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Wellington, la New York de Oceanía

Por Ayelen Barrale

Tuve el privilegio de estar en la click “Gran Manzana”, empaparme de su estilo, vida y, podría decirse, su cultura. Cuatro años más tarde de mi visita, siento que vuelvo a estar por sus calles, o al menos, sentir su espíritu.

enter site Wellington sacó del cajón de los recuerdos ese sabor neoyorkino que una vez sentí.

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A demás de ser la follow url capital neozelandesa, esta ciudad anida el vanguardismo del país. Pionera por excelencia, sigue sus instintos y va creciendo de acuerdo a la música que sus habitantes tocan.

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Como ya te comenté, see Nueva Zelanda es un mundo incipiente que va forjando su identidad sobre las bases del multiculturalismo gracias a su política migratoria que abraza al que quiere progresar en sus tierras.

Esta es la piedra fundamental para lo que veo por estas calles: Unión disruptiva, caos organizado, un mundo aparte que vas alimentando con tu andar por esas calles.

El enter epicentro de la moda está en sus transeúntes pero go to link Victoria Street suele congregarlos con más intensidad. Esta calle es anfitriona de las mejores casas de ropa tanto local como a nivel internacional. Los diseños locales tienen su peso. Sus entramados  trivales (oriundos de la cultura maorí) logran amalgamarse con total naturalidad a esos accesorios clásicos que “un tal” Marc Jacobs puede ofrecer.

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Saco el zoom de los detalles, amplío mi vista. ¿Qué veo?…  una conjunción arquitectónica donde lo nuevo y lo viejo van de la mano, clásico pero chic, la trastienda de una ciudad que quiere crecer a pasos agigantados. Esas paredes que se elevan hasta el cielo maquilladas de ladrillos rojizos, añejados y víctimas de un descuido intencionado. Escaleras de emergencias que a pesar de su funcionalidad, son columna vertebral de los detalles y que me recuerdan el Down Town de Manhattan.

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A mi izquierda la bahía y su explanada. Una vez más el arte dice presente.  Con historia, Wellington cuenta sobre sí misma. Las estructuras de una vieja cervecería se transformaron en el hogar de la galería de arte de la ciudad.

A sus alrededores, un espacio bohemio con aroma a café completan la fachada; una especie de Güemes en la ciudad del viento.

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Siguiendo el recorrido de este malecón, te topás con TE PAPA, el museo nacional y, también, galería de arte. Pionero e innovador, repasa la historia neozelandesa, su fauna, su geografía, y se da el lujo de llevarte por espacios tridimensionales al mar y sus entrañas, después al corazón del planeta tierra o incluso a revivir en primera persona el crecimiento de Nueva Zelanda como nación, sin dejar de lado sus raíces británicas y el choque constante con los nativos maoríes. Visita altamente recomendable, más allá de ser una propuesta gratuita para el público, su calidad es incuestionable.

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Después de cinco horas de recorrido, vuelvo a “la jungla de concreto” de Oceanía. Otra vez me empapo de modernidad. Presto atención y decodifico a esta ciudad.

Sus múltiples espacios de café e incluso casas de té me dicen algo, un hábito arraigado en los neozelandeses, disfrutar de una dosis de cafeína, o dos, o tres.

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No me había percatado de aquellos vasos de cartón en las manos de los transeúntes, de las decenas de personas sentadas en cada local disfrutando del buen aroma a café.

No importa el horario, sea mañana, mediodía o el atardecer, los neozelandeses religiosamente hacen un lugar en sus tareas para compartir una taza de estas con un buen muffin o scon.

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Desvío mi atención y sigo sin rumbo recorriendo esta ciudad. La famosa Cuba Street me da la bienvenida con su música y excentricismo.  Es sábado y coincido con el tradicional Night Market, el punto más cosmopolita de esta calle, y de la ciudad. Después de un tiempo, vuelvo a escuchar a latinos con sus acentos. Formando parte de la multitud, leguas árabes, asiáticas, y, obvio, ingles predominando se entremezclan, conviven y ofrecen lo mejor de sí. Es momento de elegir qué comer y las opciones abundan, hay para todos los gustos.

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La juventud se congrega y se nutre, disfruta de las simplezas de la vida, como sentarte al borde de la vereda a comer un hot dog, o unas empanadas chinas, o unas crepes al estilo francés, o unas papas fritas alemanas hechas en alguno de esos carritos de comida.

Con un churro bañado con chocolate en la mano, vuelvo a mirar el contexto. Nada encaja pero al mismo tiempo forman un todo. Lo mismo sucede con los bares y locales que siguen en las cuadras restantes de la Cuba Street. Cada uno con su estilo y temática pero, paradójicamente, en sintonía con el ambiente relajado que ofrece este sector de Wellington.

En contraposición al resto de la ciudad, llegan las seis de la tarde y sus calles se apagan, pero Cuba despierta y abre sus puertas para el público universitario que vive en sus alrededores y el sin número de backpackers como yo que se atreven a realizar el sueño de vivir en LA CIUDAD DEL VIENTO.

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Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.