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La chica que limpia, un thriller con tonada cordobesa

Por María Rosa Beltramo

Lo primero que se adquiere es la conciencia de que Córdoba es grande, misteriosa, atractiva y peligrosa. Uno la camina a diario, disfruta de algunos de sus rincones y suele padecer sus calles angostas, pero nunca la ve en pantalla gigante, como telón de fondo de una historia de cordobeses con pretensión universal.

Lo feo, lo lindo y lo malo de la ciudad y el heroísmo y las miserias de sus criaturas se muestran en “La chica que limpia”, una perla rara con las espaldas lo bastante anchas para competir con superproducciones hollywoodenses, joyitas nórdicas y clásicos british. Tal vez no fue deliberado pero lo real es que en el mundo del streaming, las series están una al lado de la otra, sin más jerarquía que las que se dispone a otorgarle el espectador.

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Las aventuras de Rosa, la chica que limpia, fueron escritas por Lucas Combina quién también dirige-, Greta Molas e Irene Gissara. El  trío participó hace un par de años de un concurso convocado por el anterior gobierno nacional  para proveer de contenidos a la Televisión Digital. Precisamente los cambios motivados en la nueva orientación política, demoraron el estreno local de la serie que se vio primero en Estados Unidos e Inglaterra.

En el elenco son todos cordobeses con excepción de la protagonista, Antonella Costa, y la actriz que juega el rol de su madre, Beatriz Spelzini. Rosa es la chica que limpia, una figura rodeada de un previsible anonimato. El apellido “Fernández”, aparece casi al final cuando ha cobrado un protagonismo que la coloca en el centro de la escena.

Antonella Costa (Roma, 1980) es la actriz que vivió un tiempo en Córdoba y participó de proyectos logrados como Garage Olimpo y Diarios de Motocicleta. Aquí encarna a la madre de Felipe, un niño de 7 años condenado por una peligrosa enfermedad a vivir -literalmente- en una burbuja, circunstancia que explica la infatigable dedicación con la que trabaja y el modo casi obsesivo con el que friega, lustra y repasa, como si de su pericia dependiera la eliminación de virus y bacterias, esos seres invisibles que amenazan la existencia de lo que más ama.

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Con la ilusión de reunir el dinero para llevar a su hijo a Estados Unidos y costearle un trasplante, Rosa limpia sin descanso y alterna las escaleras principescas del Palacio Ferreyra con el ring miserable de un club de barrio. Será allí, en una noche de apuestas fuertes y peleas arregladas, donde comenzará a forjarse una identidad  y un prestigio como experta en una clase de limpieza no tan valorada por la pulcritud resultante, como por su capacidad para destruir evidencias y borrar huellas.

Martín Rena y Marcelo Arbach son Correa y Gütiérrez, el dúo de policías comisionados para seguir el rastro del cadáver de un hombre y de algunas chicas desaparecidas, advirtiendo la presencia de un asesino serial y de un delito como la trata, que casi siempre se consuma con la complicidad del poder de turno.

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Con la tonada cordobesa, los investigadores funcionan como tantas duplas de cualquier otra parte del mundo: Sandro es brillante, levemente indisciplinado y vive perseguido por el recuerdo de una tragedia personal que lo tortura. Gutiérrez trabaja a sus órdenes y compensa con rigor profesional y entrega, su menor experiencia.

Es un verdadero acierto que hayan elegido como sede de la Central de Policía las oficinas del Centro Cultural Córdoba y que las tomas diurnas muestren las siluetas de los edificios que se pueden espiar desde sus ventanales. Disfrutar de la ciudad como escenario es un regalo extra cuyo valor se advierte en su real dimensión cuando uno repasa la lista de las series clásicas y enumera los lugares de los que se enamoró gracias a sus protagonistas.

Pero además “La chica …” está contada con ritmo y avanza ordenadamente hacia un universo más complejo, acompañada de una cuota de suspenso que alcanza su mejor nivel en el capítulo en el que un grupo de policías está a segundos de derribar la puerta del departamento en el que Rosa realiza, como siempre, esa tarea que convierte una porqueriza en un quirófano.

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La producción de Germina Films tiene la participación breve pero siempre decisiva de Camila Sosa Villada en el rol de una mujer trans cuyo testimonio proporciona la pista que abre una nueva posibilidad de investigación y, para acentuar el sabor local y el guiño a la audiencia de esta parte del mundo, aparecen  el periodista César Tappa -en el rol de un policía- y el estandapero Juan de Battisti, como un secuestrador.

Hay más aciertos. Los investigadores consiguieron eludir la tentación de los gritos histéricos y los malos tienen cierta naturalidad que permitiría confundirlos con un vecino normal y corriente. La Córdoba nocturna que se avizora en medio de la tragedia personal y familiar de Rosa, es un obsequio que agradecerá cualquier nativo y seguro atraerá a los foráneos.

En el elenco figuran también Felipe Tolosa, Alejandro Ramos, Hernán Sevilla, Pablo Tolosa, Sergio Oviedo, Yohana Pereyra y Eva Bianco. El primero conmueve en el rol de hijo de Rosa, mérito de su  temprana capacidad actoral y del maquillaje compone a un niño frágil, forzado a permanecer en una cama que refuerza el hecho dramático y actúa como justificativo permanente de las decisiones de la protagonista.

Virtud de la dirección y del guión es también -a medias científica y en parte artística- la manera que limpia Rosa hasta convertir su diaria rutina en una especie de destino circular, de cuya influencia no consigue apartarse. La serie tiene 13 capítulos de 26 minutos y se puede ver en el sitio cine.ar

Vale la pena prestarle atención. No todos los días  tenemos la oportunidad de ver una historia atrapante en una ciudad con tonada cordobesa.

María Rosa Beltramo

Periodista, trabajo en Cadena 3 y escribo un blog que se llama "Maravillas de este siglo".