Viajes

Volver a ser niña en Francia

Por Victoria Agulla Tagle

Hace 10 años que llega junio y me cabeza hace un rotundo stop. Impidiendo a mi cabeza seguir, tratando de escapar de la agobiante rutina de estudio, trabajo, desgaste físico y mental, esa que no te permite desconectarte y descansar plácidamente una jornada completa (incluido el fin de semana). El día te lleva a cumplir a raja tabla la agenda de cosas que uno tiene, que, pese al gusto y pasión que ocasiona, ésta no deja de ser extenuaste.

Viajar para mi es una necesidad, una pasión y una inversion a corto y largo plazo. No hay año que no viaje. Y no es que tengo millas, vuelos ni hoteles gratis. Tengo perseverancia, insistencia y bastante creatividad con tal de viajar. Puedo llegar a hacer (casi) cualquier cosa con tal de recorrer algún nuevo rincón en el mundo.

Teniendo a mi familia paterna en París, el objetivo era otro. Irme sola, libre e independientemente.

Niñera, mosa, recepcionista, secretaria, instructora ¿de qué puedo trabajar?, nadie es mejor consejero que nuestro amigo Google. Ahí fui, empecé a buscar trabajos por el mundo. Llegué a una página de Au Pair’s, sin miedo ni desconfianza me inscribí. Envié cientos de solicitudes, recibí decenas de preguntas y bastantes respuestas. Tras un mes de inspecciones y búsquedas, llegó mi familia indicada.

Treinta tres mails enviados y dos entrevisas por Skype me fueron acercando a los Boulet. Con solo pensarlos, sus caras ya se dibujan en mi mente, ya siento su cultura y conozco su región.

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Tras dos días de cancelación de salidas aéreas (Aerolíneas Argentinas, siempre tan cumplidora), llegó el día. Vuelo COR-EZE-BCN.

Lunes. Por fin. Me voy de viaje.

Ya la palabra viaje me pone feliz. Experiencias, recuerdos, conocimientos, errores, encuentros, desencuentros, cultura, mundo. Mi característica personal de mundana de potencia a su máximo exponente cada vez que mis ojos leen “horario de salida”. Salir a ser, parecer, conocer, averiguar, ver, observar, preguntar y responder.

Este viaje es muy especial. Pero tengo que decirlo, estoy un poco nerviosa. Tengo una mezcla de sensaciones: estusiasmo y ansiedad. Lo único que puedo saber con seguridad -gracias a la precaria ayuda de Google- es el pueblo.

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No es fácil ir a trabajar y vivir a un país francofono con 5 personas que nunca viste en tu vida. Pero de nuevo me tranquilizo y empiezo a pensar en todo lo que me espera.  

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Sin todavía haber salido del país, puedo dividir mi periplo en múltiples capítulos. Desde el encuentro con mi familiares paternos por un lado, y el de mi familia adoptiva por otro; hasta cada recorrido diario en cada ciudad. Suponiéndose que esto sería leido en tiempo real. Me encuentro ahora en el aeropuerto de Ezeiza con dos libros de compañía. Metamorfosis de Kafka y Otras voces, Otros ámbitos de Capote. En tres horas sale mi vuelo. Así que es hora de leer. La escala es en Barcelona, sensacional ciudad que me vuelve a enamorar apenas llego. El sol mediterráneo, la humedad maritima, la personalidad de los catalanes y su núcleo cosmopólita, hacen de la Ciudad Condal una capital para vivir y no para quedarse más de dos días. Por eso volveré, antes de volver a Córdoba, después de viajar por Paris, Berlin, Clermont Ferrand, Montpellier. ¿No era que me iba a cuidar chicos? Si! Pero, con el dinero que junte espero poder recorrer todas estas ciudades.

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Miércoles seis de la mañana, con seis alarmas superpuestas, me levantó. Hoy si es el día. Desayuno, me cambio y parto para la estación de trenes de Barcelona.

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Marvejols se llamaba el pueblo donde vive mi nueva familia (así la siento). Para llegar a la ville, debía llegar a Montpellier, en donde la mama de los niños me esperaría para ir a la Maison. Doce horas exactamente en punto mi tren llegó a Montepellier, y ahí estaba ella enérgica y decidida buscándome. “Claire!” exclamé, “Victoria?!” preguntó retóricamente. En tierra firme, al fin. La calidez, y la confianza que esta mujer me ofreció ya me hicieron sentir como en casa.

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A las 18h llegamos al pueblo, en donde los niños super cariñosos y adorables me esperaban ansiosamente. La presentación es demasiado informal (para ser un hogar francés), me muestran la casa, mi altillo, el pueblo y sus vecinos.

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El lugar donde viven es realmente acogedor, rodeado de castillos medievales y montañas verdes, como un cuento de esos que te cuentan cuando sos chico.

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Estoy muy entusiasmada, quiero aprender de ellos y que ellos aprendan de mí. Me gustaría hacer muchas actividades: salir a andar en bici, salir de aventura, llevarlos al cine, jugar en la pileta, cocinar, pintar, dibujar, actuar y bailar.

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Después de una tarde recorrido, adaptación y tranquilidad empieza mi jornada de trabajo: volver a ser niña en Francia.

Victoria Agulla Tagle

De sangre creativa e inquieta. Con una sensibilidad especial para la fotografía, descubre al mirar y narra al capturar. Lectora social con gran futuro periodístico.