Viajes

Trabajar para viajar, viajar para trabajar

Por Carmela Laucirica

Me desperté y el calendario marcaba sábado 8 de diciembre, había llegado el día. Para algunos, el Día de la Virgen; para otros, el día de armar el árbol de navidad o simplemente su día de descanso. Pero para mí era el día de mi partida: ese día dejé Argentina y volé a Estados Unidos -al estado de Minnesota más precisamente-.

Decidí cambiar mi verano por un invierno, en el cual la máxima ronda los 5 grados celsius. Al aterrizar, en vez de encontrarme con una sola ciudad, había dos: Minneapolis y Saint Paul, las ciudades gemelas de Minnesota.

Al llegar al estado de los 10000 lagos, todo lo que uno quisiera es conocer alguno. Y así fue como descubrí que el famoso Río Mississippi atraviesa no sólo a este Estado, sino también a las ciudades gemelas que serían mi hogar unos cuantos meses.

Llegué acá con un contrato por tres meses para trabajar en Mall of America, el tercer centro comercial más grande de toda Norteamérica. Inaugurado en 1992, este shopping recibe 40 millones de visitantes por año -de los cuales 4 de cada 10 son turistas- lo cual mucha gente considera que es por su política de “tax free” en ropa y algunos alimentos.

Antes y durante este viaje, más de uno se asombra cuando le digo que pagué por venir a trabajar a este lugar. Pero yo sólo puedo decirles que pagué por la experiencia; “I paid for the experience” le digo a cada estadounidense que todavía no puede creer que pagué para abandonar el calor y venir a trabajar nada más y nada menos que al crudo frío de Minnesota

Las ciudades gemelas me resultaron aptas para todos los gustos: con lagos congelados para los amantes de la naturaleza, museos de arte e historia para  los curiosos, o este imponente shopping para los que prefieren pasearse por cualquiera de sus 520 vidrieras.

Por si faltaba algún sector de la sociedad por atraer, me encontré a mí misma en mi primer día de trabajo; estaba frente a un parque de diversiones construido en el interior del espacioso shopping. De la mano de la empresa Nickelodeon, el parque logra cautivar desde los más chicos de la familia, hasta los más grandes y deseosos de una considerable cuota de adrenalina.

De la mano de una gran afluencia de asiáticos, mexicanos y africanos, el grupo de trabajo del parque y sus mismos visitantes me ofrecieron una degustación de culturas que no pude rechazar. Día tras día uno convive con historias sobre la cultura musulmana y sus costumbres -tal como su urgente necesidad de migrar a los Estados Unidos allá por la década del 90 cuando su continente ardía por la guerra-; así como también con más de una familia oriunda de la tierra de los mariachis -las cuales buscan mejores oportunidades en suelo estadounidense-.

Y de repente mis compañeros de work and travel y yo caímos en la cuenta, estábamos juntos y solos al mismo tiempo: juntos viviendo esta experiencia lejos de casa, pero solos al momento de valernos por nosotros mismos.

Porque mamá no te espera con la comida en casa, papá no te presta el auto para salir con amigos, la ropa te la lavas vos o te quedas sin abrigo. Pero no es tan duro como suena; al menos nosotros coincidimos en que esta oportunidad es sin dudas única a la hora de crecer y madurar -o al menos intentarlo-. Probamos una libertad nueva y nos gustó, aunque al principio lo único que hacíamos era llamar a casa para ver si podíamos lavar la ropa así o asá sin desteñirla.

Desde el día uno, la convivencia fue pura mezcla cultural en nuestras dos habitaciones de hotel -las nenas con las nenas y los nenes con los nenes nos dijo la agencia-. Tres argentinos se encontraron con tres peruanos, para luego encontrarse con tres malayos y un paraguayo; la mixtura es tan diversa como enriquecedora en cada encuentro. En nuestro día a día se mezcló el fernet con la comida asiática, el lomo saltado peruano con las milanesas argentinas, el chipa guasú paraguayo con la cerveza -esa sí que es idioma universal-.

Sin dudas fueron numerosos los preconceptos que destruí sobre Estados Unidos a medida que fui pasando unos cuantos días y semanas acá. A veces uno cree que su país es el más imperfecto de todos, pero después le toca ver que en el país de los 50 Estados no es como en las películas. Acá también hay de todo: el progreso tecnológico asombra para bien, pero la pobreza y la obesidad amenazan a un gran porcentaje de la población; acá también hay barrios peligrosos, gente sin cultura del trabajo, corruptos y demás cuestiones que a uno le parecen únicamente propias de su país.

Espero no malinterpreten mi intención, para nada me interesa resaltar miserias de este país que aún me es ajeno. Pero encuentro por demás interesante este ejercicio de quitarse la venda de los ojos; el cual se incrementa cuando uno abandona el papel de turista para desenvolverse como un pseudo ciudadano de este país que se auto denomina “América”.

Aún queda un buen tiempo para mí en esta doble ciudad, además de los destinos por conocer que me esperan al terminar mi contrato de trabajo. Porque esa es otra de las caras de este viaje: la posibilidad de conocer otros horizontes, gracias a las horas trabajadas durante mis tres meses. Con su gran amplitud térmica, las ciudades gemelas tienen actividades totalmente versátiles para ofrecer en sus dos extremos climáticos: -25 grados en invierno y 35 en verano. Con sus paisajes nevados, sus centros comerciales de gran tamaño, y por supuesto, su imponente Rio Mississippi atravesando la ciudad, Minneapolis y Saint Paul se convierten en un destino atípico en el mapa del turista argentino, pero que sin dudas merece conocerse.

Carmela Laucirica

Me dedico a escribir desde muy chica para intentar poner en palabras un poco de lo que me pasa, es mi cable a tierra y mi espacio. Bailarina y aspirante a periodista.