Viajes

Teoría de los barbijos en Japón

Por José Edgardo Díaz
Ir por la calle con un Normal levels of estrogen in females barbijo de cirujano no es para nada extraño en Japón. Durante todo el año y en cualquier momento del día, sin importar viento, lluvia, piedra o tifón, se puede ver algún nipón con su máscara tapando nariz y boca.
Mi fuente (un japonés borracho que estudia sociología) me dice que http://steroidsbesthgh.com/winstrol-v-for-dogs_bz/ Winstrol v for dogs 3 de cada 10 personas usan barbijos regularmente, y Letrozole dosage and success stories 7 de cada 10 los utilizan en ocasiones especiales, generalmente cuando están enfermos o deben limpiar algo.
Me dice que los enmascarados http://steroidsbesthgh.com/supplements-to-increase-blood-flow-to-muscles_eh/ Supplements to increase blood flow to muscles más creyentes hasta las usan dentro de sus casas y de noche. No quise preguntar si también hacen el amor y duermen enmascarados.
La mayoría de los japoneses aseguran que, con el uso de los barbijos, se How long can you stay awake on modafinil vive más y mejor (así como suena, tipo eslogan) porque el polvo y la polución no ingresan a los pulmones. Yo creo que se trata más que nada de una gran mentira. Una que ellos, susceptibles por la obsesión a la limpieza, se han empezado a creer.
(Es cierto que también utilizan las máscaras cuando están enfermos para no contagiar en los espacios públicos. Quizá a este hábito lo podríamos exportar a http://steroidsbesthgh.com/how-does-modafinil-feel_i6/ How does modafinil feel Córdoba, donde los colectivos son unos cócteles de gripe, angina, y lo que sea que se ponga de moda durante el invierno)
Se puede pensar, optimismo mediante, que el uso de barbijos ayuda en las grandes ciudades a corto plazo, mientras se encuentran vías de desarrollo menos tóxicas para con los humanos o el planeta.
Pero en estas latitudes el uso de barbijos va mucho más allá. Los llevan puestos incluso en el medio de bosques naturales.
El pueblo granjero donde soy voluntario, está ubicado en Should i take proviron with cutstack Minami Alps City, un valle rodeado de las montañas de Minobu: las más altas y famosas de toda la isla (en el centro se encuentra el icónico volcán Fuji). En esta zona sólo hay frutales, granjas, lagos, bosques y parques. La fabrica más grande que he visto genera energía a través de What is clenbuterol used for paneles solares, no lanza ni una sola nube de smoke. No hace falta ser un experto para asegurar que el aire es totalmente http://steroidsbesthgh.com/clomid-average-success-rate_b8/ Clomid average success rate puro y se puede respirar sin miedo a morir. Pero por las dudas lo investigué; a menudo los médicos recomiendan a los enfermos crónicos de vías respiratorias mudarse a los alrededores de Minobu por la pureza del aire. Y sin embargo acá también se ven barbijos.

Hoy vino un grupo de tailandeses a la granja a probar persimmons.

Un vídeo publicado por Joe Díaz (@jgediaz) el

La verdad, o al menos mi teoría de la razón de vestirse con máscaras, la descubrí un sábado cuando llegó un contingente de 11 estudiantes japoneses a la granja. Por supuesto, con ellos vinieron varias cajas de barbijos que dejaron en un mismo rincón (la tarde del domingo se me ocurrió esconder todas esas cajas para ver qué hacían, pero me arruinó el estudio de campo un japonés que tenía máscaras de repuesto).
La primera actividad que se les dió a los estudiantes fue limpiar donde iban a dormir. Automáticamente todos salieron disparados a buscar sus Buy testosterone enanthate 300mg máscaras. Una vez colocadas estuvieron más tranquilos, entonces empezaron a operar dentro de la casa como una colonia de hormigas a las que se les ha derrumbado un túnel. En ese momento no me llamó la atención que hablaran más mientras limpiaban.
A la hora y media habían terminado. Los japoneses estaban bajo unos olivos, riendo con sus barbijos todavía puestos.
El resto de los voluntarios: una pareja de Singapur, una joven de Hong Kong y un alemán, nos quedamos algo desconcertados por el nuevo orden. Ninguno había imaginado que la limpieza iba a ser tan profunda en solo una hora y media. Hasta tuvieron tiempo de cepillar a los tres gatos salvajes y rociar con aerosol las puertas, ventanas e interiores para matar algún que otro mosquito.
A las cinco y cuarto de la noche, lo que para nosotros sería la hora de los mates, tres japonesas ya habían preparado la cena. Una de ellas intentó mandarse un bocado de ensalada sin percatarse que tenía puesto el barbijo. El resto de los compañeros lanzó una serie de carcajadas y comentarios. A los extranjeros nos pareció poco menos que una escena de bulling. A ellos les resultó graciosísimo porque se sintieron identificados y recordaron alguna vez que les pasó lo mismo.
A las ocho de la noche la casa estaba casi en silencio, apenas se escuchaba un tráfico de murmullos. Los japoneses se habían ubicado en las habitaciones que les asignaron y parecían listos para irse a dormir.
Un sábado.
Allí interrumpí yo con mi plan bárbaro. Saqué unas cajas de cerveza, algunas bebidas típicas de Japón y un fernet Branca. Junto con un compinche alemán y otro japonés reunimos a todos en el comedor. Fue sencillo; solo pusimos un poco de música y los japoneses empezaron a salir de sus habitaciones.
Al ferné lo preparé blandito, para una geisha, pero estos nipones me contestaron con sus caras más amargas. Si no es totalmente dulce no les gusta. El alemán por el otro lado lo quería tomar solo.
La propuesta era que cada uno hiciera un brindis por la razón que quisiera. Lo que se llama una excusa para beber. Después del primer brindis en honor al intercambio cultural, nos abandonó un grupo de tres japonesas que dormían arriba y no le atraía mucho lo desconocido. Les dijimos que podían brindar con jugo de manzana pero nos pidieron que las disculpáramos.

Laugh save energy. Un lema de por estas zonas #japon

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En Japón no se habitúa a tomar así. La palabra previa no existe como la conocemos en Occidente. Si te vas a emborrachar, lo normal es ir a un bar o a un karaoke. Por eso a las pocas cervezas ya estaban descolocados. Salvo el alemán, la joven de Hong Kong que no toma y el japonés compinche que conoce demasiados bares y karaokes en Tokyo. Fue idea de éste hacer una demostración de cómo cantan en coro. Nos preguntaron si sabíamos alguna canción de su país. Yo le tarareé la que interpretó el gordo Caseros en el mundial Corea-Japón. Shima uta, o canción de la isla me dijeron. Al instante empezaron a cantar todos juntos, incluso las chicas.
Uno de los japoneses me dijo que el himno nacional argentino es uno de sus favoritos y el resto coincidió. Les sorprende que en los mundiales sigamos cantando cuando ya se acabó la música. Les expliqué un poco lo que para un argentino significa el fútbol, escuchaban atentos la misa que era traducida en simultáneo al japonés por un estudiante que entendía perfecto el inglés. Finalmente me pidieron que cantara el himno. Sentí una punzada de orgullo nacional y sin más remedio hice fondo blanco al vaso de fernet (que nadie me quitaba de la mano) y entoné a los presentes el grito sagrado.
Después fue el turno del himno alemán, que sonaba a lavarropas oxidado. Siguió el de Singapur y, para cerrar, el de Hong Kong que en realidad ya no se canta porque se utiliza, contra su voluntad, el de China.
Nos interrumpió una de las tres japonesas que dormían arriba. Para pedirnos, si no era mucha molestia, que bajáramos un poco la voz.
Con voz avergonzada les pedimos perdón. Después de un silencio, una de las chicas dijo algo de las estrellas y señaló afuera. Caminamos por una calle de tierra en busca de un lugar despejado.
Pensé que en mi país estaría algo preocupado; yo era el responsable por ellos y la experiencia me recordaba que no es prudente caminar de noche borracho, incluso si vas en manada. Miré al alrededor y caí en la cuenta de que a esa hora nadie estaba despierto en el pueblo. No podía extrapolar mi aprendizaje en la selva cordobesa a una sociedad como la japonesa. Además de que las caras de los nipones mentían; parecían adolescentes pero en realidad eran todos mayores de edad. También me percaté de que otra vez los japoneses llevaban puesto los barbijos. Ni si quiera me pregunté en qué momento, seguramente tenían uno en sus bolsillos todo el tiempo.
Fuí al final del grupo, que caminaba lentamente, y me senté en un banco al costado del camino. Estaba mojado pero no dije nada. Al instante vi que se acercaba una japonesa, le advertí en inglés que estaba mojado pero ella no entendió hasta que se sentó. Escuché una suave risa debajo del barbijo. Yo también me reí, primero por la incomunicación y después por eso de reírse con barbijo.
Yuri es una japonesa algo atípica. Quiero decir, es menos tímida y reservada que sus compañeras, además de que habla algo de inglés. Es alta y toma muy por encima de la media. Además de que le gustó el ferné, aunque sospecho que fue para darme el gusto.
Comenzamos una larga conversación que de a momentos se apoyaba en señas, risas, sinónimos de todo tipo o, en última instancia, el traductor de google.
La noche se hizo más clara por la luna que aparecía cubierta de unas pocas nubes. Podía ver los rasgos de Yuri, es decir, los que me dejaba ver el barbijo. Los ojos oscuros, las cejas gruesas, unas orejas pequeñas y escondidas en un larguísimo pelo, una serie de tres lunares que seguro continuaban por donde empezaba la máscara… Le pedí sí podía sacarse el barbijo. Su reacción fue de sorpresa y vergüenza; en un primer momento sentí que me había entendido mal, como si hubiese entendido “hey ¿te podes desnudar?”. Me miró de una manera dudosa y me preguntó algo, realmente no sé qué me preguntó, pero yo le respondí que era para poder besarla. Me reí solo y agradecido de que no entendió. Ella me siguió con la risa, y lentamente, con un titubeo tímido se sacó el barbijo. De golpe su cara estaba congelada y sin emitir ninguna señal de vida. Quieta y mirándome, acaso intentando algún truco de telepatía. En silencio, y mientras buscaba alguna frase simple y divertida para derretir todo ese hielo que se formaba sin la máscara, entendí todo.
Los japoneses utilizan los barbijos todo el tiempo por comodidad social; cumplen la misma función que los lentes de sol en la playa. De esa forma pueden ir por las calles ocultando la mayoría de los gestos que aparecen en sus rostros. Lo cual es totalmente coherente con el ocultismo emocional de Japón. De hecho, ahora que lo pienso, en el subte me habían llamado la atención algunos sonidos similares a risas que no podía identificar de donde venían.
Le dije que me gustaba su sonrisa. Hizo una cara seria y después volvió a reír. El humor japonés es algo muy extraño para mi todavía. Lo puedo comprender y hasta a veces, con cierta voluntad de mi parte, me hace reír. Pero no puedo explicarlo. Tengo algunas ideas de que lo vinculan con el realismo mágico y esto también serviría para entender por qué los latinos caemos bien en este país.
Agregué que se estaba despejando y que se iba a ver la luna llena. Se quedó esperando que lo tradujera en la app  porque se lo dije en español. De cualquier manera en inglés tampoco me iba a entender del todo. Más tarde ella dijo en japonés “mun” y señaló hacía las estrellas.
José Edgardo Díaz

Entre escritor y periodista, los que saben dicen cronista. También freelancer y emprendedor. Actualmente en Japón con una Kindle y un cuaderno rojo. Licenciado y legalmente desempleado. Autodidacta por naturaleza. El famoso dicho está equivocado; la curiosidad nos salva.