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Viajes

Una obra de arte llamada Barcelona

Por Carola Cinto

Los días nunca van a ser suficientes para recorrer Barcelona. Tan bohemia como cosmopolita, Barcelona es siempre el lugar a donde uno promete volver. Juventud, libertad, liviandad son solo algunas de las sensaciones que se respiran al caminar cualquiera de sus calles.

Ex meca textil, Barcelona conserva algunas señales del paso del tiempo acompañadas de sus modernos edificios espejados. Los romanos la bautizaron como «Barcino» y un famoso arquitecto catalán la proyectó bajo la idea de una “ciudad jardín” con tres condiciones: espacios verdes, construcciones de 3 plantas y calles anchas. Según la ideología de Ildefonso Cerdá, ingeniero encargado de la reforma urbanística de la ciudad, era indispensable considerar la salud de los habitantes a la hora de planificar: los edificios no debían tener más altura que la anchura de las calles para que el sol siempre llegase a encontrarse con el cemento. Un proyecto ciertamente ambicioso para la época pero que hoy no podemos dejar de agradecerle. Resultado de ello es la estructura en “tablero de ajedrez” que se puede observar cuando el avión realiza una inclinación magnífica sobre el mar y encara, bien de frente, la capital catalana.

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A ese trazado sólo le faltan el respeto dos magníficas diagonales: Las Ramblas y el pomposo Paseo de Gracia. Comenzar la estadía por la primera es siempre una excelente idea. Nace desde Plaza Cataluña donde, con estructuras que nos hacen estirar el cuello, residen las grandes tiendas multinacionales que parecen rebelarse ante la rigurosidad del arquitecto. Ya sobre la diagonal  podemos apreciar un primer pantallazo de lo que hace de Barcelona una ciudad tan encantadora. Terrazas, bares, humanos jugando a ser estatuas por centavos, mantas plagadas de las imitaciones más perfectas, los nerviosos ojos de sus vendedores que se codean cuando la policía irrumpe la escena, el ruido del polietileno contra el asfalto de los skates o rollers. A mitad del recorrido, el Mercado de La Boquería se abre paso en medio de tanta arquitectura. En ese pequeño oasis, no hay voluntad que no se rinda. Jamones expuestos como la oferta del mes, el ajo condescendiente con cualquier acompañante, los estridentes colores de las frutas y jugos recién exprimidos, el chirrido de las papas al contacto con el aceite caliente. Si bien es un excelente lugar para vivir la experiencia gastronómica más típica de la ciudad, también puede resultar un poco costoso. A mi criterio, y con experiencia comprobable en ese asunto, cualquier lugar en Barcelona es excelente para deleitar tu paladar. Lo importante no es el dónde si no el qué. Ya sea en una terraza del barrio El Born, en un bar del Gótico o en un puesto al pasar de La Rambla, no deben faltar: las tapas, la paella con mariscos, el pan de tomate y las patatas bravas como parte del viaje gastronómico. Todo ello acompañado, por supuesto, o por una jarra helada de sangría o una caña preferentemente Moritz (100% barcelonesa).

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Yéndonos un poco hacia la izquierda de La Rambla, nos encontramos con el fantástico barrio El Gótico. Sus callejones se asemejan mucho a los de las medinas árabes, rebelándose así al meticuloso urbanismo que veíamos anteriormente. «En los extravíos nos encuentran hallazgos, porque es preciso perderse para volver a encontrarse» dice el brillante Eduardo Galeano y es esa misma experiencia la que hace del barrio Gótico una pieza única.  La Plaza San Jaime es una de las perlitas que esconde. Rodeada por  el Ayuntamiento de Barcelona y el Palacio de la Generalidad de Cataluña, es el centro de la actividad política de Barcelona y  allí  se llevan adelante las protestas y movilizaciones más silenciosas del mundo. Pareciera que la estructura encajonada funcionara como aislante a los cánticos de los manifestantes. Si tenés suerte, te podrás encontrar con  la Catedral de Barcelona. De un estilo marcadamente gótico, la estructura se eleva sobre torres atiborradas de detalles ornamentales que nada tiene que envidiar a la Notredame parisina. Si el termómetro marca menos de 15 grados, una buena opción es intentar darse con el pasaje Petritxol, calle más angosta de Barcelona que alberga en su cuadra y media las granjas (chocolaterías) mas deliciosas del planeta. Sus 3 metros de ancho conservan placas de cerámica o mayólicas como testigos incorruptibles de los acontecimientos o anuncios que en la Edad Media ocurrían en los alrededores del místico barrio.

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Una foto publicada por C.C (@carocinto) el

Hacia el final de Las Ramblas, el Mar Mediterráneo nos guiña un ojo. Luego de atravesar el Monumento a Colón, llegamos finalmente al Port Vell. Los mástiles de veleros, barcos, yates, impiden una mirada clara del azul profundo. Quizás esto tenga que ver con su pasado: Barcelona nació de espaldas al mar. En 1992, con motivo de las Olimpíadas, la ciudad se abrió definitivamente a las aguas del Mediterráneo. Caminando un poco más llegamos a la famosa Barceloneta, espacio que ocuparon los ribereños como sede de sus actividades artesanales y gastronómicas. Es excelente para degustar un buen vino a orillas del mar o simplemente sentarse y contemplar cómo se entremezclan el anaranjado atardecer y el turquesa marino. También es válido tomar una fotografía con la aleta del majestuoso hotel “W” haciendo de fondo, emblema de la costa catalana.

Me quedo a vivir acá ♥♥ Una foto publicada por C.C (@carocinto) el

Si hablamos de Barcelona, no podemos dejar de nombrar a Antoni Gaudí. Si queremos conocer a Gaudí, no podemos dejar de recorrer el Paseo de Gracia. Nacido también desde la Plaza Catalunya, el Paseo alberga las más caras y exclusivas tiendas de toda la ciudad. Siendo una de los paseos de compras más caros del mundo, es considerado el hermano gemelo de la Champs Elisees francesa. Sin embargo, tiene un plus: constituye la ruta de la arquitectura moderna europea.  Y eso se justifica, no sólo por las pequeñas baldosas rojas que en sus veredas así lo indican, si no por la cantidad de magnificencias arquitectónicas que sobresalen entre las vidrieras. La Casa Batlló en el número 43, es inconfundible por  sus balcones con formas de antifaces, su azotea en forma de dragón y un techo cubierto de una inconfundible piel de reptil tornasolada. A la izquierda, la Casa Amatller del arquitecto Cadalfach deslumbra con su perfil flamenco-modernista e invita a ingresar al cálido café Faborit que ocupa la ex cocina de la familia. Ambas conforman “la manzana de la discordia”, nombre establecido en 1900 por su carácter revolucionario y excesivo en lo que arquitectura se refiere.

Casa Milá o La Pedrera también forma parte de la fachada del Paseo desde 1910. Sus balcones con forma de olas son un reflejo de la importancia que tenía la naturaleza en todas las obras gaudinianas. Un poco más alejado del centro de la ciudad también puede visitarse el Park Guell, una construcción monumental que permite alejarse del ajetreo de las grandes avenidas e ingresar en la intimidad del artista. Imperdible es la casa en la cual vivió Gaudí durante sus últimos años que aún se conserva dentro de la zona monumental del parque. Más allá de las obras anteriores, Gaudí no puede ser comprendido sin conocer lo que para muchos es, y va a seguir siendo, inigualable en la arquitectura mundial: la Sagrada Familia. La imponente Basílica surgió entre ensoñaciones del arquitecto, quien luego de varios planos y pruebas sólo pudo ver materializada una cuarta parte del proyecto. Para Gaudí esto no constituyó un fracaso, si no la realización de una de sus más revolucionarias ideas: construir un templo en el que cada generación dejara su marca. Trabajó 42 años en la construcción y desde un comienzo supo que era imposible verla terminada. Él lo describió como «un templo vivo» que reflejaría sobre sí el paso del tiempo.

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“Barcelona” es adictiva. Una vez que recorriste sus calles, te enamoraste de su arte, te asombraste de su arquitectura es muy difícil que no sueltes la promesa de volver a visitarla.

 Y cuando esté oscureciendo y tus piernas no tengan otra pulsión más que llegar al hotel para descansar un momento, todavía queda algo por ver. Alzá los ojos y mirá al cielo. Con nubes, con sol, invierno o verano, el cielo de Barcelona es siempre una obra de arte. Se ve que hasta un dios o –como quiera que se llame- también se encaprichó con hacer de este punto geográfico algo cada vez más bello.

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Carola Cinto

Algo que empezó como un pasatiempo, hoy ocupa la mayor parte de mi día. Me gusta escribir sobre Sociedad y disfruto de hacer Entrevistas. Soy Licenciada en Relaciones Internacionales