Sports

Me siento como Messi

Por George Blanco

|Por George Blanco @georgeblanco

Me siento como Lionel aunque mis pies no valgan un centavo y los de él no tengan precio. Aunque su rescisión de contrato sea de mil millones y mi sueldo apenas pase lo de cualquier básico. Aunque sus vitrinas tengan un par de Champions, un campeonato mundial de clubes y unas cuantas Ligas. Entre las similitudes, está que tenemos la misma edad, amamos el futbol y, casi como un juego del destino, los dos nos frustramos al mismo tiempo. Yo, él, millones.

Tirado en el piso de una cancha con 40 mil personas qué, como una ruleta rusa y víctimas del desmanejo de la ilusión que provocan los mandamás de la estructura del futbol, alientan y lloran, descargan, putean, reaccionan. Otra ‘coincidencia’ es que ninguno de los dos vio a la Selección ganar nada. Porque cuando Diego la metía contra los ingleses para después dar la vuelta en México, apenas empezábamos a hablar aunque Messi ya pateaba la pelota. Porque los dos apenas escuchamos las voces de la Copa America con el Coco, en el 93, que suponía la continuidad de un proyecto ganador, de una mentalidad ganadora,  que le había dado a la Selección ni mas ni menos que un campeonato del mundo y un segundo puesto en Italia 90, ambos con Bilardo.

Aquel inicio de la era Basile había tenido sus primeros laureles en el 91, con otra Copa América, y prometía extender ese reinado. Como hoy, no tenía tanta explosión por las bandas y el esquema se le parecía al que anoche tuvo, en más de una ocasión, a Uruguay contra las cuerdas. El Cholo, Redondo, Diego y Cani, Bati y Balbo. Me siento como Lionel, porque cuando seguramente habíamos logrado aprender a encolumnarnos detrás de esos ídolos mientras nuestras infancias transcurrían en Cordoba y Rosario, una señora regordeta se llevo a Diego en Boston y se caía todo.

Me siento como Lionel aunque él cambié esa primera frustración por un camino en el fútbol y yo, yo simplemente crecí, como él, pero con un camino diferente. Jorge Messi se lo llevaba a la Masía con la esperanza de volver, aunque el romance con esa Selección, cuestión que hoy muchos critican, comenzaba para estar al acecho ante la primera oportunidad. Le llego en el Sub 20, mientras la mayor venia cosechando fracasos, desde Holanda en Francia 98 hasta Suecia, que nos dejaba afuera de Japón 2002 en primera fase, con Bielsa como DT.

Incorregible, Lionel se animaba y con 17 años, el hombrecito al que tantos atrevidos tildan de “falto de carácter”, aceptaba el proyecto de Pekerman, aceptaba ser carne cruda para almas voraces, capaces de devorar la primera presa (sin importar que sea la mas valiosa) con tal de saciar esa necesidad imperante de “conseguir algo”. La prensa, la gente, todos empezamos a hacernos eco del “Hay que ganar como sea”; “A estos putos le tenemos que ganar”; “Somos Argentina, les tiremos la camiseta”.

Lionel, de espíritu inconformista, tropezó sin ser protagonista, con la mirada en el piso, en un banco de suplentes y frente a Alemania en 2006. Al mismo tiempo, era participe de la transición entre Rikjaard y Pep Guardiola en Barcelona, cuando comenzaba a asumir el rol para el cual estaba destinado en su vida: ser el mejor, convertirse en una leyenda viviente capaz de quebrar todos los récords. Yo y mi andar, que incluían el paso fallido por una carrera universitaria, posterior a tener la “mejor adolescencia del mundo”, empezaba a mirar al jugador antes de la persona.

Y reconozco, como se lo hice anoche a una persona, que no es 100% de mi paladar, aunque como escriba novato que soy, las palabras, casi como su velocidad, comenzaban a sucederse en mi cabeza después de verlo jugar. Entonces entendía, deseaba equivocadamente, que Lionel nos diera una alegría. Me había empachado de ellas con el club de mi vida, Boca: Libertadores, campeonatos locales, campeonatos del mundo.

Empezaba a creer en la Selección, frente los demagogos, siempre a la orden del día. Y fueron precisamente ellos los que nos hicieron creer en la generación del 86, en Diego, en Mancuso, en Ruggeri (desde afuera) y hoy en Batista. Amo a Diego, y en aquel momento me aferré, como seguramente se habrá aferrado Lionel y todos, al espíritu de Maradona. Nos encomendamos al “Voy a morir con la mía” y nos comimos 4 contra Alemania, el verdugo de turno, poniéndonos en la cara la evidencia de un proceso virulento, experimental como el de Maradona, del que fuimos parte, encantados. Antes había sido Brasil en la final de la Copa America de Venezuela, aunque aquella versión del Coco en su segundo ciclo, a mi criterio fue la mejor imagen de la Selección en los últimos años. Como lo fue Uruguay. Otra frustración para el pibito, que cambiaba criticas por fuerza de voluntad, que transformaba indiferencias por  ganas de pertenecer, como si hiciera falta comprobar que “Messi es Argentino”.

Anoche, en Santa Fe, tuvo su oportunidad mas reciente después del golpe tremendo a la ilusión en Sudáfrica, de revertirlo en la cancha. Lo hizo, con Lugano comiendole los pies, con sus compañeros llegando a destiempo en su nuevo rol de asistidor, y con Muslera enorme desviando su sueño. Fue Muslera, pero también fueron sus miedos a las criticas, sus ganas contenidas de terminar las jugadas. Ponderó el espíritu colectivo que tanto se le reclamaba, que recién llegó anoche, en alguos pasajes del partido y a partir de su predisposición. Aquel que Batista utilizó para vender humo. Anoche, solo Higuaín supo interpretarlo. Los demás no pudieron, por ellos, por el arquero de la Lazio, por el palo.

El Checho demoró dos partidos en darse cuenta de que el unico esquema posible para lograr funcionalidad en un equipo para Messi, era este. Demasiada hidalguía para dejar afuera a Pastore aunque el esquema incluía a un cinco creativo, el mejor desde Redondo, como Gago. Fernando venia sin continuidad pero lo dejo atrás y se asocio bien con Lionel frente a Costa Rica. Anoche, gano lo primero.

El 9 de área natural, tan anhelado en Argentina por estas épocas y omitido por el seleccionador hasta Costa Rica, logro presencia con el Pipita, que demostró sentirse cómodo con Messi. Demasiado tarde, el capricho de Batista por el “Que diran” con Tevez fue determinante. Carlitos rezongaba como nene (basta de esto) por su pobre desempeño como 11 justificando que no era su posición. El Kun, el 11 que tenia que ser, la rompió contra Costa Rica pero antes, en el primer capitulo del logro que no fue, había insinuado frente a Bolivia, con un golazo. Anoche no estuvo fino y no pudo ser.  Mejor no hablar del oficio resquebrajado de Masche y de la pobreza, técnica y síquica de los centrales, Milito y Burdisso.

Y entonces comenzaban los murmullos, y entonces otra vez, aquel castillo de naipes hecho con el prestigio y la camiseta, tirado abajo una y otra vez en los últimos tiempos, volvía a desmoronarse. Como Messi, cuando Muslera se quedó con un rebote. Habrá pensado, como yo, en la maldición de este camino errante. Con la diferencia de que él estaba ahí para poder cambiar el curso y con la impotencia propia de chocar, una y otra vez con factores tan diversos que incluso reflejan mas factores psicologícos que otra cosa.

Todo un país en el piso, arrodillado, clamando por un ídolo, buscando una razón. Tal vez sea momento de cambiar desde el primero al ultimo eslabón, sin dejar nada librado al azar. Sin recurrir, casi como una ofrenda obligada, a viejas glorias. Sin miedo al futuro, algo que despierta tanto temor en este pais: el futuro. Tal vez sea el momento de que Lionel y el resto jueguen como saben hacerlo.

Tal vez sea el momento de que los hinchas no esperemos nada sin ilusionarnos previamente. Ilusionarnos de verdad, con cuestiones reales, cuando definitivamente las cosas cambien en esta Selección. Tal vez ahí ya no haya tantas caídas, tal vez ahí Messi, y todos podamos ser libres para poder volver a escribir la historia, dándole la espalda a los fantasmas y mirando para adelante. Una nueva historia.

George Blanco

Pura pasión y puro ingenio. Creativo, pacífico y amante de la vida. Escribe por naturaleza. Atleta, fondista. Rocker fascinado y fascinante. Además de socio fundador, George Blanco es la impronta de N&W hecha persona. Lecturas épicas.