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La voz ausente: la novela de Rolón, donde no se puede confiar, ni siquiera en lo que no se dice

Por Luciano Zahradnicek

La mente es una obra maestra en sí misma que sorprende a ajenos y propios. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nos desafía? Mecanizada y automatizada, está preparada para ocultar en sus rincones más profundos todas las experiencias que nos hacen sufrir. O ponderar con status los momentos que nos hicieron muy felices. Pero, aún considerando a conciencia que podemos bloquear aquello que adolece en nuestra alma de por vida, olvidamos que el cerebro no desecha nada. Y es ahí cuando el inconsciente cobra sentido. Nunca se preguntaron por qué sufrimos diferentes fobias a otros; o por qué tal o cual situación nos tensiona más a algunos que a otros. Aunque para los psicólogos ésta es una explicación demodé, uno puede responder argumentando que estas cuestiones se fundamentan en el hecho de reconocer que todos somos diferentes. Fin de la discusión. Pero después de leer la última novela de Gabriel Rolón, titulada  “La voz ausente” creo que a esta definición le falta una vuelta de rosca para que cobre sentido: a todos nos afectan las cosas, en diferente grado y de determinada manera, porque somos diferentes… como consecuencia de un pasado.

La música clásica ha sido la llave del portal que le daba paso al infinito cuando su mente necesitaba escaparse del mundo real. Pero ahora, pese a que estaba en trance escuchando atentamente ese concierto, el regocijo de saber que su paciente había conseguido hacer su presentación, lo hacía mucho más feliz que la partitura que hacía las veces de banda sonora. Cuando salió de la sala y encendió su celular, entendió que lo onírico quedó detrás del umbral de la puerta. Y, que de ahí en adelante, lo esperaba el mismísimo infierno.

Su mejor amigo, José Heredia, “El Gitano” estaba en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital de Clínicas. Según le dijo Helena, “había intentado suicidarse” con un disparo en la cabeza. Rouviot sabe que eso es imposible. Alguien lo quiso matar. ¿Quién, por qué?


«Y, a él, la pasión lo seduce y lo aprisiona, porque tiene una característica que lo fascina: con una cara mira al amor, y con la otra a la muerte” La voz ausente, página 67.


Pablo Rouviot vuelve a copar las páginas del último libro del reconocido psicoanalista Gabriel Rolón. A lo largo de las 540 páginas que componen la obra, el escritor se ha propuesto marear al lector en un thriller psicológico en el que lo que se dice, voluntaria e involuntariamente, resulta fundamental para el avance la historia.

Si bien el eje central del argumento giran en torno a la búsqueda de un responsable por el intento de homicidio de su amigo, la novela se divide en cinco partes que muestran cierto carácter autónomo. En cada etapa, la trama avanza, pero va tomando giros inesperados y pone foco en otros personajes.

De una lectura ligera pero con un gran contenido, Rolón ha sabido combinar con astucia el lenguaje de la narración literaria con los tecnicismos propios de la psicología. Y tal vez sea ésta la cualidad que haga que Rouviot sea “alguien”, más allá del personaje de ficción. Este hombre misterioso, seductor y sombrío es también un gran intelectual, que como pez en el agua hace docencia sobre diferentes conceptos y patologías propias del psicoanálisis. Y a su vez, completa su abanico de soberbia cultural con música, pintura y literatura… mucha literatura.

He leído varios libros de escritores hispanos (y argentinos) en el último tiempo y ninguno me ha despertado cierta observación. Si bien esta es la segunda novela que protagoniza Pablo Rouviot, no creo confundirme al considerar que, tal vez, con alguna entrega más, este personaje corra la misma suerte que el Profesor Robert Langdon de Dan Brown. Ellos son, en mi opinión, personajes-personas que trascienden lo inmaterial de su existencia literaria. Y,  como comentario de color, linkeando la literatura con el cine, de cumplirse mi premonición el actor chileno Benjamín Vicuña, estaría condenado del mismo modo que le ocurrió a Tom Hanks.

En esta novela, Rolón ha demostrado una vez más que sabe contar historias. Desde el comienzo te atrapa y los giros en la trama te desconciertan al punto de entender que la única manera de satisfacer la compulsiva necesidad de saber qué pasó, es cerrar la contratapa. Personalmente creo que la historia se pone muy jugosa en la cuarta parte y de ahí un abismo literario.

De este material, me llevo dos cosas: la primera, haber recordado lo mucho que me gustan leer este tipo de historias donde el suspenso y la mente humana van de la mano. La segunda, la astucia intelectual con la que el autor ha puesto a diferentes clásicos de la literatura universal a dialogar en un tablero de ajedrez. A su vez, me ha despertado curiosidad por leer a autores específicos del campo de las ciencias sociales, como Kierkegaard, de quien me he apuntado algunas frases que aparecen a lo largo del libro.

El final, sublimemente inesperado. Me ha dejado más que conforme. Al dar vuelta la última página, a eso de la 1 de la madruagda de un martes, me cuestioné el por qué del título. La respuesta vino como un haz de luz. La voz ausente… la herramienta que usó Rouviot. Dejé el libro y apagué la luz de noche. Y en medio de la oscuridad, pensando en esa idea, por un instante sentí miedo de soñar. No entro en detalles para no spoilear.


Rouviot sabe que tiene que encontrar al responsable del intento de homicidio de “El Gitano”. En el medio, Helena, Bermudez, Candela, Sofía, Hernán y Dante. Sabe que para descubrir la verdad, no puede confiar ni siquiera en lo que no se dice.


Luciano Zahradnicek

Curioso, inquieto y filosófico. Admirador del arte la música y el teatro. Me defino como un compulsivo lector. Periodista profesional.