Viajes

Un bárbaro en Japón

Por José Edgardo Díaz

Notas sueltas de un bárbaro en un parque japonés.

 

El parque mas emblemático de Minami Alps, donde estoy de voluntario en una granja, solo tiene cuatro mesas. Salvo yo, nadie las usa. El resto son todos bancos para dos, tres y cuatro personas. A pocos metros veo a un japonés que come solo en un banquito sin respaldar; apoya la bandejita de plástico sobre sus rodillas y, con movimientos rápidos y precisos, deglute sin expresar ningún tipo de emoción. Me pregunto por qué no utiliza una de las mesas, quizá por la vista al río. Pero no es el caso, porque lo único que ve es la comida que hace equilibrio en sus rodillas.

Son las tres y media de la tarde en Midaiminami Park. A las cuatro el sol se dirige a las montañas que hoy están camufladas por unas espesas nubes. A las 5 ya está lista la cena, en la que siempre se ve arroz y ensaladas. A las 6, o 7 a más tardar, se apaga el televisor y se perfila para el sobre.
A mi costado izquierdo hay un camino de asfalto por el que pasa la gente con la inconfundible calma – y aburrimiento – de los que tienen un horario para todo. Cada tanto se ve un autito cuadrado, como la mayoría  de los que hay en Japón, manejado por una señorita japonesa que está a cargo del parque. Paralelo al asfalto hay un sendero de ladrillos color bordó y baldosas grises. En el medio de ambos hay dos hileras de ligustrinas verdes podadas por hobbits.

Dominan en número los pinos altos y de pocas ramas, debajo de éstos crecen árboles de copas redondas. A esta altura del otoño, las flores de los canteros son amarillas y rojas. Sobresale la belleza de los kanjis grabados en las piedras de los canteros o en algunas de las estatuas de metal.

 Todo este orden minucioso es contrarrestado por la vegetación autóctona que crece sin control en sus espacios asignados. A ambos costados del río, de bifurcaciones desprolijas, se ve una llanura de césped  cortado a lo campo de golf.

En una parte del parque, que en verano se transforma en una gran pileta, el piso de baldosas dibuja círculos y cuadrados enlazados que son interrumpidos por manchas de colores. La estética sigue una geometría de círculos anudados, donde cada detalle parece unido al precedente y al siguiente. Y hay una ruptura continua; el césped al raz del suelo compite con la furia del río, los canteros de flores con los yuyos y las malezas traspasan los límites que les imponen. Siento que debajo de este diseño de orden y caos, yin y yang, pensará alguien que hay un mensaje oculto que revela la aspiración nipona.

Para que se den una dimensión del tamaño del parque les puedo decir que alcanza para un recital del Indio Solari. Por otro lado, tengo la sensación de que es infinito. Lo caminé durante más de tres horas y no llegué a verlo entero, ni en su comienzo ni en su final; entré por un costado cuando el parque ya había decidido empezar. Los caminos sinuosos y la belleza distribuida en detalles mínimos contribuyen a esa atmósfera infinita.

Como ya dije; sólo encontré cinco mesas en todo lo que recorrí, el resto son bancos. No vi ningún asador y, por supuesto, no lo veré. Esta sociedad aún desconoce el sabor de la felicidad. Creen que una barbacoa es lo mismo que un asado argentino. Así son, confunden todo. Casi todo lo que comen es dulce pero no saben lo que es el dulce de leche. Todavía busco algo similar en las góndolas de dulces. Tengo la esperanza de encontrar por lo menos una latita de leche condensada.Por el camino de asfalto van y vienen muchas personas, principalmente de cincuenta años para arriba. Con clara predominancia de ancianas que pasean sus perritos caniches. También se ven hombres pero en menor proporción, ningún indicio de jóvenes. Al parecer, por la tarde están ocupados en un segundo colegio para aprobar el primero. Todo para ganarse un futuro.

Uno de los caniches hizo pis justo al frente de mi mesa, como a unos cinco metros. Luego, todos los perros le pedían frenarse ahí a sus dueños. En general éstos cumplen el capricho del animal. Al cruzar miradas se inclinan las cabezas. Es el gesto típico de respeto que ya conocemos, la particularidad de acá es que lo hacen hasta 3 o 4 veces y uno tiene que contestarlo sino quedás fuera de juego. La imagen vista desde afuera parece como dos personas jugando a cabecear una pelota invisible.

Los perros suelen ir por delante de los amos, dibujando un camino azaroso de idas y vueltas a las esquinas meadas. Cuando dos perros se cruzan, los dueños se frenan, se saludan y entablan una breve conversación donde hay muchas risas, incluso si están en silencio. Me recuerdan a las hormigas cuando se chocan entre ellas y se pasan un rato golpeando antenas a ver qué hay de nuevo.

El hombre camina un paso por delante de la mujer. Generalmente con las manos atrás y cruzadas, con pasos largos y lentos. Da la impresión que están reflexionando sobre algo. Aunque probablemente los rostros no sean de reflexión, sino de búsqueda, como si se les hubiera perdido el perro o el amor de sus vidas en este parque. O quizá miran la belleza del lugar que ya conocen con ojos nuevos. Un amigo de Tokyo me dijo que ellos intentan todos los días hacer las mismas cosas por primera vez. Mientras me decía esto, de raíz espirítual, se fumaba con muchísimo gusto su tercer cigarrillo del día por primera vez…

La japonesa que conduce el autito cuadrado me informó (para no decir retó, porque la verdad es que tampoco entendí todo) que en el parque no se puede andar en bicileta, justo cuando yo había divisado una pendiente hermosa para lanzarme. Pendiente que seguramente han puesto a propósito para tentar a los bárbaros que recién llegan y así, quitarles sus vehículos de  felicidad uno por uno. El objetivo es disminuir el peligro que producen los extranjeros pero, al mismo tiempo, dejar fluir un poco de ese caos controlado que les gusta apreciar. Esa prohibición me asustó por lo rápido que acostumbran a los forasteros a hacer las cosas lentamente. Y también por lo aburrido que puede ser el exceso. De cualquier manera tuve que elegir entre: dejar mi bici en la entrada o ir preso. Me decidí por estacionar.

En el estacionamiento no hay ningún candado o cadena a la vista. No sólo en las bicis de abuelas (casi el 90 por ciento, incluida la mía), sino también en las ruteras de alta gama. Como tampoco se toman la molestia de vaciar el canasto del frente del manubrio. Estos detalles no dejan de provocarme cierta envidia patriótica.La prohibición no es por falta de espacio dentro del parque. los caminos están en perfecto estado y muy poco transitados. Simplemente que andar en bici no es natural y buscan caminar sin obstáculos. Es raro ver japoneses correr, aunque sí se ven muchos yendo a paso atlético, haciendo figuras con los brazos que suben y bajan como bailarines robóticos. En los parques, y creo que se puede extrapolar a otras áreas, la inspiración de los japoneses es la naturaleza. Lo perfeccionista de su técnica es solo un intento de armonía con lo natural.

Las personas que entraron al parque, ahora salen. Algunas me vuelven a saludar. Los perros todavía quieren frenarse para olfatear los otros caninos que anduvieron cerca. Suena una sirena por unos parlantes que no consigo localizar. A continuación una voz de mujer dice que se está haciendo de noche y los chicos deben regresar a las casas; le sigue la voz de un niño que dice haber entendido. Todos los días, a la misma hora, se escucha ese recordatorio. Después de la afirmación del chico se escucha una música horrible que me recuerda los comerciales televisivos (la publicidad japonesa da para escribir una enciclopedia entera de bizarreadas).

La cañada (?)

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Cerca del río, una familia de cuatro juega en el césped. El perro busca una pelotita que le lanza el padre desde un banco. La madre y la hija se pasan una bocha pegándole con palos de hockey. El padre les hace una señal y al instante todos perfilan en busca del sendero. Como es costumbre, se ríen a carcajadas y aparentemente sin motivos.

Diez minutos antes de las seis, el autito cuadrado se estaciona al lado mío. La japonesa, que antes me retó, se baja con la vista clavada en mi. Yo ya me imagino que van a llevarme preso por tener una cerveza sobre la mesa, o quizá por el sólo hecho de usar la mesa, o por ahí ya descubrieron que estoy traficando hábitos de mi país. Así que, copiando la técnica autóctona, empiezo a reírme solo como si estuviese escuchando chistes del Flaco Pailos en lugar de Narigón del siglo, un discazo de Divididos.

Entonces, en japonés duro y crudo, la señorita dice una serie de cosas que no entiendo hasta que muestra, en su reloj de pulsera, que faltan diez minutos para las seis: la hora en que cierra el parque. Y este amor de persona recuerda que mi bici esta en la otra punta, a casi treinta minutos caminando como un robot y cuarenta caminando normal, así que ofrece llevarme en el cubomóvil. Todo esto me lo dice entre señas, inglés, japonés y, por supuesto, risas.

José Edgardo Díaz

Entre escritor y periodista, los que saben dicen cronista. También freelancer y emprendedor. Actualmente en Japón con una Kindle y un cuaderno rojo. Licenciado y legalmente desempleado. Autodidacta por naturaleza. El famoso dicho está equivocado; la curiosidad nos salva.