Viajes

Queenstown, tierra del snowboard y la meditación

Por Ayelen Barrale

Es la última noche, quedan sólo un par de horas para despedirme de uno de los pocos lugares de este país que realmente me cautivó. Me encuentro sentada junto a mi amiga frente a una especie de altillo donde las estrellas literalmente nos cubren, son esos espacios donde te encontrás más fácil, sin distracciones y las conversaciones fluyen como el viento. Así estamos, terminando de ponernos al día sobre los que nos pasó en todo este tiempo donde cada una viajó por su lado, y hoy, en la recta final de mi viaje, el destino nos vuelve a juntar.  http://homeworks-get.com/?mining=ethereum-mining-rig-requirements Queenstown sabe hacerse querer, ofrece todo de sí desde el primer instante que la ves… ¿cómo querer irme de un lugar así?

Día uno.

Esta aventura la decidí empezar diferente, por tierra. Viajé siete horas en bus desde el norte de la isla sur hasta el sur del sur (valga la redundancia). Son esas decisiones donde juega 50/50 la causalidad y el azar. Cada kilómetro recorrido era un deleite para los ojos: lagos, montañas y senderos donde todo tenía un reflejo aún mejor sobre las aguas cristalinas y turquesas de las lagunas que seguían mi camino.

De pasada conocí el Lago Tekapo, una especie de valle rodeado de farms que lograban generar admiración por ese círculo líquido turquesa tornasolado que servía de espejo para el cielo y sus nubes dibujadas. Es en estos lugares donde la madre naturaleza te tapa la boca y te sacas el sombrero ante ella.

wanaka

Tres horas más tarde, Wanaka se interponía en mi ruta. Desde este punto comencé a notar un patrón común de estas ciudades sureñas kiwis, un estilo alemán a flor de piel, búngalos por doquier y callejuelas que concurren a la main street, corazón comercial de este pueblito de montaña. A sus pies, otro espejo de agua rodeado de picos nevados. A partir de allí, los cerros toman altura y sus caídas lucen más vertiginosas y cubiertas de hielo invernal.

Sigo viaje, el destino estaba cada vez más cerca, mientras, el sol caía y la noche se apoderaba de la carretera. Poco a poco, sentí que la velocidad disminuye, el tráfico se relentizaba y experimento el primer embotellamiento en el país del orden. Multitudes de todas partes del mundo se agolpan hacia Queenstown, la tierra del snowboard y el relax.

Pensaba que mi día estaba perdido porque llegaba a la ciudad cuando caía la noche; otra vez me equivocaba. En este valle, la vida empieza temprano pero no descansa hasta horas de la madrugada. En este sitio hay vida, más que nada, ganas de vivir potenciadas.

Queenstown

Mi amiga me recibe y comienza a mostrarme lo que la cumbre del “turismo aventura” ofrece. Es así que a una hora de haber llegado, ya estaba internada en uno de esos bares backpackers donde vestirse cómodo es la clave, y pasarla bien es la razón de su existencia.  Entre pool y cervezas llegó la medianoche y el hambre me atacaba. Acostumbrada a los horarios estrictos de comida neozelandesa, pensé que era un caso perdido, pero ahora estaba en una realidad paralela, un sitio cosmopolita que entiende a sus huéspedes internacionales. Me olvidaba que estaba en la meta del turismo invernal. Salimos afuera y las mejores hamburguesas del mundo nos estaban esperando.

Antes de viajar había escuchado sobre un lugar donde comerte una hamburguesa era cosa de otro planeta, me hablaban de Ferburguer. ¿Cómo se los describo?, creo que sólo había comido una burguer similar en Montañitas, Ecuador; casera y sabrosa, pan crocante, mucho condimento, además de lechuga y tomate bien frescos.  Esta superó mis expectativas, diría que el triple por su tamaño. Es un “must to do” cuando se visita este town.

ferburguer

Sin pensarlo, sin planes y sin expectativas, un día que pensé que resultaría perdido, terminó siendo uno de los más aprovechados dentro de este año que vivo viajando. Aún me quedaban muchas cosas por ver y hacer. Descanso y sigo con esta aventura.

Día dos. 

Un ventanal es mi despertador. Los rayos de sol se escapan de entre las cortinas exigiendo ser vistos. Las montañas me saludaban, resplandecientes, cubiertas de nieve y en su mejor forma, aguardando ser visitada por miles de deportistas y un par de colgados como yo.

ventanal

El día ya estaba planificado. Por ese momento, dejé descansar a  la capital del snowboard y, con mate en mano, emprendo un viaje de tres horas  a las ciudades más australes de Nueva Zelanda, Invercargill y Bluff.

Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.