Música

El Volumen 11 de Andrés Calamaro

Por Santiago Jorge

La primera sensación que produce Volumen 11 es sorpresa: porque, en un 2016 donde AC publicó el sobrio Romaphonic Sesion y presentó su esperadísima gira acústica “Licencia para Cantar”, no deja de llamar la atención el cierre de temporada con un disco extenso y variado; mucho más cercano al viejo Andrés de finales del siglo pasado que al contemporáneo Calamaro post regreso. Es que Volumen 11 tiene muchas simpatías con El Salmón (en su proporcional medida, lógicamente): rockero, furtivo, desbocado, honesto, con momentos de brutalidad y también de genialidad.

El telón se abre con “Apocalipsis en Malasaña” un rock potente con guitarras distorsionadas y batería a todo volumen que marca la cancha desde el comienzo. Sigue con dos baladas de alto impacto: “Frio y barrro (2da parte)” con un falsete desgastado pero conmovedor y la que sin dudas es la joya del disco “Rock y juventud”, canción de empatía instantánea. La mejor versión de Calamaro cantando una letra rotunda sobre una melodía simple pero profunda, de tan nostálgica y melancólica termina produciendo esa sensación única que sólo la música puede provocar: no importan los dolores del mundo, la canción te abraza y envuelve el alma.

 

 

Con “Tan triste no es el blues” empiezan las aristas: AC retoma su vieja práctica de hacerse cargo de los instrumentos (bajo, guitarras y piano en este caso) para una sentida canción que sirve de aperitivo blues-country a lo que será el segundo gran contrapunto de la obra: “El huevo y la gallina”, un blues de doce compases clásicos, con AC dando muestra de que no hace falta ser un virtuoso para tener feeling instrumental. Las guitarras a su cargo suenan tan justas y precisas que la canción no requiere ningún otro aditamento instrumental para conjugarse con la voz ronca de Andrés que pareciera registrada sin retoques, en una sola toma. Si alguien percibe y achaca desprolijidad, hay que retrucarle la espontaneidad de esta enorme canción: Calamaro sudando música en su estudio casero para disfrutarlo en estado puro, sin maquillajes, como si fuéramos cómplices de la grabación.

El corte promocional “La noche”, único tema producido por Cachorro López y ejecutado por su banda, es un hit pegadizo y repetitivo pero de bajas calorías que poco tiene para trascender. “Atunes y Ballenas” es otra perla, con aires añejos y guiños a viejas grabaciones (podría ser a “Un barco un poco”) en donde puertos, extrañeza y barcos se conjugan para lograr ese gris brillante que a Calamaro siempre le pareció simpático: naufragar en altamar y sentirse en casa.

 

Reincidiendo en sanas y viejas costumbres, en el álbum abundan las interpretaciones. “Como el viento voy a ver” y “Blues de Santa Fe”, cuyo audio recuerda a las versiones que se escucharon en 2012 en su extinta cuenta de soundcloud, son crudas. Con AC empuñando guitarras, dando gala de su impronta rockera y gran versatilidad para grabar con el bajo. “Mareo” de Babasonicos pareciera dislocada, en clave de bolero, con piano de Weidemer, da la impresión que no fue grabada para esta ocasión. Pero eso poco importa a medida que la canción se escucha repetidas veces: el piano es de una precisión suiza y la interpretación de Andrés para esta canción rorckerita de Dárgelos es sencillamente una enormidad. Prohibido perderse la voz de Andrés quebrarse al entonar el estribillo “es que me mata tu ausencia/ y haberte querido tanto”. Alguna estatua podría lagrimear.

 

 

Volumen 11 tiene un lado B, que se inicia con “Las almas agracedidas”, “Vampiro Torero” y “Cazador de ateos”, donde se desata su antaño concepto de “bestialización”, su furia contra los animalistas y su sonido crudo, maquetero. Canciones emparentadas con sus “grabaciones encontradas” que lo acercan al espíritu artesanal que cultivó allá por los años 2000/2003 en donde regalaba canciones caseras a todos aquellos que estaban dispuestos a la escucha musical. “Pánico en Benidor”, “Hasta el cielo” y “Blues y Orquesta” son lo mejor de esta parte, muestra palmaria de que para hacer una buena canción solamente hace falta tener el talento, el resto es relleno.

El final del álbum también parece fuera de contexto: “Que te vaya bonito” de Alfredo Jiménez con el piano nuevamente de Weidemer, y “Trujillo libre” un instrumental de… ¡once minutos! que termina dando pie al track oculto, “La burra” un funk de regalo para quienes atraviesen todas las aguas.

Con todo eso, resulta difícil resumir el disco como también juzgar a un señor llamado Andrés Calamaro, que desde hace varias décadas hace sencillamente lo que le plazca aunque algunos crean que eso le juega en contra. Nos queda celebrar la llegada de una nueva obra y escucharla. Los discos no se leen, se escuchan.

Santiago Jorge

Comprador compulsivo de discos, escriba constante y Escritor ocasional. Abogado y docente en la Universidad Nacional de Jujuy.