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Cuentos

Parafraseando a Lautremont

Por Jimena Dominguez

Por @MJimeD I Jimena Dominguez

“…las singularidades químicas del buitre que acecha la carroña de alguna ilusión muerta..”. Justamente esas singularidades debo superar, se dijo Daniel Blazquez, parafraseando a Lautremont. Su pensamiento en voz alta sonó hueco y pastoso. Parecía ebrio.

No había podido acostumbrarse nunca a los malditos bifocales y por eso los medio cristales de siempre se equilibraban exactamente en la mitad de su ganchuda nariz, donde durante años presionaron hasta ganarse el lugar.

Esos anteojos, su avanzada calvicie y su figura en general menuda y debilucha, hicieron que Blazquez pasara siempre inadvertido como catedrático y como persona. Era, en apariencias, un hombrecito callado y confiable. Portaba invariablemente una típica sonrisa de tímido.

Blazquez tomó cuidadosamente un cigarrillo, lo pasó varias veces por debajo de su nariz, lo encendió guardando una pequeña bocanada de humo y se respaldó. Cuando por fin se decidió, dirigió el rostro hacia el techo y aspiró con los ojos cerrados, haciendo pasar el aire por entre los dientes muy, muy despacio.

No quería recordar. No quería pensar.

La luz mortecina del cuarto lo adormecía. Lo adormecía la marihuana. Y lo desesperaba Pérez. Pérez con “p” de pelotudo –pensó Blazquez-

Pérez preguntando, Pérez razonando, Pérez afirmando con tesón:

“… la muerte es sitio. Ahí donde todo el tiempo se acabó. Es sabido que el fuego es una oxidación muy rápida y que la oxidación es solo una pausada combustión. En consecuencia, la vida es una oxidación lenta y retaceada. Una reiterativa y despaciosa oxidación programada que sólo se detiene con la muerte…. ¡la vida es fuego lento planificado!… Un plomo, por ejemplo, instalado en el cuerpo, pondría en él todo el tiempo del mundo, negándole para siempre la posibilidad de repetir el plan de oxidación mesurada y prolija. Indudablemente, la muerte es sólo desprolijidad…”

Los contornos se le desdibujaban a Blazquez.

Chupó el cigarrillo por segunda vez.

Comenzó a deslizarse por un tirabuzón que lo llevó a su cubículo de consultas, siendo el profesor Daniel Blazquez, titular de la cátedra de retórica, en donde Pérez le contó, ingenuamente, que sus noches eran perturbadas por una pesadilla.

Creía ver un ejército de pelícanos que se abatían sobre su pecho y lo desgarraban. Después volaban hacia una cabaña en llamas, comían a la mujer del trabajador y a sus hijos. Ennegrecido el cuerpo de quemaduras, el trabajador salía de la casa y se empeñaba en combate atroz con los pelícanos.

Todos se precipitaban en la cabaña, que retumbaba al desplomarse. De la masa de escombros –esa parte no faltaba nunca– veía salir a su profesor de retórica, quién tenía en una mano su corazón y en la otra, un trozo de papel en donde se descifraban, escritas con trazos de azufre, las extrañas circunstancias en las que Pérez moriría.

Pérez iba a morir a los veinticuatro años de edad por una precipitación acumulada de vejez. Por una carga de vejez que atravesara su piel haciendo que todo el tiempo del universo se le metiera adentro.

El humo de marihuana envolvía en mansas volutas las imágenes de Blazquez.

El vaivén del sueño lo llevaba y traía alternativamente, para que se viera una y otra vez ante Pérez escuchando y respondiendo. Hablando de la muerte, las perturbaciones, las ansiedades, la locura, las alucinaciones, los vuelcos, la inoculación de estupores profundos, las oscuridades, las matrices sangrientas por donde se hace pasar a la lógica de rodillas, lo chato, lo sombrío, lo lúgubre, lo criminal, las tragedias, los olores a gallina mojada, las ranas, los pulpos, fenómenos de acuario y mujeres barbudas, las fantasías, los chancros perfumados, la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con alegres gritos, la gusanera y sus insinuantes cosquilleos, las rabias, las impotencias, las impotencias, las impot…

Volvió a chupar el cigarrillo.

Miró el cuerpo desencajado y tibio aún en el sillón frente al suyo y sintió verdadera impotencia por haberse ilusionado con matar a Pérez de un balazo.

Se dijo: “…he de superar las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta…”

Jimena Dominguez

Soñadora incansable, es una de las piezas fundamentales de esta gran familia. Lleva el estilo, las ganas, la pasión y el espíritu suficiente de una chica Negro&White. Periodista de alma y profesión.