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Oscars

Sobre Tarantino y Spielberg: homenajes y manipulaciones

Por Luciano Mariconda

Los mundos de Tarantino y Spielberg están chocando al mismo tiempo. Django sin cadenas y Lincoln se encuentran en cartelera y se enfrentarán en la última entrega de los premios Oscar. Además, son dos películas que tratan el tema de la esclavitud pero con diferentes miradas. Por este motivo, es un buen momento para comparar a estos dos realizadores y observar sus similitudes y diferencias.

Ante cualquier película de Quentin Tarantino, el universo cinematográfico (compuesto por críticos, artistas y espectadores de este arte) parece detenerse. No es para menos ya que se trata de uno de los realizadores más interesantes de la era contemporánea. Tarantino, al igual que Spielberg, mira hacia el pasado y dibuja el presente. Pero mientras uno se ancla -mayormente- en el cine clásico, el otro parece ser más amplio en el visionado de sus películas favoritas. Mucho se ha leído sobre la adolescencia del director y sus influencias fílmicas, que van desde Jean-Luc Godard hasta el cine de clase B, el spaghetti western y el cine de samurais. Cuando miramos «la última de Tarantino«, cualquiera que ella sea, observamos a alguien que deposita en la actualidad las pasiones pertenecientes a su pasado.

Y si bien esto está muy bien, con el correr de los años, Tarantino se ha vuelto cada vez más dependiente de sus influencias. Kill BillA prueba de muerteBastardos sin gloria y Django sin cadenas son películas deudoras de una impresionante experiencia personal. Hay que aclarar, que no se le critica al cineasta haber visto demasiados films. Sin embargo, se observa que el universo del director ya no es comandado por sus ideas, sino por la de otros.

Hay una escena clave en Bastardos sin gloria que permite el paralelismo con el cine de Steven Spielberg. Como muchos sabrán, la puerta de la cabaña que enmarca a Shoshanna escapando del Coronel Landa es un homenaje al final de Más corazón que odio, de John Ford. Claro que muchos lo saben porque es una cita explícita. Tarantino no roba, sino que homenajea un momento que quedó impregnado en su memoria. Pero este homenaje parte de la pasión y la pasión en y de Tarantino se encuentra tan marcada, tan en primer plano que la cita resulta abrumadora y, finalmente, obvia. La escena, o mejor dicho, el fotográma calcado, no contiene un discurso. Es, simplemente, un capricho que el pasado de Tarantino exigía exponer en su película.

La última escena de Guerra de los mundos, de Spielberg, muestra a Ray Ferrier (Tom Cruise) llevando a su hija a la casa de su madre luego de toda la -proletaria- aventura. Es también un homenaje al final de Más corazón que odio, con John Wayne llevando a su sobrina de vuelta al hogar -ese que representa la civilización y el fin de la barbarie-. Spielberg tampoco copia. Se trata de un homenaje al cine clásico y a la obra maestra de Ford. Sin embargo, es un homenaje más sutil, escondido en la conclusión de una película de ciencia ficción. Para encontrar la conexión entre Guerra de los mundos y Más corazón que odio hay que remover, profundizar, pensar más, unir las tramas y los personajes que distan de 49 años entre si. Spielberg concreta su homenaje de forma más difícil para el espectador pero al mismo tiempo de un modo más inteligente y sutil.

Si el cine de Tarantino es abrazado por la mayor parte del público y el de Spielberg recibe ataques

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cínicos cada vez que se estrena se debe a la relación que mantienen los cineastas con sus espectadores. Aunque no parezca, Tarantino hace un cine accesible y abierto al espectador -más allá de su aparente exceso ante la sangre y la violencia-. Spielberg, por el contrario, rechaza a quienes lo tildan de ser dependiente del sistema hollywoodense con su sutileza ante los homenajes. Es más osado el cine -en apariencia ligero, banal, olvidable- de Spielberg porque no ofrece respuestas fáciles a las masas. No hay hipnotismo con diálogos y juegos de referencias cinematográficas, sino encantamiento con imágenes puestas al servicio de la inteligencia del espectador.

Estas diferencias también se observan en sus últimos films. Lincoln no es un retrato biográfico sobre el 16º presidente de Estados Unidos, sino la mirada del director sobre el sistema democrático. Un sistema colmado de arreglos, trampas, compra de votos para llegar a un objetivo que cambió la historia de ese país. La visión de Spielberg es más que interesante, ya que involucra al irreprochable líder republicano en una serie de procesos no del todo limpios. Django sin cadenas no se adentra en el conflicto político, pero ofrece el delineamiento de la estructura social de la época. Sin embargo, se trata de una historia que le da al público la satisfacción de ver a la torturada minoría triunfar sobre el poder blanco. No deja de haber un cierto grado de manipulación, de condescendencia sobre el espectador. Mientras que el Lincoln de Spielberg mezcla el bronce con el barro, el Django de Tarantino es una creación dispuesta a enamorar a la audiencia por el sólo hecho de que -como en Bastardos sin gloria- los que ganan son «los buenos».

Luciano Mariconda

Hawks, Bresson y Tom Cruise. Eterno apasionado por toda la experiencia cinematográfica e interesado en otras disciplinas artísticas. Siempre en movimiento.