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Río 2016 es historia

Por Lautaro Prata

Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro terminaron y a partir de ahora recordaremos, a lo largo del tiempo, las históricas hazañas. Lo que no recordaremos y quedarán enterrados bajo la arena de Copacabana son los mitos y las críticas a la ciudad carioca.

El día gris, el viento y la lluvia hacen parecer aún más despobladas las calles de Copacabana, Ipanema y alrededores. Es que luego de la épica ceremonia de clausura de Río 2016 se cierra una nueva etapa tanto para deportistas, como para periodistas y también para todos aquellos que llegaron a la “Cidade Maravilhosa” para disfrutar de la cita olímpica. La mayoría ya están de regreso, o en camino, hacia sus hogares para encontrarse y contarles a amigos y familiares aquellas historias o anécdotas que vivieron durante los últimos 16 días.

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Y es que siempre un evento a nivel planetario deja muchísimas historias. Entre ellas podemos destacar la tan ansiada medalla de oro para Brasil en fútbol, la única competencia que el equipo carioca no había obtenido nunca. Las ovaciones a Del Potro en el estadio, en el avión y en su llegada a Argentina. Los saltos, movimientos y piruetas de la estadounidense Simone Biles que sorprendieron al mundo entero. El “triple triple” obtenido por el jamaiquino Usain Bolt. Las dos propuestas de matrimonio, tanto de una pareja homosexual como de una heterosexual, demostrando los valores de diversidad y respeto que profesa el olimpismo. Los casi medio millón de profilácticos repartidos en la Villa Olímpica. La ayuda mutua de la neozelandesa Nikki Hamblin y la estadounidense Abbey D’Agostino para poder finalizar la prueba de 5000 metros. La selfie de “la paz” entre corea del norte y del sur. Las emociones y las lágrimas derramadas por deportistas tanto de países propios como ajenos. La nueva barrera -más que récord- impuesta por Katie Ledecky en natación. La emocionante historia de superación del argentino Santiago Lange. La apabullante victoria del equipo de básquet de los EE.UU en la final sobre Serbia. La sorpresa de Gran Bretaña relegando al 3er puesto en el medallero olímpico a China. Y la consagración de Michael Phelps como el deportista más ganador en la historia de los Juegos Olímpicos, entre tantas otras historias.

Pero también hay historias de tristeza y de decepción, como por ejemplo la última cita olímpica de la generación dorada de Ginobili y compañía. La despedida de dos de los máximos deportistas olímpicos de la historia como Usain Bolt y Michael Phelps. Las lágrimas de Yulia Efimova y Renaud Lavillenie por los abucheos del público brasileño. La suspensión a los atletas rusos por los casos de dopaje. Las lesiones del gimnasta Samir Ait Said o de la ciclista holandesa Van Leuten. Los comentarios sobre el sexo- género- de la sudafricana Caster Semenya. Los problemas que tuvieron las primeras delegaciones que se instalaron en la Villa Olímpica. El supuesto robo inventado por los nadadores estadounidenses. La despedida de Yelena Isinbayeva sin haber podido deleitarnos con su garrocha en Río. La lucha del etíope Feyisa Lilesa por la represión étnica que sufren los oromos en su país. Las declaraciones de Rafaela Silva, la judoca procedente de la favela Ciudad de Dios, quien sufrió racismo y fue comparada con un mono tiempo atrás. La muerte del alemán Stefan Henze. Y la participación de los 10 atletas que no olvidaron, ni por un instante, que competían como refugiados.

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Pero Río de Janeiro supo dar la nota. Todos los que estuvimos aquí en Río pudimos comprobar que aquellas noticias negativas que rodeaban en la previa a los juegos fueron más que nada prejuicios de países primermundistas sobre la capacidad que tenía un país latinoamericano en organizar unos Juegos Olímpicos, más que lo que realmente aquí pasaba. Sin embargo Brasil demostró estar a la altura. A diferencia de lo que ocurrió en la última Eurocopa en Francia aquí no hubo casi hechos de violencia, no hubo batallas campales por la ciudad como sí las protagonizaron los hooligans europeos. Sólo un argentino y un brasilero dieron la nota en el partido de tenis entre Del Potro y Djokovic. Luego, y mas allá de las agresiones verbales entre hinchas de estos dos países sudamericanos, los hechos solo quedaron en palabras.

Aquellas amenazas del virus zika y terrorismo internacional que podría sufrir la ciudad solo quedaron en eso, amenazas, que rápidamente fueron dejadas de lado y olvidadas por el oro, la plata y el bronce. Hasta el transporte público, tan criticado en los últimos meses porque las obras no se terminaban, fue un apartado sorprendente, hablando de modo positivo, tanto para deportistas como para los miles de turistas. “Está todo muy bien organizado, te bajas de un subte y enseguida llega el siguiente para hacer combinación o te pasas al tren o al BRT y podes llegar a todos los estadios”, le comentaba un argentino a otro.

Río de Janeiro tendrá que superar muchísimos problemas con respecto a los hechos de corrupción en el gobierno, a la desigualdad poblacional, a la gran cantidad de muertes violentas y de violaciones que acontecen todos los días y tantas otras cosas. Y si bien Río 2016 no marcará un antes y un después en la historia olímpica, ya no tendrá que lidiar más con los prejuicios sobre la capacidad que tiene un país sudamericano de organizar unos Juegos Olímpicos.

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A pesar de que el Cristo Redentor siga brillando, en Río se hace de noche. Y mientras el sol se esconde atrás de los morros y el mar, los juegos llegan a su fin. En un tiempo, cuando el sol vuelva a salir, lo que estaremos viviendo será Tokio 2020.

 

Lautaro Prata

Hincha de River y del paladar negro. Amistoso y aventurero compulsivo. Cree en la religión del messias Lionel