Viajes

Cartagena en primera persona

Por Victoria Montenegro

A nadie le gusta leer 267 párrafos de un viaje que no hizo, salvo que diga “acá tenés la fórmula mágica de precio + excursiones + hoteles de lujo + experiencia antropológica de contacto con los lugareños” ¡OK! Pausa. Vamos al punto: me fui de viaje a Colombia. Voy a intentar no aburrirlos.

Me pasaron muchas cosas con este destino, partiendo del punto de que lo esperaba hace mucho. Pegué la vuelta y pensaba “ya está, ya pasó”. Lo bueno es que me dejó más sensaciones lindas que lamentos pos viaje.

Cartagena es un sueño hecho realidad; es poner escenario real a todos esos libros de Gabriel García Márquez que leíste, es ver a Fermina Daza asomada por el balcón de su casa echándole fly al pobre Florentino Ariza, es la ciudad de 2×2 en la que querés vivir de noche para tomarte una cerveza bien helada y comerte una brocheta de carne con verduras por 1 dólar. Es mi ciudad en el mundo.

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La Ciudad Amurallada. #Cartagena

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La verdad es que digo eso de cada ciudad de Latinoamérica que conozco, pero… ¡Cartagena es espectacular! Está enteramente diseñada para los turistas, de esos con bermudas, mocasines con medias y gorro a lo Gilligan…pero hay que saber transitarla para conocer sus recovecos; y ahí es cuando se torna maravillosa. De día es un viaje de ida y vuelta, de noche es un viaje solo de ida…de día visitas lugares como el Museo del Oro, o el Museo de la Inquisición. En el Museo de la Inquisición pasó algo extraño: dimensioné lo viejo que es el desprecio de la institución eclesiástica para con la mujer. Observé como los aparatos estaban confeccionados a medida de las partes genitales de la mujer para hacerla sufrir hasta… ¿encontrar el perdón? Qué se yo. 13:30 y el calorcito mezclado con la humedad pegaban fuerte. – ¡Ey amiga! Una cervecita para el calor. – Dale, ¿cuánto sale? – 3 mil pesitos – ¡Venga! – También tengo gaseosa, dulces (marihuanita de la buena)

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Así durante todo el viaje, porque ahí la marihuana se vende en los puestos como te venden una pulserita o un gorro panameño en la vereda.

La fortaleza es inmensa, envuelve a toda la ciudad y la aísla, es un pedazo de historia enclaustrado en un punto de Colombia, es la parte mágica del realismo. Con las zapas de correr me colgué la cámara y le disparé a todo lo que veía. No se puede dejar de fotografiar la arquitectura porque cuando crees que encontraste el balcón más colorido, a la vuelta hay otro más deslumbrante. Los enamorados se refugian en los huecos de la fortaleza, mirando hacia el mar.

Los chicos jugaban al futbol en todos lados. En un patio de la fortaleza se realizaba un campeonato y me decían que la final del mundial iba a ser Colombia – Argentina, como para cumplir. Es una de las pocas cosas que recae en la lista de similitudes con Argentina, la pasión por el futbol, las canchitas llenas de pibes con sueños de grandeza, la pasión por la camiseta. Coroné la vuelta a la fortaleza con la visita a la casa del Gabo. Me movilizó, pero no demasiado, el Gabo está en sus obras, no en un edificio. Llegó la noche, ¡Y con ella la Chiva! Un transporte mitad colectivo mitad vagón de tren, que te lleva por toda la ciudad parando en los puntos turísticos, con músicos en la parte posterior y ron con cola de cortesía. Es una experiencia muy divertida, sobre todo si vas con amigos o en pareja. La gente mayor que realiza ese tour puede tornarse muy festiva bajo los efectos del alcohol, y no hay nada más entretenido que un contingente de ancianos borrachos con ganas de bailar. En serio.

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  «Podrán cortar las flores, pero no detendrán la primavera», me dijo un colombiano cuando miraba esta foto.   Ver en Instagram

 

Al final de la Chiva todavía quedaba mucha Cartagena nocturna para recorrer: bares, (con la promesa de servirte “cervezas más frías que el corazón de tu ex”), heladerías, pizzerías, comida al aire libre, brochetas ambulantes, boliches, marihuana, lo que se te ocurra. Son esas noches en las cuales querés hacerte amigo de todo el mundo, pasear de la mano por las calles adoquinadas, comerte una arepa de queso mientras lees un libro usado que compraste en la entrada de la ciudad…una de esas noches. Una vez leí en algún post perdido en la red del cual no recuerdo la autoría, que decía algo así: “los viajes no se realizan hacia un lugar, se realizan hacia las personas”; esos 10 días yo viajé hacia mí. Al final del día no había nada más lindo que pararse al medio de la plaza central, mirar a la gente caminar, moverse, hablar, comprar, comer, besar y pensar: mierda, no hay nada más lindo que viajar.

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El Malecón de Cartagena sobre la muralla.

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Con el menú viajero viene incluido un “tip” por 50 centavos más:

Plata: nunca me acostumbré al cambio. Ahí todo es muy caro, hay que saber buscar precio, pero para saber buscar, primero, hay que saber cómo son los precios. Podría decirles que un dólar equivale a tantos colombianos pero eso cualquier conversor online lo resuelve. Lo importante es buscar equivalencias. Por ejemplo, una gaseosa de medio litro está al mismo precio que acá, lo que se traduce en 3 mil colombianos. Con eso calculaba todo: si una comida sale 15 mil colombianos, son 5 gaseosas de medio litro, ahí me daba cuenta si era caro o no. Es como tener 30 años y seguir sumando con los dedos, ¡pero me sirvió!

Victoria Montenegro

Periodista. Cree en la libertad de prensa, no en la libertad de empresa. Amante de transmitir mundos con la pluma y la cámara.