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Sociedad

Por qué decir #CórdobaNoNuclear

Por Mauro Fernandez

Cada vez que le cuento a alguien qué es lo que hago, pienso que la energía atómica pueden sonar un tanto lejano. Energía atómica, fisión de un átomo de Uranio, u otros tecnicismos ajenos a la mayoría de la población, suenan distantes; pero, a pesar de lo desconocido, “lo nuclear” está más cerca de lo que pensamos.

A 100 kilómetros de la Ciudad de Córdoba, en el Departamento de Calamuchita, se emplaza la Central Nuclear Embalse, una planta atómica de los años setenta, con un diseño obsoleto y peligroso, no aconsejado por la Agencia Internacional de Energía Atómica, que ya sufrió fallas en su funcionamiento y que se encuentra sobre una falla sísmica. Como si fuera poco, hoy la central funciona fuera de su vida útil de diseño, vencida en marzo de 2012, y quieren extender su operación 30 años más.

La humanidad enfrenta hoy dos épicos enemigos que amenazan su supervivencia: uno es el cambio climático, el otro una guerra nuclear. Ambos fenómenos ponen en jaque un planeta cambiante, no sólo por sus efectos inmediatos sino por las consecuencias más perversas y perennes; por el dramático largo plazo que causaría un incremento en las temperaturas globales de más de 2 °C, o la radiación liberada tras una guerra atómica, tanto mundial, como regional, con el arsenal nuclear vigente al día de hoy.

Desde Greenpeace trabajamos desde 1971 en todo el mundo para exigir un futuro verde y en paz. En Argentina, lo nuclear tiene implicancias indirectas en la proliferación armamentística dado que, afortunadamente, el país ha suscripto todos los tratados para la no proliferación. Sin embargo, los usos “pacíficos” de la energía atómica son demonios que visten de ángeles, que constantemente retroalimentan el riesgo nuclear en el planeta y aumentan el arsenal que puede utilizarse para detonar una bomba atómica como la de Nagasaki.

Si bien les propongo que lo tengamos en mente, pasemos a otra cosa porque a los nuclearistas no les gusta hablar de esta arista del problema. Lo ven “poco probable”, adjudicándose un conocimiento del futuro que abarca miles y miles de años –y no exagero; el Plutonio-239, elemento con el que se fabricó la bomba atómica de Nagasaki en 1945, tiene una vida media de 24.000 años. Un conocimiento que excede vastamente sus capacidades, así como también las de todos nosotros, por supuesto.

Hablemos sólo de los reactores que producen electricidad. ¿Esto sí tiene sentido? ¿Sabés cuáles son algunas particularidades únicas de las centrales nucleares, comparadas con otras fuentes de electricidad? La energía atómica nos lega basura altamente radiactiva que quedará vigente sobre el planeta por miles de años, como ya hemos visto. También genera la demanda de una minería absolutamente innecesaria y altamente contaminante: la minería de Uranio –la Central Nuclear Embalse demanda 90 toneladas anuales. En los socavones donde trabajan los mineros se respiran elementos tóxicos y altamente radiactivos como el Radón-222, que incrementa dramáticamente las posibilidades de que los trabajadores contraigan cáncer de pulmón. Hoy el país no tiene minería de Uranio, pero tiene planes para reactivarla. Todo su potencial (10.400 toneladas bajo tierra), sólo puede explotarse a cielo abierto, con uso de ácido sulfúrico y dejando grandes pilas residuales de roca que debe ser dinamitada, además de la contaminación tóxica y radiactiva en las piletas remanentes.

Como si esto fuera poco, una central en normal funcionamiento emite constantemente elementos radiactivos al ambiente, aumentando las probabilidades de que la población cercana contraiga cáncer de distintos tipos, mutaciones genéticas, o incluso infertilidad, entre otros padecimientos. En Embalse, la mayor descarga es de Tritio-3, una forma radiactiva del Hidrógeno que se mezcla con el agua y termina en la mesa de cada familia embalseña.

Pero, por sobre todas las cosas, la ética nos llama a evitar un nuevo Chernobyl o un nuevo Fukushima, los peores desastres atómicos en la historia de la humanidad. Cientos de miles de evacuados y afectados directos, miles de personas que no podrán volver jamás a sus hogares, cada vez más niños con leucemia, embarazadas que paren niños con malformaciones genéticas producto de las alteraciones al ADN producidas por la radiación de estos desastres. Si esto puede evitarse, insistir con lo nuclear es grotesco e inhumano. No caben otros calificativos.

La nuclear en Argentina aporta menos del 5% de la electricidad. La Ley 26.190, sancionada en 2006, establece que para 2016 el 8% de la electricidad debe provenir de fuentes renovables. Esto no sólo reemplaza la capacidad nuclear existente, sino que la supera.

Entonces, si podemos generar la misma y más electricidad con fuentes que no generan los perjuicios y los peligros de la nuclear, ¿por qué no lo hacemos? Por un lado, porque los líderes políticos no tienen el coraje necesario para asumir este profundo cambio de paradigma. También porque no lo exigimos. Siete de cada diez cordobeses no quieren que se extienda la vida útil del reactor de Embalse, un reactor que, por diseño, no ha aprendido las lecciones de Fukushima, ni tampoco las de Chernobyl, un desastre ocurrido hace 26 años y sigue poniendo en riesgo a más de 4 millones de personas.

Córdoba tiene muchísimos recursos renovables, un potencial eólico mayúsculo. Representa una de las tres regiones con mejores vientos del país, junto con la Patagonia y la costa de Buenos Aires. Desde Greenpeace creemos que Córdoba puede liderar la [r]evolución energética que el país necesita, abandonando el paradigma fósil y nuclear, y apostando por las fuentes renovables, limpias y seguras, como la eólica.

El Gobierno Nacional promete gastar US$ 1.366 millones en la extensión de vida de Embalse. Estos costos se manejaban en Canadá, país madre de la tecnología del reactor de Embalse, en el año 2005. Este año, Hydro-Québec, la empresa operadora de Gentilly-2, una central nuclear idéntica a la cordobesa, evaluó que los costos de extender su operación rondarían los US$ 4.300 millones. Lógicamente, la empresa anunció no extendería la operación de Gentilly-2 y procedería a cerrar la planta y descontaminar el sitio. Lo mismo aplica para Embalse.

Córdoba viene peleando desde hace años para que la planta de purificación de Uranio ubicada en Alta Córdoba, Dioxitek, abandone el ejido urbano de la Ciudad. El traslado sería injusto con otras comunidades, por eso Greenpeace exige el cierre de la planta, en el marco de un apagón nuclear. Pero lo cierto es que Córdoba ya avanzó al clausurar Dioxitek el 28 de septiembre último, y pedirle a sus autoridades un cronograma de traslado. Como si fuera poco, en 2008 el Legislativo provincial sancionó la Ley 9.526 que prohíbe la minería de Uranio en la provincia.

Córdoba empezó a caminar. Pero para ponerse la cinta de capitán en esta [r]evolución energética, hace falta que vos te involucres y exijas con nosotros el cierre de Embalse. Esa es la batalla del próximo año. La más importante en la necesaria desnuclearización de la provincia. Sumate ahora como voluntario, hacé click en este enlace. Además, podés escribirnos tus dudas, propuestas o sugerencias a greenpeacecba@gmail.com. También podés ayudarnos a difundir esta campaña tuiteando con el hashtag #CórdobaNoNuclear.

Gracias por tu tiempo. Sé que si llegaste hasta acá, vamos a contar con tu apoyo.

Mauro Fernandez

Coordinador de la Campaña de Energía en Greenpeace Argentina y comprometido con otras causas. Rockea sin banda y dice escribir sin lectores aunque acá lo disfrutamos.