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Viajes

Singapur: tan futurista como imponente

Por Belen Schmidt

La inexplicable e insuperable sensación de conocer un nuevo destino. Infinidad de preguntas cruzaban por mi mente hasta que por fin el vuelo procedente de Melbourne arribó a Singapur. A partir de allí, esos interrogantes y, si se quiere, temores de una viajera solitaria se convirtieron en una mezcla ambigua de entusiasmo y curiosidad. Mis ojos estaban extasiados: había llegado a Asia. Como hacía stopover aquí antes de partir hacia Bangkok, mi estadía no duró más de una semana.

A pesar de sus estrechas dimensiones, Singapur es una isla ubicada en el sudeste asiático que posee una exquisita variedad de atracciones para ofrecerles a los turistas. Desde el primer minuto, el aeropuerto Changi es un claro reflejo de ello. Esta pequeña isla actúa como punto nodal para embarcar hacia destinos de Europa u Oceanía -como era mi caso- o bien, dentro de Asia misma. A pesar de la numerosa cantidad de pasajeros que transitan a diario por sus instalaciones y, en concordancia con su espíritu innovador y ordenado, el aeropuerto sorprende con su pulcritud, diseño moderno, rapidez en los engorrosos trámites de inmigración y retiro de equipajes y disposiciones para aquellos que debemos pasar más de un par de horas hasta embarcar en nuestro próximo vuelo. Es así que cuenta con áreas de relax y entretenimiento, jardines y hasta una pileta. Sin olvidar, claro, la presencia de una cuantiosa cantidad de tiendas, si se anhela realizar un poco de shopping, y variadas opciones para comer.

Luego de recoger mi valija, me dispongo a encontrar el medio de transporte que me permitirá llegar a mi hostel: el metro (MRT), cuyo lema es “moving people, enhancig lifes”. A decir verdad, casi todo en esta pequeña isla es accesible debido a que la distribución de las líneas del metro alcanza todos los puntos de interés, además de que todo está perfectamente señalizado en inglés y el servicio es sumamente eficiente. Como dato anecdótico podría señalar que en el metro se encuentra estrictamente prohibido ingerir alimentos o bebidas. En los carteles frecuentemente podía observar que también lo estaba algo llamado durians, que aparecía dibujado como una granada. Con el correr de los días, aquellos que se hospedaban en mi hostel cosmopolita me explicaron que se trataba de una fruta ampliamente consumida en Singapur que posee un apestoso aroma.

Durians

Aproximadamente veinte minutos pasaron desde que me subí hasta que llegué a Buguis, la estación más próxima a mi hospedaje, que se encontraba en el Barrio Árabe, a unos pocos metros de la Mezquita del Sultán. Cuatro cuadras me separaban del hostel y las veredas se volvían poco transitables con una valija por estar colmadas de telas, alfombras y joyas a la venta. Pero finalmente encontré la peatonal Bussorah st, la más pintoresca del barrio para mí, cerca de algunos bares y restaurantes. “Al fin llegué” resonaba en mi cabeza y un gran alivio corría por mi cuerpo.

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Al llegar a mi pequeño cuarto, conocí una de las siete personas con las que compartiría habitación. Una de ellas era una londinense de descendencia malaya que se ofreció a mostrarme la ciudad rápidamente. Fue así que decidimos emprender la búsqueda de algún sitio donde comer en la medianoche. Unos cuantos intentos fallidos –porque muchos negocios estaban ya cerrados- hasta que localizamos un restaurant de comida tailandesa. El plato elegido fue un típico Pad Thai con pollo: fideos de arroz preparados en una sartén o wok con una exquisita mezcla de vegetales, pollo, salsa de soja y un poco de maní picado. En mi paladar había una fiesta de texturas y sabores y, sin dudas, la comida thai es de las mejores que he probado.

En Singapur caminar a altas horas de la noche no supone ningún tipo de peligro o riesgo dado que la seguridad es uno de los rasgos más característicos del país. Así como también los bajos niveles de corrupción y altas multas tanto a ciudadanos nativos como turistas. En ese sentido, antes de volar decidí interiorizarme de las normas y las costumbres de mi destino. Una de ellas, la que más me sorprendió, fue que estaba prohibido consumir chicle (a decir verdad, esa regulación regía en el pasado, ahora solamente existe una multa por pegarlos y ensuciar la ciudad). Claramente estas disposiciones se orientan a mantener el orden e higiene, algo por demás valorado y característico en la isla. Otros ejemplos fueron cruzar mal la calle y comer y beber en lugares prohibidos como el metro. Durante mi estadía procuré cumplir a raja tabla con las tres.

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Al otro día bien temprano, alrededor de las seis de la mañana, procedí a, mapa en mano, descubrir lo que Singapur tenía para mostrarme. Personalmente creo que la mayoría de los lugares deben ser observados por la mañana porque allí es cuando se puede detectar la esencia de la ciudad, allí cuando no hay gente por las calles y no sofoca el intenso calor. Calles anchas, modernos rascacielos y particulares monumentos y fuentes, miré asombrada, camino a Marina Bay, quizás uno de los lugares de interés más conocidos. El complejo Marina Bay Sands incluye un lujoso shopping, el cual en su interior posee una pista de hielo y un canal cuya agua proviene de un embudo ubicado en el exterior. Allí se pueden hallar marcas de lujo internacional como Gucci o Dior, por nombrar sólo algunas. En las afueras del mall, una tienda Louis Vuitton flota, como si fuera una isla, sobre las aguas del río Singapur. A unos pocos pasos, se encuentra el museo Art and Science cuyo edificación remite a una flor.

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Conectado con el centro comercial, a través de unas empinadas escaleras mecánicas, se puede tener acceso al centro de convenciones, casino, restaurantes de todo tipo y al hotel de lujo, cuya piscina, la infinity pool, se encuentra en su nivel más alto –el piso 57- y permite a quienes usan sus instalaciones tener una de las vistas más cotizadas de la ciudad. El edificio está recubierto por una especie de tejido plateado, que con el viento genera una ilusión óptica simulando movimiento en la imponente fachada exterior. El interior del hotel es impactante y fastuoso y su diseño posibilita tener una inmejorable visión de la disposición de las habitaciones.

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Un puente me permitió cruzar una ancha autopista y accedí a Gardens by the Bay, uno de los must do en Singapur y un exótico pulmón verde que resalta entre tantos edificios nuevos. Allí me encontré con unos extraños –super-árboles gigantes que funcionan de manera sostenible. Es posible realizar un breve recorrido sobre el puente o pasarela colgante que conecta los distintos árboles,  así como también distintos jardines –chino, colonial, indio, por citar sólo algunos- y distintos invernaderos. El recorrido de los jardines y la visita a los árboles es gratuito, pero aquellos apasionados y conocedores de las plantas, flores y vegetación exótica que quieran visitar invernaderos y subir a la plataforma colgante deben saber que se debe abonar por ello.

Por la noche, tanto Gardens by the Bay como Marina Bay Sands ofrecen la posibilidad de deleitar, a turistas como locales, con la iluminación de los impresionantes árboles y un espectacular show de luces sobre el río Singapur, en dos horarios por noche. Otras atracciones que Singapur ofrece son la Singapur Flyer, una vuelta al mundo similar al London Eye y EsplanadeTheatres on the Bay, un fantástico y exclusivo centro de arte que cuenta con imponentes salas de teatro, librería, cafés y restaurants –se pueden tomar tours para recorrer las instalaciones-.

Desde las orillas del río Singapur es posible iniciar un viaje en pequeñas embarcaciones desde las cuales se pueden captar excelentes imágenes. El río, cuya tonalidad es verdosa y poco atractiva, es fiel testigo de las impresionantes construcciones que denotan el increíble desarrollo económico singapurense. También a unos metros de él, se localiza el Merlion, una extraña estatua de una criatura con cabeza de león y cuerpo de pez, símbolo de Singapur.

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Mi recomendación a aquellos que viajen a la isla es que visiten Marina Bay tanto de día como de noche, ya que es imperdible la vista de los rascacielos iluminados y su reflejo sobre el río.

Para aquellos viajeros con ánimos de compras, Singapur es el destino ideal. Es más, Orchard Road es la calle de los shoppings. Las estaciones del metro se encuentran a pocos metros de los grandes malls e incluso dentro de ellos. Luego de recorrer varios de éstos, llegué a la conclusión de que las marcas se repetían una y otra vez, aunque la distancia entre ellos era ínfima. Es menester aclararle a los interesados que las tiendas que aquí están presentes no se caracterizan por ser accesibles a los backpackers -como yo-.

Durante mi estadía me pregunté en varias ocasiones si solamente viajaban a Singapur turistas fugases y hombres de negocios que trabajaban para importantes firmas occidentales cuyas sedes estaban aquí o también familias. La respuesta la hallé en Sentosa –“paz y tranquilidad en malayo”-, una pequeña isla ganada al mar, ícono del entretenimiento y el ocio para grandes y chicos. Su diminuta superficie agrupa cadenas de sofisticados hoteles, Universal Studios Singapur, un parque acuático, un túnel de viento, entre otros.

Accedí a ella a través del monorriel que tomé desde uno de los gigantescos centros comerciales. Mi mayor interés radicaba en conocer Universal Studios para compararlo con el de Orlando en Estados Unidos y sentir un poco de adrenalina al subirme en las montañas rusas. Si comparo con el complejo original, Universal Singapur es bastante parecido, las ambientaciones se repiten aunque en pequeña escala. Aquí no encontrarás Hogwarts pero si Far Far Away, la tierra de Shrek. En cuanto a las montañas rusas, para aquellos amantes de la adrenalina les recomiendo visitar el parque de Orlando. La única que podría haber saciado mis ganas estaba en reparaciones casi desde su inauguración. Más allá de que no cumplió con todas mis expectativas, la visita al parque significó conocer una isla muy interesante. Después de haber recorrido toda su extensión, me dispuse a conocer las tres playas de Sentosa. Pasé el resto de la tarde en la pequeña playa de Palawan, un lindo lugar para relajarse sobre la arena bajo una palmera. Lo único que lamenté fue que la vista se contaminara por la cantidad de buques cargueros que se encontraban no muy lejos.

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La isla ofrece atracciones para todos los gustos, públicos y nacionalidades. Muestra de ello, es la variada oferta gastronómica. Mi último día como backpacker en Singapur decidí pasarlo recorriendo los reductos o rincones típicos de la cultura china, india y árabe. Por ello, visité temprano en la mañana templos en Chinatown, realicé un par de compras de llaveros y demás souvenirs debido a la conveniencia de las ofertas. El primer templo budista me impactó de sobremanera desde que mis ojos miraron su exterior. Previa adaptación de mi vestimenta –ya que no se puede entrar en pantalones cortos-, me decidí a ingresar. Su arquitectura es algo poco común a los ojos de una argentina que no había tenido nunca contacto con las costumbres de Asia. Pronto, en mi próximo destino, Bangkok me sorprendería aún más al visitar el Grand Palace.

Todavía resalta en mi memoria el color dorado de los detalles y la inimaginable cantidad de imágenes del buda, todas diferentes entre sí. Es importante saber que no en todos los templos se pueden tomar fotografías. Luego de realizar una típica costumbre allí, una ofrenda con sahumerios y flores, y de almorzar en un comedor de China en Singapur, me trasladé a Little India. Un lugar caracterizado por la abundancia de locales que vendían joyas, telas, vestimentas típicas. Mi visita finalizó en un comercio multirubro llamado Mustafa que me había recomendado mi amiga del hostel por la cantidad de productos que podía encontrar; desde relojes, libros, aparatos electrónicos, ropa y comida en el supermercado. Camino a mi hospedaje, recorrí aún más las calles de mi querido barrio árabe, el más encantador de los tres.

Singapur me recibiría nuevamente casi un mes después –desde Malasia– cuando el aeropuerto Changi fuera mi puerta de acceso otra vez a Australia. Su pequeño tamaño no debe asustar a los interesados en conocer la isla porque sus atracciones –cuantiosas en cantidad e insuperables en calidad- satisfacen hasta al viajero más exigente. Ampliamente recomendable, una visita de no más de cinco días es excelente para percibir otra cara del sudeste asiático, sumamente desarrollada económicamente, ordenada y funcionando al ciento por ciento.

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Belen Schmidt

Estudiante de Relaciones Internacionales. La felicidad ante todo y viajar, el medio para llegar a ella. Admiradora profunda de la naturaleza y amante de lo clásico. Sólo sirve dar el ejemplo.