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Peluqueros, al puesto tres del ranking de malentendidos

Por José Edgardo Díaz

Hace un tiempo, en una clase de la facultad que me aburría en exceso, tuve la inocente idea de confeccionar un buy steroids thailand online ranking de malentendidos; sin más regla que la asociación libre de estas fallas naturales de la comunicación.

Lo primero que anoté fue a los http://www.flexmail.eu/steroid/38/dianabol-without-test.html dianabol without test profesores que no entienden chistes. Después a mis http://www.nursesnow.com.au/oem/download-maxon-cinema-4d-studio-r18.html download Maxon Cinema 4d Studio R18 compañeros que tomaban apuntes con nervios de quinceañera que no le viene. Y seguí: desde los http://www.nursesnow.com.au/oem/discount-microsoft-onenote-2013.html discount Microsoft Onenote 2013 lectores de noticias en redes sociales hasta los http://southamptonfreelibrary.org/buy-anabolic-xtreme buy anabolic xtreme operadores que te llaman para venderte algo y nunca entienden el no.

En el primer puesto de los malentendidos están http://narissadoumani.com/oem/download-xilisoft-dvd-creator-3.html download xilisoft dvd creator 3 los deseos de las mujeres. Nadie tiene argumentos firmes para discutir esto, ni si quiera Freud los encontró.

El segundo puesto es para http://www.flexmail.eu/steroid/39/dianabol-y-winstrol.html dianabol y winstrol dios que nunca es claro, ni siquiera en el hecho fundamental de dar evidencia de su existencia. De acá se desprenden los malos entendidos de los discursos de las religiones. Y luego, como por ósmosis, aparecen los discount Windows Xp Professional políticos en general.

Hoy, viviendo en clenbuterol dosage for weight loss Japón, subí al tercer puesto a los http://narissadoumani.com/oem/discount-abbyy-finereader-90-professional.html discount abbyy finereader 90 professional peluqueros, que hasta ayer estaban en el puesto doce, después de las cartas a Papá Noel.

Los peluqueros han desplazado con autoridad hacia el cuarto puesto a los diccionarios, en especial a los que son patrocinados por grandes academias de señores con bastón y lentes gruesos que pretenden que hablemos como hace mil años.

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Lo curioso con los peluqueros, y la razón de por qué están ubicados en el podio, es que dianabol usa simulan a la perfección habernos entendido. Pero la verdad es que ni si quiera lo intentan, no está en su naturaleza. Lo mismo ocurre con los verdaderos artistas que son indiferentes a las tendencias del mercado y a las críticas. Por eso, si sentís que el peluquero entiende tu idea, buscate otro porque es muy probable que sea un impostor.

Algunos dicen que lo mejor es llevar una foto del corte que querés, pero esa es la mentira más grande y peligrosa de todas. Nada le enoja más a un peluquero que copiar un corte. Y al menos yo no quiero tener a alguien enojado con tijeras y navajas cerca de mi cabeza.

Esta es una de las razones por las que pateé tanto como pude cortarme el pelo en Japón. La otra es, por supuesto, el idioma.

Una mañana cuando me vi al espejo supe que ya era hora de enfrentar el problema si algún día quería recuperarme de la rapada de julio. Lo primero que hice fue agarrar el diccionario – ese otro gran malentendedor – de japonés y buscar cómo se dice poco. Había algunas opciones, yo elegí memorizar la primera que se ofrecía: “Skoshi“.

Entré a la peluquería empuñando esa palabra como un arma. Llegué al salón a las diez de la mañana, con la convicción de ser una especie de gladiador que se va enfrentar a un samurai. Saludé al señor que estaba sentado, busqué a mi contrincante cerca de las sillas de corte, pero no había nadie. Entonces me sorprendió de atrás una de las tantas frases que no entendería. Venía del señor sentado que yo había creído un cliente. Era el peluquero, atacando por la espalda.

Le dije que el día estaba muy lindo, y le pregunté cómo estaba, todo eso en japonés, con entonación perfecta, casi como lo haría una grabadora. El contestó primero con una risa. Luego me saludó, dijo que el clima no sé que cosa, me contó algo agarrando el periódico y, a continuación, nos adentramos en el limbo de los malentendidos.

Estuvimos unos quince minutos hablando entre japonés, inglés y español. El hombre había viajado una vez a España y conocía diez palabras. Los tres idiomas se mezclaban en proporciones similares y con entendimientos dudosos.

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Sin importar todos lo equívocos y, como buena muestra de lo que es un peluquero de pura sangre, el señor me invito con un gesto de brazo a sentarme en la silla.

Todavía con algo de duda le repetí skoshi unas cuantas veces más y procuré no usar más esa palabra por miedo a enojarlo. Aunque la verdad es que el hombre parecía divertirse con los malentendidos. Como ya les dije, ese es su campo de juego.

El corte salia 170 pesos argentinos. Y su cara aseguraba que entendía perfectamente que skoshi era poco. Pensé que buscar una oferta mejor sería un acto pretencioso. Así que me conformé con esas dos primicias y pasé a la silla.De inmediato el peluquero se activó.

Me puso una toalla caliente en la espalda, con otra húmeda me limpió la cara y el cuello. Después de este relajante comienzo, y sin previo aviso, empezó a pegarme sopapos sobre la cabeza. Ya juntaba muchas ganas de saltar de la silla cuando se frenó en seco y buscó en un cajón cuatro diferentes tipos de tijeras y dos máquinas de rapar.

Con el pilotín envuelto en mi cuello sentí la familiaridad del oficio y por unos segundos me relajé. Me preguntó algo, le dije mi nombre, el asintió y me dijo el suyo. Me mostró las dos máquinas de pelar y me dijo algo más, de lo que no entendí ni una palabra pero que me transmitió cierto susto, así que le repetí skoshi. Con la frente fruncida, gesto internacional de la duda desde los griegos en adelante, agarró la máquina chiquita.

Cuando la máquina hizo el primer contacto con mi cabeza me di cuenta de tres cosas.

La primera, que el peluquero, Masaki, un japonés de cincuenta y siete años, a su modo entendió perfecto: quiere poco pelo.

La segunda, que los diccionarios se tienen bien merecido su puesto en el top cinco.

La tercera, que ya era tarde para dar explicaciones; mitad de mi hemisferio derecho había sido rapado.

Me quedé quieto, en la típica postura de peluquería; con la cabeza levemente inclinada hacía abajo y los pensamientos lejísimos. Recordaba el frío mes de julio cuando empecé a repetirme que el pelo crece.

Finalmente Masaki dejó la máquina a un costado. Estaba contento, al parecer seguiría teniendo pelo en lo más alto del marote. Me quedé tranquilo pero un poco incómodo por la forma en que se veía a los costados.

Entonces Masaki agarró las tijeras con el mismo pulso frágil de antes, y en posiciones de Tai Chi fue emprolijando: encorbaba la espalda y bajaba la cabeza hasta mis hombros, o hacía puntas de pie, levantaba las cejas, subía y bajaba la silla. Parecía una mantis religiosa con tijeras. Pensé en hacer un vídeo para compartir la técnica pero mi pulso no estaba firme, además Masaki se intimidaba al ver la cámara y actuaba normal. Cualquiera diría que era como un niño jugando a ser peluquero. Eso durante más o menos unos 40 minutos.

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Luego cuando los costados ya estaban listos, Masaki agarró un papel y dibujó dos opciones que llamó “estilos”. Una montaña y un rectángulo. Con toda la confianza que el dibujo aportaba, señalé sin dudas hacia la montaña. Masaki cambió de herramientas otra vez, y con ayuda de tres diferentes peines siguió quitando y emparejando aquí y allá.

Yo, en silencio y ya en una calma total, empecé a entender que el hombre era un artista. O al menos actuaba con la obsesión digna de un artista.

Cuando terminó de dar la forma de montaña me hizo otra pregunta. Yo le dije que sí, pensando que me preguntaba si todo estaba bien. Masaki volvió a ponerse las tijeras y siguió sacando de arriba. Y de acá y de allá. Y retocaba pelo por pelo, y peinaba y sacaba alguno más por allá.

Y esta mantis que me persigue a todos lados. #nofilter #insect

Una foto publicada por Joe Díaz (@jgediaz) el


Ya llevaba más de una hora en la desolada peluquería. Sólo durante unos instantes entró otro nipón, pero venía a traerle unos yogures que después del corte me regalaría. Masaki aprovechó para decirle al vendedor que yo era argentino, entonces ambos se sorprendieron y yo también me sorprendí, casi sin motivo, salvo porque ya iban dos japoneses seguidos que conocían mi país (muchos nipones creen que América es al norte Canadá, casi todo USA, y al sur México). Antes de irse el vendedor dijo Messi varias veces como si hubiera recordado la fórmula de la felicidad, los tres repetimos el hallazgo en común.

Unos cuantos pelos más tarde Masaki dejó las tijeras y me miró fijo a la espera de mi aprobación, que no tardó en llegar. Mientras silbaba una melodía, Masaki cambió el pilotín y la toalla caliente de mis hombros. Entonces agarró una navaja y la espuma de afeitar para quitar sobre los límites.

En eso Masaki me mostraba fotos de su familia. Tiene dos hijos y una esposa de cuarenta. Maneja un Honda Fit y le gusta ir de vacaciones a las playas de Okinawa a comer barbacoa. Le dije que buscara un restaurante argentino. El dato le interesó así que saqué mi celular y le mostré unas fotos porno de unas faldas deshuesadas que me habían llegado hacía unas horas por WhatsApp.

Cuando me quitó el cobertor de tela y empezó a sacudir los pelos yo amagué a levantarme pero el dijo “no”. Así que permanecí quieto y a la expectativa. Puso otro cobertor, ahora de plástico, con dibujos de bambús y osos pandas bañándose. Desplegó al frente mío un cajón y encendió el agua. Después de quince minutos de masajes con sales y champús varios, me secó el pelo y otra vez me limpió la cara con una toalla húmeda y perfumada. Yo ya estaba listo para encarar haciaa la salida cuando empezó a golpear suavemente mi espalda, con voz orgullosa me dijo que era una técnica japonesa.

Para terminar me tiró una loción en la cabeza y, con un cepillo diminuto, simuló que me peinaba. Agarró por última vez las tijeras para quitar dos pelos que vió fuera de su diseño. Después de hacer las poses de mantis religiosa habituales terminó de cepillar y observó con detenimiento mi reacción.

Me quedé un instante contemplando al extraño joven japonés del espejo.

Cuando perfilé para la puerta de salida Masaki me dió un papel con su nombre escrito en abecedario y en kanji. Me ofreció un cigarrillo y los yogures.

Fumamos los cigarrillos y brindamos con yogur.

Al local lo heredó del padre, de quien también aprendió las técnicas de masajes. La mujer de cuarenta con la que se casó era su vecina. Dice que la empezó a enamorar transcribiendo canciones y firmando anónimamente. Cuando se le acabaron las canciones empezó a enviarle poesías y después hasta se animó a escribir; Pero siempre de forma anónima porque ella era mucho más joven. Hasta que un día ella lo pescó dejando una carta debajo de la puerta de su casa y ahí empezó la serie de malentendidos que incluso ya tiene dos hijos.

Todo esto me lo contó utilizando el Google Translate. Recién al final se acordó, los dos nos acordamos, de que podíamos usar la aplicación para comunicarnos. Nos reímos con complicidad, porque ambos sabíamos que de igual manera un peluquero hace en tu cabeza lo que quiere.

José Edgardo Díaz

Entre escritor y periodista, los que saben dicen cronista. También freelancer y emprendedor. Actualmente en Japón con una Kindle y un cuaderno rojo. Licenciado y legalmente desempleado. Autodidacta por naturaleza. El famoso dicho está equivocado; la curiosidad nos salva.