas Salomón en el que el clímax se produjo cuando un pelotazo  dio de lleno en el rostro de una espectadora. El hijo de la accidentada, a la cual tuvieron que retirar del salón los paramédicos, increpó de viva voz al jugador sudamericano que pidió las correspondientes disculpas. Al final la efervescencia se disipó y muchos argentinos se tomaron fotos con los futbolistas de casaca verde-amarillos.

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En las gradas estuve rodeado de uzbekos, kazajos, sudafricanos, franceses, búlgaros y suecos entre otros, viendo a compatriotas apoyarlos en sus cánticos con las palmas. Fue conmovedor el respeto del público de pie en la ejecución del himno ruso en la competencia de gimnasia rítmica, y los cálidos aplausos al finalizar los hermosos acordes de La Marsellesa en el individual de tenis masculino, pese a que el derrotado fue el promisorio argentino Facundo Díaz Acosta.

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Los juegos dejaron muchos recuerdos inolvidables: un colombiano de manera espontánea sostuvo con dos manos primero y luego con una sola, a una adolescente que en lo alto, erguida, desplegaba una bandera de su país, en el medio de un patio de comidas ante el asombro de los que los rodeaban; las jugadoras de fútsal de Tonga regalaron al público una “haka” al estilo de los All Blacks; los seis bailarines profesionales de distintos ritmos (break, tango, salsa, clásico)  que enloquecieron a los espectadores previo a la competencia de gimnasia rítmica.

El ballet gestual de las manos enfundadas en guantes blancos de los árbitros de box; la belleza de los equinos al sortear las vallas, la armonía de los saltos ornamentales, la perfección de las eslavas en las cuatro modalidades de la disciplina que combina danza, ballet y gimnasia. Un bálsamo para los cinco sentidos, una experiencia inigualable.

John Lake

Adolfo Giraldo alias "John Lake" es fanático del cine desde chico, asistió a cursos de cine con Gisela Manusovich y completó la carrera de crítico de cine en la Escuela de la revista El Amante. Sus críticas aparecieron en diversos sitios como cinemascine.net, todaslascriticas.com y en la revista virtual Pez Dorado.