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Música

St. Vincent y Annie Clark, un ícono de otro mundo

Por Maribel Díaz Romero

En el período relativamente corto de lo que hoy constituyen los álbumes de St. Vincent, Annie Clark se ha convertido en un ícono. Y eso no es ninguna sorpresa en lo absoluto. Sumando el ingenio y creatividad que caracterizan sus intrincadas composiciones, hay algo increíblemente misterioso tanto en su arte como su persona. Puede haber sido una buena racha o un simple deseo de evitar las formulas gastadas. Lo cierto es que hay algo extraño y maravilloso que nos ha dado la fuerza necesaria para ver cómo se desplazó más allá de tantas mujeres que emergen del indie rock. Pero, ¿qué sabemos realmente sobre ella? Influenciada por bandas tales como Sleater-Kinney, Bikini Kill y los grandes del jazz John Coltrane y Sarah Vaughan, Clark llamó a su proyecto musical inspirado por una canción de Nick Drake sobre el poeta Dylan Thomas, quién murió en el hospital St. Vincent de New York. En los años que ha estado haciendo música como la conocemos, Clark ha desarrollado una marca personal: es una multiinstrumentista con aptitud técnica templada por un gusto excéntrico y oído para las melodías pegajosas.

No sólo cuenta con un rango vocal fascinante sino que también es una de las guitarristas más interesantes y únicas que hemos escuchado en la última década. Una guitarra líder de principio a fin, capaz de una increíble variedad de texturas y riffs. Y eso que para muchos escritores de música por ahí se amplifica por el hecho de que Clark es convencionalmente atractiva. Y si bien es comprensible que muchos de esos tipos indie se han enamorado de ella – sea por sus rizos actualmente teñidos de lila, grandes ojos verdes y belleza casi exótica- además, es fácil simpatizar con Clark cuando se queja de la gente que destaca cómo su género juega un papel en su imagen como artista. Porque no va a decirnos algo para caernos bien. No va a estirar una sonrisa falsa porque sí. Tampoco es difícil imaginarnos a Clark desestimando los comentarios obsecuentes –digamos, babosos- o las bajas expectativas que devienen con aquellos, incitándola a sí misma en lugar de aspirar a más. Entonces, ¿cómo llegó a todo esto? Tal vez, por hacer alarde de un talento sin dejar que la defina.

Construyó una discografía que se disuelve en la idea persistente de que «mujer» y «virtuosismo» están en yuxtaposición. Y, ¿cómo llegó a neutralizar nuestra capacidad de categorizar -o más bien, marginar a- su trabajo como «femenino”? Con la constante reafirmación de su primacía y exigiendo la misma fidelidad que mostramos hacia nuestros ídolos en común. En realidad, el ascenso de Clark a la popularidad no ha ocurrido debido a una clara comprensión de quién es ni lo que está tratando de decirnos. Resulta interesante adivinar su mensaje, que a pesar de que puede ser difícil de entenderlo, no deja de intentar conectarse con nosotros. Con su álbum homónimo, probablemente estamos aprendiendo más sobre lo que está pasando en la mente de Clark que, sin embargo, genera aún más misterio.

St. Vincent: su influencia y evolución más reciente

Marry Me es lindo, divertido y sarcástico. Y está bien porque tenía 22 años. Actor es más bien cerebral. Lo compuso de manera premeditada en su laptop y lo fue a grabar directamente al estudio. En Strange Mercy trató de mantener los arreglos simples y utilizar sólo lo necesario para conseguir lo que buscaba. Ahora con St. Vincent, cambio y creció: es más humano e íntimo. Como ha dicho en varias ocasiones, la decisión de auto-título del disco salió de una lectura a través de la autobiografía de Miles Davis que la hizo sentirse en plenitud consigo misma. Y aunque todavía no sabemos dilucidar la desconcertante personalidad de Annie Clark en su totalidad, su disco homónimo se presenta como el más evolucionado de todos.

St. Vincent suena como St Vincent con la influencia de David Byrne. Las trompetas programadas en «Digital Witness», la tecnología prestada de Love This Giant, y los ritmos irregulares, bailables se fusionan con la firma Clark y culminan en una colección indispensable de la música alternativa. Se percibe como la realización de una estética que ha sido la construcción de toda su vida. También se siente como agarrar un cable de alta tensión con las manos desnudas. Es el sonido de la superación artística. Es un trabajo ágil, líquido, tímidamente digno de una obra maestra, pero sigue siendo una gran ambición, de arriba abajo. Se ríe de nosotros mientras nos da un baño de inmersión entre la retórica distorsionada del rock clásico, las voces y las explosiones pop hipermelódicas.

La resaca católica que apareció regularmente en Strange Mercy es una presencia que se mantiene firme: la redención y la oración en «Prince Johnny», las cosas mundanas y la espiritualidad en «Birth In Reverse”, los coros de iglesia en “Huey Newton”, la pseudo-confesión en “Digital Witness», el rechazo a la genuflexión en «I Prefer Your Love». Interpreta a su propio coro angelical en «Regret» con un riff muy parecido a Devo, sin duda un claro homenaje new wave que sería un conjunto difícil de manejar en los pedales de cualquier otro sujeto. Probablemente, Annie no sea de este mundo. No podemos imaginar a nadie más haciendo lo que ella hace. Probablemente, sea de otro mundo. Capaz que eso es lo que hace al trabajo de St. Vincent algo tan especial.

Maribel Díaz Romero

Periodista digital. Microblogger. Versátil. Amante del rock, y sus variantes, pero con un corazón que late con synthpop. Escribe sobre lo que le gusta con mucha pasión. Para ella, la única forma de escapar de las miserias de la vida son la música, las películas, los libros y los gatos.