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Música

El fin del ritual en #CR14

Por Matias Llorens

Mientras Ciro tararea las notas de una pieza de música clásica como introducción a una canción de su antigua banda, Los Piojos, yo escucho Pez. Trato de despejar la cabeza, desconectar un poco de lo que ha sido un fin de semana enchufado a la versión en vivo de la radio Pobre Johnny. Estoy a seiscientos metros del escenario y se escucha con claridad el repertorio vintage del músico porteño.

El Cosquin Rock fue muchas cosas, pero no un festival con el volumen bajo. Nadie vino a imponer sus decibelios controlados a las Sierras.

Fuerza Bruta: los sentidos en vuelo

Oscila hasta quedarse apenas encima de sus cabezas y las manos suben disparadas hasta casi sostenerlo: a pesar de la sensación claustrofóbica que produce el techo escenario al bajar hacia el público. Lejos de asustar, este busca de sostenerlo con las manos, y conectarse con las acróbatas que bailan encima suyo.

Poco a poco la música cambio. Lo que había empezado como un minimal tribal va mutando, llenándose de groove, y los espectadores se hacen cada vez más participes del espectáculo. La troupé desplega energía en cada movimiento y le imprime un ritmo vertiginoso, jugado. Extasiado, los observadores del show responde con aplausos y gritos.

El minimal tribal cambia a un marcado latin house al salir el foco del piletón colgante y pasar a una habitación hecha de telgopor, que pronto quedará destrozada. El ritmo se acelera, la participación de todos también. Rompiendo (literalmente) la cuarta pared, los actores saltan al público, destrozando placas del material de aislación y tirando papeles al aire. Una especie de musicalizador maníaco hace que caiga agua sobre la pista. Todos aplauden, gritan. Festejan.

Cuando el centro de atención vuelve al piletón basculante, la musicalización es trip hop. Una banda de sonido alucinante acompaña los saltos y los movimientos de las bailarinas en el agua. Desde el piso, observamos extasiados, respondiendo al menor estímulo con un derroche de energía: hasta cierto punto, el espíritu de rave que Reynolds da muerto en Retromanía por unos instantes se manifiesta bajo la pileta transparente del espectáculo de Fuerza Bruta. Comunión total.

Experiencia border a la Cosquín Rock

Que Favio Posca empezara su show bajándose los pantalones y sacándose un pañuelo del culo fue una manera concisa de mostrar el tono que iba a tener su unipersonal. Eso y una animación de como el culo se comía una zanahoria. La experiencia de ver y escuchar al humorista fue, sin duda, lo más extremo a lo que uno podía estar expuesto durante el festival. Dentro del Domo Naranja, unas trescientas personas debidamente acreditadas, disfrutaron con el performer.

De un ritmo trepidante y un humor ácido, el repertorio habitual (todo lo que se hizo, excepto lo de la zanahoria puede mirarse en Youtube) de Posca tuvo algunos intervalos musicales muy interesantes. Estos fueron muestras de las capacidades vocales y el oído atento e inteligente a la hora de seleccionar géneros musicales para darle otra dimensión a su show que tiene el humorista.

Haciendo mucho énfasis en el aspecto sexual de las personas, la presentación no era apta para todo público: una madre en primera fila tuvo que retirar a su hijo menor después de ver en la pantalla gigante del Domo como Ass Bunny, una parodia del conejo de Warner Bros, cuadro a cuadro se comía una zanahoria. Después de esto y a su debido momento diferentes personajes recurrentes de Posca salieron a escena: Angelito, el abogado drogadicto; Mirtha, un transexual que mostró su operación de cambio de género al público; y Pipito, un muchacho con problemas que es conocido por todos gracias al programa de Susana Gimenez.

A pesar de ser escatológico, los espectadores rieron y festejaron a rabiar cada una de las ocurrencias del excéntrico humorista. Una experiencia casi border apta para el público de Cosquín.

Babasónicos y el cierre de la fiesta

Ver a Dárgelos en movimiento sobre el escenario principal no fue particularmente difícil. Colmado de un público sub veinte y que a duras penas pasaba el metro sesenta de altura, fue el número más accesible para ver de la noche. Después de dar una breve conferencia de prensa en donde atendió las dudas de algunos periodistas, la banda salió veinte minutos adelantados.

Adrián Dárgelos es un frontman con todas las letras. Desde el primer momento del recital tuvo al público adolescente y femenino comiendo de su mano, al ritmo de las canciones de Romantisísmico y de sus discos anteriores. Babasónicos funciona como una banda soporte perfectamente aceitada, cuyo único objetivo es que el vocalista se luzca en todo momento.

Ataviado con una chaqueta de cuero blanca y cargado de energía, Dárgelos no se quedó quieto un solo momento de la hora y diez minutos que duró el recital. Contorsionándose e interpretando cada canción como si de una historia de su vida se tratara, las mujeres se sentían destinatarias de cada palabra, de cada frase.

Sin fisuras, el show que dio Babasónicos fue sin lugar a dudas a uno de los mejores momentos del festival. Más allá de si lo que están haciendo a nivel musical es accesible o no para el oyente promedio, la banda suena muy fuerte y muy ajustada y sabe que es lo que vende y a quién. La comunión entre público y artista en su máxima expresión.

Dream pop a la cordobesa y el garage bonaerense

La escena independiente cordobesa está en el límite difuso entre el dream pop y el shoegaze clásico. Bandas como Un día perfecto para el pez banana y Francisca y los exploradores, que tocaron en la apertura del día 3 en el Domo Naranja son claro ejemplo de esto. Cada una, a su modo, explora un sonido atmosférico, ensoñador y distorsionado, saturado hasta cierto punto, marcando un fuerte constraste con las voces suaves y armónicas de sus vocalistas.

Las bandas tuvieron distinta suerte a la hora de enfrentarse a su público. Un día perfecto… tocó para un auditorio medianamente concurrido, mientras que Francisca… tuvo que lidiar con uno de esos raros remansos en los que el Domo estaba casi vacío.

Es curioso las diferencias que hay entre las escenas de Córdoba como las de otros lugares como la de Buenos Aires. Mientras bandas con sensibilidad pop son las de mayor proyección en la provincia mediterránea, en Buenos Aires el rock garage, distorsionado y con el oído puesto más en lo que se escucha afuera parece tener mayor peso. Como muestra del Festival Ciudad Emergente, cuya versión cordobesa será coproducida por José Palazzo en mayo de este año, para cinco fanáticos (esos hipsters insufribles que valoran la distorsión y las guitarras por sobre todas las cosas), tocó Viva Elástico, una de las bandas independientes con mayor proyección en el futuro inmediato.

Con un estilo vocal desafinado y cercano al de Julian Casablancas, la banda demostró las razones por las cuales son una de las mimadas por la prensa especializada: buen ritmo, canciones pegadizas, estribillos memorables, todo suma para que la banda llame la atención.

Empezó a tocar una hora más tarde de lo que estaba programado, en otro ejemplo de los problemas de cronograma del Festival, pero con un profesionalismo envidiable, se ganó parte del público que de a poco fue copando el espacio Pepsi en espera de Eruca Sativa. Viva Elástico es una banda que tiene un carisma especial y que retrata en sus canciones algunas de esos grandes problemas existenciales de la pendejada contemporánea, que al fin y al cabo, son problemas que todos en algún punto tuvimos y tenemos.

Matias Llorens

Ácido a veces, siempre razonable y honesto con lo que piensa. Sabe de lo que está hablando y mucho. Desde música a cine, pasando por literatura, su gran pasión. En Negro&White escribe sobre NFL, otra de sus locuras.