Viajes

Hobbiton, visitando a Bilbo

Por Ayelen Barrale

Domingo 7 am. Rumbo a Matamata voy al encuentro con la verdadera Tierra Media. Desde que comencé a planear este viaje por Nueva Zelanda, una de mis paradas obligatorias era “La Comunidad del anillo” y acá estamos, por entrar al mundo de Tolkien.

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De entrada este pueblo me recibe con aires “hobittoneanos”. Su I-Site luce como una típica aldea del mundo del anillo, ventanas redondas, vidrios artesanales, puertas labradas y un sin fin de tonalidades verdosas que me remiten a los múltiples chalecos y tapices de los pobladores medianos presentes en las seis entregas de Jackson.

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9:30 am. Comienza la aventura, nos alejamos de la “urbe” y es hora de adentrarse por los campos neozelandeses. Ovejas, ovejas y más ovejas. Entre paisajes monótonos, los comentarios del guía son la nota de color. ¿Sabías que sólo ocho locales, de las 800 personas que se presentaron al casting, pudieron participaron en las filmaciones?, o ¿Sabías que la ruta que te lleva a la farm donde se rodó ambas películas ya tenía de antemano el nombre “Baggins”? Coincidencias si las hay.

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Así entre campo y campo, una mancha verde intensa se asoma y cambia los ánimos de cualquiera. Llegamos al paraíso.

10 am. Desde lejos identifico ese inmenso árbol simétrico y una serie de flashes copan mi mente con escenas de esa gran fiesta en la primer entrega del señor de los anillos, allí donde todo comenzaba para un joven llamado Frodo. Me tiemblan las piernas, muy nerd lo mío pero es un sueño cumplido.

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Arranca el tour y esa pequeña comunidad se vuelve un todo. Arquitectura a la perfección. Todo estaba pensado, nada se escapa de entre manos, ni las diminutas flores de los jardines se salvan de tener un propósito práctico y estético.

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Me siento afortunada. Todos aquellos que seis años atrás visitaron este predio sólo encontraron huecos insulsos en medio de dunas amarillentas. Hoy la realidad es otra gracias a “The Hobbit” y lo puedo disfrutar sin perderme esa analogía necesaria e inevitable con cada escena filmada por esas laderas.

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Con un césped cortado milimétricamente perfecto e hidratado en su justa medida, atino a sacarme los zapatos y sentir mi andar como un verdadero mediano. Sigo recorriendo entre anécdota y anécdota, pasando desde la casa del pescador hasta el pastelero. De repente alzo la mirada, y allí está, aguardando radiante, perfecta, la casa de Bilbo.

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Cuesta arriba me voy acercando. El letrero “No admittance except for party business” me da la bienvenida a esa majestuosa casa (sin dudas la más grande y con una ubicación más que estratégica, vigilante del valle de Hobbiton). Tal como Tolkien lo imagino, así lo materializó Peter Jackson, al punto de mandar a pintar cada una de las hojas del árbol que reside sobre la casa Baggins del “verde correcto” faltando 9 horas para el comienzo de rodaje y por solo dos semanas de grabación en la comunidad del anillo.

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Desde su frente se observa todo. Un pueblo de ensueño rodeado de colinas que lo aíslan de la realidad neozelandesa y del siglo XXI. 11:30 am. Con un sol que parte la tierra, sigo recorriendo sus praderas. Tengo sed. Los guías lo detectan y nos invitan a la taberna. “The Green Dragon” nos espera con unas ginger beer bien heladas.

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Sin perder el encanto de la tierra media, ese ambiente rústico y tosco sigue avivando la imaginación de los fanáticos del anillo. Con chimenea de por medio, pasan las sidras de manzana artesanales y las cervezas de ginger. Vamos cerrando la mañana.

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Es tiempo de volver a la realidad. Adiós Bilbo, adiós Frodo. Me subo al micro que nos devuelve a la civilización y, entre montaña y montaña, Hobbiton se guarda su magia y lo pierdo de vista.

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Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.