Entrevistas Sociedad

El 3 de abril ya nadie se acuerda de nosotros

Por Luz Agüero

Se preguntarán por qué una nota sobre niacin flush Malvinas aparece hoy, si no es 2 de abril. Si la coyuntura no ha puesto el tema en la agenda mediática. Si quieren enterarse, los invito a leer esta historia.

buy facebook fans and twitter followers Gabriel Travisán vive en la localidad de Cintra, a 200 kilómetros de la ciudad de Córdoba, con su esposa y tres hermosas hijas. Se gana la vida como taxista, pero antes de decirte su apellido, se presenta como clase 63. Tendría el cabello casi negro si no fuera por un surco de canas que le encuadra el rostro. Viste una musculosa de color verde musgo que revela su piel tostada y salpicada de pecas, producto del trabajo de campo.  

Durante muchos años no quiso hablar de su papel en la guerra, hasta que decidió que quería dejar un legado. Que sus futuros nietos sepan cada detalle sobre los diecisiete meses y dieciocho días que entregó a la patria. Él no estuvo en Malvinas, pero fue movilizado a Comodoro Rivadavia y luego integró la logística terrestre en el golfo de San Jorge, Santa Cruz. Pero no crean que, por no haber pisado el archipiélago, Gabriel no conoció el pavor y la indescriptible desolación de la contienda.

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Nos espera con un asadito y  dispuestos sobre la mesa varios objetos que lo acompañaron durante la vivencia que lo marcó para siempre: una boina colorada de paracaidista, un proyectil adornado con una cinta celeste y blanca,  la chaquetilla con la que lo enviaron a las gélidas tierras sureñas y una bufanda marrón. Se le llenan los ojos de lágrimas mientras cuenta que esa bufandita se la regaló una señora anónima el día que casi parte hacia las islas, junto con una nota que decía: De una madre para un soldado.Un día nos llenaron el bolsón de proyectiles, nos hicieron poner firmes y el jefe nos dijo que íbamos a ir a las Malvinas. Que apenas bajásemos del avión entraríamos en combate. El miedo empezó a correr por todos lados. El jefe transpiraba, yo tenía la ropa mojada y eso que hacía cinco grados bajo cero”.

Fueron al aeropuerto pero una neblina pesada impidió que en las islas le dieran pista a su avión. “A la mañana del otro día unas madres prepararon un agasajo, éramos 120 soldados. Cuando salíamos del aeropuerto para el  club donde nos invitaron a desayunar, un cordón de gente nos saludaba. En eso viene desde el aire esto envuelto y lo agarro. Desde ese día todos los inviernos le doy uso. Tiene mucho amor en los detalles, la voy a tener mientras viva”.

A la derecha, Gabriel con su boina de paracaidista.

A la derecha, Gabriel con su boina de paracaidista.

Pero la anécdota, por desgracia, no termina ahí. El batallón de Gabriel volvió a las trincheras y los pozos, donde en lo único que se pensaba era en volver al hogar. “Yo pensaba: soy joven, quiero vivir. Recién había empezado lo lindo de la vida. Pedía a Dios volver y compartir tiempo con mis viejos, sólo había vivido dieciocho años con ellos, me parecía tan poco”. Un 13 de junio sintió que le llegaba la hora: de nuevo estaban los 120 soldados esperando otro avión hacia Malvinas. Subieron sesenta de sus compañeros y el avión salió, el resto se quedó esperando el siguiente. Entonces por orden militar se le avisó al subteniente que no haga embarcar al resto de la tropa. Al descender los tripulantes del primer vuelo, las tropas inglesas los habían tomado de rehenes. “Todo lo que puedo decir no alcanza para que ustedes lo entiendan. Se sienten muchas cosas. Al rato nomás nos cuentan que nuestros compañeros se habían rendido. Todos murieron.” Esos sesenta muchachos yacen enterrados allá, en el Cementerio de Darwin en la isla Soledad, bajo lápidas sin nombre con la leyenda: Soldado sólo conocido por Dios.

Se sirve vino y le pido que no se emborrache en medio de la entrevista. Estalla en carcajadas. “Gabito” pasa velozmente del llanto a la vibrante risa, y quizá esa ambivalencia refleja la veleta que son los sentimientos que lo atraviesan desde ese 14 de junio de 1982 cuando terminó la guerra: por un lado la alegría de haber vuelto y formado una familia, por el otro la tristeza de haber perdido, de que tantos camaradas hayan dejado sus últimas exhalaciones en vano, y de haber visto desde el banco de suplentes como la Argentina era obligada a renunciar a las tan añoradas islas. Luce con orgullo la que considera su mejor condecoración, una medalla de plata con la figura de las Malvinas enchapada, que le regalaron sus hijas. Y afirma: si hubiera una guerra hoy, y no tuviera una familia que lo reclame, volvería dispuesto a encarar el frente de batalla.

Asegura que su cabeza siempre estuvo en el combate. Se siente como el jugador de fútbol que se quedó en el banco, comiendo bronca, mientras veía al equipo perder la final. Hoy cuando hace frío sufre un dolor punzante en los pulmones y tiene que extremar cuidados. Se le cayeron cuatro dientes. La odontóloga le preguntó: “¿Viviste algún estrés fuerte?”.

Gabriel con su esposa e hijas.

Gabriel con su esposa e hijas.

Afuera del quincho llovizna, y Gabriel controla la carne en la parrilla mientras nos cuenta sobre el día a día en los fortines. Mandaban cartas a sus padres, pero no podían contar que estaban flacos, congelados, con miedo a que los ataquen en el continente. Tenían que mentir porque el Ejército controlaba la correspondencia. “Durante la noche nos acomodábamos en un pozo con  una mesita para comer. La pasabas sentado y muy alerta por si tenías que saltar al mortero. El frío no te dejaba dormir. Y si te dormías no te despertabas más”.

Rodeado de campo, sus seres queridos y sus perros, confiesa que se siente afortunado, pero añora un reconocimiento por parte de la sociedad y el Estado. “En la guerra nunca salió el sol. Pero el día después de la guerra salió. Como si Dios hubiera alumbrado a los que sobrevivimos. A la noche viajamos sobre las municiones y llegamos a Córdoba. Yo venía con la idea de que el pueblo nos iba a recibir, pero no me recibió nadie”.

En 35 años ningún gobierno tuvo contemplación alguna con los veteranos que se quedaron custodiando las bases militares en la Patagonia, más allá del acercamiento en los festejos de rigor. “El 3 de abril ya nadie se acuerda de nosotros”, cuenta nuestro soldado. No son amparados por la ley 23.848, vigente en materia de pensión de guerra, ya que la misma especifica que se debe otorgar una pensión vitalicia a los ex soldados conscriptos de las fuerzas armadas que hayan estado destinados en lo que se denomina el teatro de Operaciones Malvinas (TOM) o entrado efectivamente en combate en el área del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (TOAS), y a los civiles que se encontraban cumpliendo funciones de servicio y/o apoyo en los lugares antes mencionados.

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Hay una competencia entre los soldados que no cobran y los que sí cobran. Estos últimos son los primeros en oponerse a que los demás veteranos sean reconocidos. Pero si se considera ex combatiente a todo militar que fue partícipe de un conflicto bélico, entonces las personas en la situación de Gabriel están en todo su derecho de reclamar algún reconocimiento por haber sacrificado tanto por la patria.  

Aunque el ninguneo también alcanzó a los veteranos reconocidos. Según datos no oficiales extraídos de Big Bang News, desde el final de la guerra se han suicidado más de 500 ex combatientes, casi tantos como los 649 que murieron durante el conflicto. Y la Asociación Combatientes de Malvinas por los Derechos Humanos estima que a esta altura el número es superior, el problema es que muchos de los suicidios no están contabilizados porque fueron caratulados como muerte dudosa o accidental.

“Gabito” cuenta: “Creí que me iba a olvidar. Pero pasan los años y el recuerdo viene cada vez más seguido. Te va pechando a hacerte sentir mal. A nosotros nos abandonaron. Somos uno más de la población que juramos defender”.

Frente a su casa hay una plaza, con una bandera izada. “A veces me siento y la miro por horas. Yo hice el juramento a la bandera en la guerra. Juré perder la vida por ella”.

Luz Agüero

Cuando era chiquita y no sabía escribir me empecinaba en dibujar todo lo que creía digno de recordar. Luego me hice rata de biblioteca, y cuando se me acababan los libros agarraba el diario. Quizá por eso terminé siendo periodista y locutora. Y como no soy tan interesante, me dedico a contar historias de otros.