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Moda

Arte y Moda, reflexiones en el probador de un shopping

Por Fede Castello

La aplicación del clima que tengo en mi celular marcaba 43° de sensación térmica. Estaba caminando por el centro de Córdoba sin rumbo fijo, esperando que sea la hora de mi consulta semanal con la psicóloga. Entre la ansiedad de desahogo, la humedad, y el calor del pavimento que estaba a pocos centígrados de pulverizar mis zapatillas, decidí, cual joven posmoderno, entrar al shopping para recorrer  vidrieras bajo el abrigo del sacrosanto aire acondicionado (nótese el oxímoron). Mientras deambulaba por los pasillos y subía y bajaba por las escaleras mecánicas sin ninguna dirección, resolví entrar al local de Complot, atraído por el escaparate que anunciaba la llegada de la última colección.

Entre los percheros, organizados cuidadosa y meticulosamente por color, me hallé con prendas estampadas con pinturas y dibujos de Jean-Michel Basquiat, un artista estadounidense que admiro mucho. A raíz de este suceso empecé a reflexionar, ahí mismo, mientras las vendedoras se me acercaban cual lobos hambrientos de clientes, si existía alguna relación entre Arte y Moda, y en el caso de respuesta afirmativa, cuál era su destino en las sociedades contemporáneas.

Seguía pensando, absorto con los ojos fijos en la nueva colección. Entretanto, una de las vendedoras,  ya un poco preocupada por mi interminable meditación con perchas en la mano, vino a preguntarme si quería probarme algo. Le respondí que sí. La intimidad del probador me iba a dar la posibilidad de seguir hipotetizando sobre esta temática con las prendas en mi poder.  

Una vez allí, de frente al espejo, recordé las declaraciones de Andy Warhol en las que se enorgullecía de haber hecho del fordismo y el sistema capitalista un arte. Rememoré los cuadros de Campbell’s Soup, la imagen seriada de Marilyn Monroe y todos las producciones del art business. Me interrogué, mientras me preguntaban desde atrás de la cortina cómo me quedaba la ‘‘remerita’’ que en realidad nunca me había probado, si el sistema de la Moda no estaba actuando justamente en relación inversa, al poner el Arte en el seno de la producción indumentaria en serie, como era el caso de esta nueva colección de Complot. Automáticamente se me vinieron a la cabeza las imágenes del vestido Mondrain de Yves Saint Laurent, las colecciones de Jean Charles de Castelbajac inspiradas en las pinturas Ellsworth Kelly, y las imágenes de las obras arquitectónicas y esculturas greco-romanas que respiran los vestidos de Dolce & Gabbana.

Concluí que si la Moda, con sus renovaciones permanentes, cambios efímeros y culto hacia el presente, había incluido en su terreno a las lógicas del Arte, cuyos fundamentos son más bien estéticos que comerciales, era porque ambos sistemas estaban transformándose de modo radical. Salí del vestidor, compré una remera que tenía estampada la pintura del Pez Dispenser de Basquiat, y dejé atrás el mundo del centro comercial, hermético y climatizado, con su iluminación artificial y suelos pulidos.

De vuelta en la calle, emprendiendo finalmente mi camino a terapia, me puse a observar cómo vestía la gente. Me llamó la atención lo heteróclito que era el paisaje en cuanto a vestimentas. Como si la Moda, con sus históricos dictámenes y enérgicos mandatos, hubiera desaparecido de la atmósfera (al igual que la capa de ozono, porque mientras tanto, la temperatura no dejaba de subir).

Ya acostado en el diván, en conversación con mi analista, inferí que la Moda en realidad no había muerto. Aún seguía viva. En realidad no había hecho más que cambiar de rostro y de territorio. Antes estaba centrada en la ropa y ahora se anexionaba al cuerpo. Era caprichosa y hoy ordena las regularidades de los cuidados del cuerpo. Quería el cambio perpetuo y hoy quiere la juventud eterna. Venía de la mano de las rivalidades de clase y hoy genera la ansiedad del individuo narcisista posmoderno en búsqueda constante de experiencias que satisfagan sus pulsiones hedonistas.Ahí estaba la respuesta que andaba buscando: la actual industria de la Moda ya no se basa en las lógicas de la producción masiva. Eso podrá haber funcionado a la perfección en la modernidad como consecuencia de sus sujetos insaciables y bulímicos de consumo, producto de la recién impulsada Revolución Industrial. Pero lo cierto es que en la actual sociedad de la información, compuesta de individuos encerrados en sí mismos, privatizados, emancipados de cualquier marco trascendental, y desprovistos de valores sociales y morales, la industria indumentaria necesita incorporar infaliblemente al usuario de las vestimentas en sus procesos de toma de decisiones. Necesita tener conocimiento personalizado de los gustos de las personas individuales y no por segmentos o agrupaciones homogéneas de clase.

El nuevo consumidor de modas ya no es un usuario desprevenido, pasivo, dócil, resignado. Está informado y muy interesado en poder plasmar sus vivencias y deseos narcisistas en el vestido. Por ello, a partir de ahora, los aspectos personales, lúdicos, artísticos y creativos pasarán integrar una parte fundamental en la industria de la Moda. Pasarán a ocupar aquél espacio que antes dominaba el eje de la lucha de clases. Con barreras permeables y sin delinear, arte, diseño, humor, sensualidad y moda son actualmente elementos indivisibles de un misma estructura.

De vuelta a casa, saco mi remera de la bolsa de papel, la dejo extendida sobre la cama y contemplo el diseño durante algunos minutos. Agarro una libretita y anoto: que ese dinosaurio concebido por Basquiat esté estampado sobre la remera es la prueba más  contundente de mi tesis: la vestimenta casi que ha perdido sus cualidades intangibles (posición social, marca, prestigio, honor, status) y ha empezado a asumir, en los años actuales, el compromiso de satisfacer, bajo la forma de un objeto de diseñolos deseos individuales de placer visual y estético.

La posmodernidad no ha matado el Arte ni la Moda. No es un homicida. Ha sucedido otra cosa muy diferente: los ha hibridizado y convertido en una forma de consumo frívolo, en un simple accesorio que entretiene la vida. Como decía Lipovetsky, no es que el arte haya dejado de apasionar al público, todo lo contrario. Nunca tantas bellezas artísticas han sido degustadas por tantas personas, pero ya no afectan a los sujetos más que de un modo superficial. Como un objeto de consumo, como una remera de Complot comprada al pasar en medio de una tarde de calor.

Fede Castello

Joven pop, amante de la moda y diversos estilos. Lector de tiempo completo y ácido cuando quiere. Generación Tumblr y espíritu de periodista.