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Música

Esperanza Spalding, marry me!

Por Javi Clarke

Empecemos por el final: Esperanza Spalding es muy grande. Cantante de jazz con voz y registros sin límites, intérprete magistral de bajo y contrabajo, carismática y divertida, con poderosa imagen de actriz o modelo, cuesta encontrarle algún defecto.

Con un currículum propio de una película de superación personal -criada en un ghetto de EEUU por su madre, a los 5 años tocaba el violín de forma autodidacta, daba conciertos a los 15, becada en una prestigiosa escuela a los 16, con 3 discos y 4 Grammys a sus 28-, Esperanza parece haber nacido con estrella.

Lo primero que llama la atención de su concierto en el circo Price de Madrid es que no hay entradas de pie, todos sentados, lo que recuerda más a la puesta en escena de un recital de música clásica. Respaldada por ocho músicos de viento, un pianista que combina piano y sintetizador, un guitarrista y un batería, y sin grupo telonero, apenas tarda 15 minutos sobre el horario previsto en salir a escena.

Y entonces uno, que cree saberlo todo en música, que cree haberlo escuchado todo, que cree estar de vuelta de todo, se enfrenta con su esencia amateur y su desconocimiento absoluto de lo que significa el jazz. Porque el jazz es como el cubismo, un estilo al que se llega desde otros estilos, un rizar el rizo de la teoría musical que no siempre entra con facilidad para un oído no acostumbrado. Y es que admitámoslo, que un ritmo no sea 4×4, que no sea cuadriculado, que en una canción no sea fácilmente identificable cada una de sus partes, es un reto del que no siempre se sale con éxito.

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Y desde el inicio Esperanza lo deja muy claro: este no es mi concierto, es el de toda mi banda. Los va presentando al principio, durante y al final, aprovechando cada momento en el que alguno se luce. Sabes cuándo empieza una canción pero no tienes ni idea de cuándo va a acabar, ni cuánto va a durar ni por donde va a pasar. Y si utilizas tus referentes habituales para hacerte un mapa mental de la canción (estribillos, puentes, interludios o solos), estarás abocado al fracaso. Aquí lo importante no es el qué, es el cómo. Y el momento álgido no es un estribillo, es cada momento que un instrumento decide salirse por la tangente. De hecho hay veces que no sabes siquiera si ha habido un estribillo o si sigues en el mismo tema.

Si pruebas a mover el pie al ritmo de la batería, pronto te das cuenta que tu pie se ha desfasado y no encaja. Si pruebas a tararear, descubres que su voz no entra al principio o al final de una estrofa, sino en momentos que no consigues cuadrar. Su repertorio es como un cuadro que si miras al detalle te hace perder la perspectiva, y el esfuerzo se encuentra en percibir el todo mientras disfrutas con las partes, pero no intentando analizar cada una de ellas. Por eso Esperanza Spalding resulta una maravilla que, sin embargo, no sabes cómo describir. Como una emoción que al definirla pierde significado.

Y es por eso que una artista tan compleja y avanzada tiene difícil recorrido en un entorno musical como el actual. Un panorama donde una canción tiene 30 segundos para enganchar, donde triunfan canciones envasadas al vacío, cuadriculadas y sin sorpresas, de fácil escucha y planificadas como una fórmula matemática, llenas de sintetizadores y voces con filtros sin variaciones hasta el final. La prueba es sencilla: prueba a ponerte un videoclip de Esperanza Spalding en Youtube y pronto descubrirás que te chirría, que te aburre, que no tienes paciencia. La música se ha convertido en un producto fácil de usar y tirar, en una hamburguesa, y al meter en el mismo menú el fast food y la delicatesen se produce una colisión evidente. Sería como meterle al Bulli una ventanilla McAuto.

Un concierto de Esperanza Spalding es una ocasión ideal para salir del consumismo rápido musical al que nos hemos acostumbrado, para dejarse llevar a un terreno desconocido, con otra velocidad, un menú a veces difícil de digerir pero que nos abre la mente a todo un mundo desconocido para el que se necesita pausa y reposo. Un repertorio que como mejor se disfruta es en directo, captando todos sus matices, como la profundidad de una nota suspendida en el aire que el mp3 borra sin piedad o como los planos que no capta un realizador. Esa sonrisa entre los músicos, esas miradas de compenetración entre la banda, esas improvisaciones que sorprenden a sus propios compañeros.

Simplemente, demasiado buenos para encajar en un molde como el de una radiofórmula. Por eso un directo es el ecosistema natural para apreciarla en toda su magnitud, y por eso cualquier otro formato no le hace justicia. Y es que acabemos por el principio: Esperanza Spalding es muy grande.

Javi Clarke

Mobile & New Media Director en IAB Spain. Antes Business Development Manager en Arvato Mobile y Mobile Manager en MTV Spain.