Sociedad

La paz en Colombia ya no depende de las FARC

Por Yeny Ortega Benavides

Como colombiana viviendo en el exterior, hay dos acontecimientos que lamento profundamente haberme perdido. El primero, cuando mi equipo (el glorioso Deportivo Pasto) salió campeón del fútbol colombiano. El segundo, la firma del acuerdo de Paz con las FARC.

Por el primer acontecimiento esperé 27 años. Al segundo, honestamente, no creí llegar a verlo mientras estuviera viva.
Lo más curioso y lamentable, cuando naces y vives en un país en guerra, es que te acostumbras a vivir en ella. Se vuelve algo, no sé, cotidiano.

El conflicto en Colombia lleva más de 50 años. Puedo decir, entonces, como ya lo he dicho en otras ocasiones, que sólo conozco un estado de mi país: la guerra. Desde pequeña, escuchaba a mis padres tomar estrictas medidas y calcular matemáticamente las horas y las distancias para viajar de la ciudad a la casita que teníamos en el campo. «De noche no se viaja», era casi una muletilla.

Durante mucho tiempo viajar por ruta en el país sólo fue una opción para los verdaderos valientes. Las rutas estaban militarizadas; las imágenes de campos de secuestrados emitidas por los noticieros televisivos y palabras como «pescas milagrosas» y «pruebas de vida» se hacían parte del vocabulario común de los colombianos. “Secuestraron al hermano de Gloria”, decía mi mamá en la mesa. Sin embargo a mí me asustaba más el «te tomas toda la sopa, y punto!» con el que remataba el comentario.

En mi época de universitaria me radiqué en Bogotá para empezar mi carrera como periodista. Tuve un par de compañeros que fueron secuestrados, otros debieron simplemente desaparecer sigilosamente por amenazas a ellos o a sus familias.
Estuve muy cerquita el día en que las FARC pusieron una bomba que voló un Blockbuster Video matando a dos empleados del local. Fui víctima directa del atentado del Club El Nogal, símbolo directo de la incursión de una guerrilla hasta entonces netamente rural, a la ciudad.
Es curioso, porque estos acontecimientos los tengo tan naturalizados que al momento de escribir estas líneas los redacto como si estuviera elaborando mi currículum.

A lo largo de todos estos años, todos los candidatos hicieron de la Paz el eje de sus campañas para llegar al gobierno. A Juan Manuel Santos se le dio. Pero es inocente pensar que fue un sólo gobierno el que logró lo que parecía imposible. Como es inocente, y hasta absurdo, creer que la Paz se logra con un acuerdo firmado entre dos partes, como si se tratara de un alquiler.

Hoy, domingo 2 de octubre, los colombianos tienen la difícil tarea de votar SI o NO por la Paz. Es un plebiscito que implica ejes un poco más complejos (¿Quién no querría vivir en un país en Paz?). El país está dividido. Quienes defienden el NO (liderados por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez), creen que el acuerdo con las FARC está cargado de “impunidad” y que los, hasta ahora guerrilleros, deben ser juzgados y condenados, pagar sus delitos en cárceles comunes y no tener derechos civiles y políticos. Los que defienden el SI, creen que ya no hay más espacio para el conflicto, que todo es preferible a seguir viviendo bajo la sombra guerra, y que las cosas “sólo pueden mejorar”.

Siempre he dicho que, políticamente, soy peor que Facundo: no soy de aquí, ni soy de allá. Nunca pude votar para presidente en el país donde resido, y tampoco pude volver a elegir mandatario para el país del que hace 13 años me fui. Si usted se pregunta qué votaría yo, sepa que votaría SI. Votaría SI porque esta guerra tiene que terminar. Votaría SI para que quienes votan NO puedan vivir en Paz. Votaría SI porque tanta muerte me enseñó que hay que vivir. Creo y defiendo la Paz con la misma certeza con que creo y defiendo la idea de que no va a ser posible mantenerla mientras persistan la desigualdad y la injusticia (con hambre no hay acuerdo que valga).

Ese será el verdadero desafío de todos los colombianos, todos, no sólo los gobernantes y políticos. La Paz es un hecho, y va a ser muy raro vivir en un país sin el monstruo al que, durante más de 50 años, le echamos la culpa de todo. La Paz no es el fin, sino el comienzo. Se nos acabaron las excusas, ahora sabremos de qué estamos hechos los colombianos.

 

 

Yeny Ortega Benavides

Colombiana. Lic. en Comunicación y Periodista. Doctorada en Comunicación y futura locutora. Madre de Azrael. Amante del café de la mañana y del Malbec de la noche.