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Moda

Yayoi Kusama: Crónica de una obsesión ad infinitum

Por Sergio Yanez

Cuando pienso en Yayoi Kusama, se me vienen a la mente algunos pintores como Van Gogh o Munch: artistas en los cuales su capacidad creadora se desarrolló a la par de sus personalidades psicológicamente conflictivas.

El Museo Malba-Fundación Costantini de Buenos Aires inauguró la exposición “Obsesión infinita”, lo que supone es la primera muestra retrospectiva en América Latina de la mayor artista japonesa viva, y que los argentinos podremos tener la oportunidad de aprovechar hasta el 16 de septiembre. Más de 100 obras creadas entre 1950 y 2013, incluyendo pinturas, trabajos en papel, esculturas, videos, slideshows e instalaciones. Nada más y nada menos que 60 años de producción artística.

Debo admitir que lo que estaba a punto de apreciar no tenía nada que ver con lo que esperaba, ni con lo que experimenté. Nada más llegar a las inmediaciones del Malba, el espíritu Kusama me invadió. Los árboles jacarandá de los alrededores y la fachada del museo, adornados con sus icónicos lunares rojos y blancos, los “polk dots”, y una larga cola para entrar, no dejaron indiferente a ningún transeúnte.

Un rato después, ya dentro del establecimiento, mientras mi acompañante y yo sacábamos los tickets, vi la continuación de los lunares blancos y rojos en los ascensores y escaleras mecánicas. Allí comencé a percibir que lo que estaba por presenciar no era una exhibición, sino toda una celebración al arte a la cual todos estábamos invitados.

Empecé a sacar conclusiones y a conectar la relación de los lunares con lo que ella misma describe: su vida como un punto entre millones de otros puntos, donde cada uno por sí solo no representan nada, pero que en conjunto forman un infinito.

Al subir al segundo piso comienza el recorrido y nos encontramos con la sala donde se exponen sus primeras pinturas en papel, realizadas en los años 40. Tuvo una infancia traumática, ya que su madre se oponía a que pintara, por lo que se encerraba en su cuarto para hacerlo. Siempre espiaba a su padre con sus amantes, por orden de su madre, lo que le valdría sufrir y padecer la ira de ésta e incluso un trauma con su propia sexualidad (su última relación fue a los 20 años).

Un poco más adelante, en otra sala, se proyecta el video “Caminata” del año 1966, en la que Kusama aparece en varias locaciones de New York siempre pintando, y en escenas donde personas se pintan entre ellas con los cuerpos desnudos como en una orgía. En este sentido, Yayoi fue precursora en utilizar la fotografía y el video para inmortalizar sus performances.

Ya en esta etapa es donde se comienza a notar la particular personalidad artística de la japonesa. «Mis obras mantienen una estrecha relación con mi salud mental”, supo decir alguna vez. Excéntrica, experimental, sorprendente y singular, humilde y amorosa, discreta y tímida, así la describen sus más allegados.

Me comentó una de las colaboradoras del museo que tardaron dos años en organizar esta muestra. Más adelante nos encontramos la habitación con el barco fálico, llamado «Caminando en el mar de la muerte» (Walking in the sea of death) y justo enfrente aparece su, quizás, más llamativa obra: el cuarto de espejos denominado «Sala de espejos del infinito”. Luego, pudimos apreciar «La habitación del borramiento», un living tan común como el de cualquier hogar, en el que el público intervendrá con lunares de colores con stickers que los colaboradores del museo dan junto con la entrada, lo que fue un pedido exclusivo de la mismísima Yayoi.

Mientras disfrutaba de todas las intervenciones, me enteré que la artista se marchó con 27 años a Nueva York. Los primeros años vivió en la marginalidad y pobreza extrema, pero con una intensa actividad creativa. Fue en esos tiempos que frecuentaba artistas de la talla de Andy Warhol y la escultora Eva Hesse.

Después de varios años residiendo en Estados Unidos, Kusama volvió a Tokio en 1973 con una provechosa e intensa actividad artística, pero también muy desgastada y afectada psicológicamente, por lo cual decide internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico en 1977 y al que sólo abandona, hasta el día de hoy, para pintar en su estudio que queda a pocos metros.

Por ultimo, la travesía me llevó a un cuarto oscuro donde brillan como estrellas luces de colores: los puntos. Sentí una constelación de estrellas vista en una despejada noche en el campo, que se refleja con el agua en el suelo y en los espejos colocados estratégicamente en las paredes y techo.

Ya en el hall de abajo (y terminando la muestra), pudimos ver varios sus cuadros con pinturas en formas variadas de naturaleza y colores. La pintura y el arte en general actúan de alguna manera como su salvación, ya que como ella dijo en mas de una ocasión, “si no pudiera hacer arte, me suicidaría”.

Yayoi Kusama+Louis Vuitton: Arte a lunares

Muchos de sus fans dejaron de serlo desde que en 2012 colaborara con Marc Jacobs para una colección cápsula de Louis Vuitton, en donde plasmó sus icónicos lunares en diversos artículos. Sin embargo, también ganó muchos adeptos entre aquellos que no conocían la trayectoria de esta japonesa de 83 años.

Su obra simple, pero de un rico impacto visual, es quizás lo que la hace única. De lo que no me cabe duda es que Yayoi Kusama despierta en todos los visitantes a su muestra en el Malba, entre niños y adultos, una ternura y amor inexplicable.

En su documental “Princess of polka dots”, Kusama cuenta que al poco de llegar a New York y contemplando la ciudad desde la cima del Empire State, se jura a sí misma convertirse una gran artista y dejar para la posteridad grandes obras. Por lo que pude experimentar, indudablemente lo consiguió.

Sergio Yanez

Nació en Córdoba, Arg. y su primer acercamiento a la fotografía fue con 6 años, durante una fiesta familiar. Vivió en Europa y sueña retratar a Mario Testino. También Publicista.