Sociedad

#YesAllWomen, o cómo la misoginia es cosa de todos los días

Por Ludmila Llaver

El viernes a la noche el mundo se sacudió con una noticia horrorosa: Elliot Rodgers, de 22 años, asesinó a 6 personas a sangre fría e hirió de gravedad a otras 7 en Isla Vista, California. ¿El motivo? Lo qué él denominó en varios videos subidos a Youtube una “retribución” contra todas las mujeres que le habían negado su afecto. A sus 22 años, ya en la universidad, Rodgers declaraba ser todavía virgen porque las mujeres “no se sentían atraídas por él” y “no le daban su afecto”.

Este brutal acto de odio puso en foco la misoginia que reina a nivel mundial, e impulsó la creación del hashtag #YesAllWomen (Sí todas las mujeres), una respuesta al meme Not All Men, que impulsaba a mujeres –y a los hombres que se animaran- a contar esas experiencias que todas hemos vivido en relación al machismo. Algunas de las respuestas me hicieron llorar. Otras me hicieron sentir un enojo profundísimo. Pero mi principal reacción fue “Qué suerte tengo”. Sí, qué suerte tengo.

Después de leer una miríada de twits narrando violaciones, insultos e innumerables formas de violencia –que excedían vastamente la violencia física– lo primero que pude pensar fue lo afortunada que soy. Porque dentro del abuso del que he sido víctima, siempre he salido “bien” parada. Nunca he sido agredida físicamente, nunca he tenido una relación abusiva, nunca he sido perjudicada en la facultad por ser mujer. Y después me horroricé.

Me horroricé al darme cuenta lo internalizada que tenemos como sociedad –tanto hombres como mujeres- a la violencia de género. ¿Desde cuándo me tengo que considerar afortunada porque nunca me han violado? ¿Desde cuándo debo estar agradecida porque sólo me griten barbaridades, pero no me hagan nada más?

Mi historia es la historia de todas: ya sé por qué calles andar y por cuáles no, ya sé hasta qué hora es seguro salir sola, ya sé cómo vestirme si no quiero atraer miradas “indeseadas”. Sé que cuando me gritan algo en la calle lo mejor es quedarme callada y hacer como si nada, porque no quisiera que esa violencia verbal se transforme en violencia física. Todo yo, todas cosas que me vienen enseñando desde que tengo memoria. Pero, ¿y los hombres? ¿Dónde está la educación para ellos?

Siempre ha habido clases de autodefensa para mujeres, pero nunca he visto a nadie enseñar a los hombres a no atacar. Todavía seguimos pensando que el machismo es un problema que tenemos que solucionar las mujeres. El victimario, por alguna vuelta perversa de las cosas, pasa a ser la víctima. Y la víctima pasa a ser la culpable, la responsable. Los ejemplos están a la vista: una de las primeras preguntas que se hacen en una investigación por violación es cómo estaba vestida la mujer. Tómense un minuto para entender la gravedad de esto. No nos preguntamos por qué el hombre la violó, nos preguntamos qué hizo la mujer para que quieran violarla. ¿Asqueados? Yo también.

La solución a la misoginia y el machismo está lejos de ser conseguida. Hemos mejorado, sí, y considerablemente, pero todavía estamos muy lejos del ideal. La igualdad de salarios, las leyes que exigen una cantidad mínima de miembros femeninos en instituciones, la sanción del sexismo y acoso en ámbitos laborales y otras medidas han contribuido a “reposicionar” a la mujer, pero no son suficientes para desterrar la idea de su inferioridad y su cosificación. El cambio, si bien debe ser promovido desde gobiernos e instituciones, tiene que nacer de abajo.

Somos nosotros, como ciudadanos, como hombres y mujeres, los que tenemos que enseñarnos a respetarnos. Tenemos que cuidarnos, entendernos, dejar el machismo estúpido que ve en las guasadas y los atrevimientos un signo de virilidad. No exijo la supremacía de la mujer, no pido un mundo dominado por nosotras: simplemente quiero poder caminar por la calle sin que me griten barbaridades, y poder estar en un boliche sin que me agarren y me toquen como si fuese una muñeca, y caminar hasta mi auto sin tener que vigilar si alguien me está siguiendo, y una incontable cantidad de cosas diarias que hemos perdido. Porque ser mujer es mi condición natural e inmodificable, pero tener miedo no.

Ludmila Llaver

Mendocina, futura periodista, apasionada por la música y la lectura. Creativa y pensadora, asegura que nunca se puede tener suficiente cantidad de libros... o de pares de zapatos.